La Misa: El acto penitencial

Seguimos considerando con alguna detención esta primera parte de la MisaDespués de leer el introito el sacerdote invita a los fieles a arrepentirse de sus pecados, pues es necesaria la pureza del corazón para acercarse a las cosas santas. Aquí juegan dos circunstancias: por una parte la condición real del hombre, y de otra la sacralidad y grandeza del misterio eucarístico.

santa misaAtendiendo a lo primero, es un hecho que todo hombre es pecador; si no bastase la Revelación, que por san Juan nos certifica que si alguno dice no tener pecado, la verdad no estaría en él (1 Jo 1, 8)… Si somos sinceros con nosotros mismos… todos tenemos de qué arrepentirnos… Y tanto más mereceremos el perdón de Dios cuanto más reconozcamos nuestra condición de pecadores delante de Él y delante de los hombres… y haremos como el publicano que, consciente de su condición, se daba golpes de pecho en un rincón sin osar levantar su mirada: «Ten piedad de mí, Señor, que soy pecador» (Lc 18, 13)…

Dada esta realidad, y siendo el sacrificio de la Misa lo más santo que puede hacerse en la tierra, parece cosa hasta de sentido común que nuestra actitud guarde relación con la grandeza del acto en el que vamos a participar… Ésta es la finalidad del acto de contrición. En él cada uno de nosotros confiesa públicamente a Dios misericordioso que ha pecado, que ha pecado de todas las maneras posibles: con el pensamiento, con la palabra, con las obras y hasta con la falta de ellas, con las omisiones; y que no ha sido una vez o dos veces, sino muchas: «he pecado mucho», decimos.

Lo confesamos ante Dios nuestro Señor, pero también ante nuestros hermanos los hombres. No queremos ser hipócritashemos de actualizar la conciencia de nuestros malos pensamientos y juicios temerarios, de nuestras murmuraciones y comentarios de vidas ajenas, de nuestras obras contrarias a la voluntad de Dios, de todas aquellas cosas que debiéramos haber hecho y no hicimos, y entre ellas todo lo referente al cuidado de nuestra propia alma…, a la solicitud por el prójimo (comenzando por los más próximos) y a las obligaciones propias de nuestro estado o profesión. Y no hay excusa: reconocemos que hemos pecado por nuestra culpa, porque hemos querido.

Arrepentidos, pedimos a la Virgen María, a los ángeles, a los santos, incluso a nuestros hermanos los hombres, que rueguen por nosotros, que intercedan ante el trono de Dios para que se nos perdonen nuestros pecados. Tenemos confianza en la poderosa influencia de la Bienaventurada Virgen María, porque a Ella, que asistió al Hijo de Dios al nacer en carne mortal y al morir con esa carne desgarrada, ¿qué le va a negar Dios? Y confiamos también en los ángeles, porque en el momento de una tremenda prueba en la que muchos fallaron, ellos se mantuvieron leales y desde entonces están sirviendo a Dios; y también en los santos, que participando de nuestra naturaleza caída, a pesar del demonio, del mundo y de la carne, de las tentaciones, de errores y caídas, jamás abandonaron la lucha por ser fieles a la gracia, se levantaron siempre y volvieron a comenzar cada vez…

Luego, el sacerdote invoca el perdón divino: «Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna», a lo que el pueblo responde: Amén.

Fuente: “El sacrificio del altar” de Federico Suarez

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