El evangelio de la creación

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El Papa no pretende dar soluciones ni involucrarse en teorías científicas sobre las causas, sino que, convencido de su misión y de las exigencias de la nueva Evangelización, debe “salir” con la Iglesia para anunciar el Evangelio a todos los hombres, iluminando el sentido de su obrar (cfr. LS 64). En el segundo capítulo, expone «algunas razones que se desprenden de la fe judío-cristiana, a fin de procurar una mayor coherencia en nuestro compromiso con el ambiente» (LS 15) , y propone «algunas líneas de maduración humana inspiradas en el tesoro de la experiencia espiritual cristiana» (LS 15) ,que permitan realizar los cambios que el desafío ecológico plantea.

Creación, acto de amor de Dios Padre

«La creación sólo puede ser entendida como un don que surge de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor que nos convoca a una comunión universal» (LS 76). Esta acción divina procede «de una decisión, no del caos o la casualidad, lo cual lo enaltece todavía más. Hay una opción libre expresada en la palabra creadora. El universo no surgió como resultado de una omnipotencia arbitraria, de una demostración de fuerza o de un deseo de autoafirmación. La creación es del orden del amor. El amor de Dios es el móvil fundamental de todo lo creado» (LS 77). Por eso, «cada criatura tiene un valor y un significado» (LS 76), ninguna de ellas es fruto del azar, sino de un querer divino. El hombre es depositario de este don de Dios. Es al hombre a quien Dios confía la creación para trabajarla y custodiarla, sin olvidar que también le confía el cuidado de sus hermanos los hombres.

La relación estrecha entre el cuidado del ambiente y la responsabilidad respecto los demás es un punto al que elPapa Francisco serefiere en distintos lugares de la encíclica, para mostrar la incoherencia de un empeño por salvar la creación material, cuando se descuida el cuidado de los demás seres humanos. Se opone al control demográfico como solución al problema ambiental (LS 50); denuncia la incoherencia de quien lleva adelante una lucha por especies animales o vegetales y no desarrollaun empeño para defender la igual dignidad entre los seres humanos, incluso algunas veces atentando contra derechos de otras personas (LS 90-91); resalta la incapacidad de algunos para reconocer el valor de un pobre, de un embrión humano, de un discapacitado (LS 117);muestra la incompatibilidad de la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto (LS 120);muestra su preocupación cuando algunos movimientos ecologistas defienden la integridad del ambiente y reclaman ciertos límites a la investigación científica, pero no aplican estos mismos principios cuando se refieren a la vida humana, incluso justifican que se traspasen todos los límites cuando se experimenta con embriones humanos vivos (LS 136).

La tarea del hombre de trabajar y cuidar de lo creado es la de un «administrador responsable» (LS 116). Con ello se quiere decir que el dominio del hombre sobre la naturaleza no es un dominio absoluto, sino participado. El mundo no es una res nullius –algo que no tiene dueño–, sino res omnium –patrimonio de la humanidad–;su uso debe redundar en beneficio de todos (Cfr. GS 69).El concepto de administrador puede ser limitado y dar la idea que el hombre es un obrero que realiza un encargo. No, el Papa insiste en que el cuidado del ambiente es un acto de reconocimiento del creador, «a la vez que podemos hacer un uso responsable de las cosas, estamos llamados a reconocer que los demás seres vivos tienen un valor propio ante Dios y “por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria”» (LS 69). También el hombre trabajando y custodiando lo creado da gloria a Dios, cuando responde a Dios por el regalo de la creación. La donación es más perfecta cuando el destinatario es consciente de la misma y es capaz de aceptarla y agradecerla. Se acepta realmente no sólo al recibir el don, sino cuando se reconoce a la persona que dona, cuando se identifica la propia voluntad con la voluntad del donante. La buena administración exige al hombre, en cuanto imagen de Dios, participar de su Sabiduría y de su Soberanía sobre el mundo (Cfr. Juan Pablo II, Evangelium vitae, 42), es decir, relacionarse con la tierra con la misma actitud del Creador, que no sólo es Omnipotente, sino también Providencia amorosa (cfr. JuanPablo II, Redemptor hominis, 15). El hombre recibe el poder de dominar el mundo para perfeccionarlo y transformarlo «en una hermosa morada donde se respete todo» (Pablo VI, Discurso a la Conferencia Internacional sobre el ambiente (1.VI.1972)). A través del hombre, se hace visible y efectiva la providencia de Dios sobre el mundo.

Para lograr una «administración responsable» se requiere el esfuerzo por conocer la verdad de la entera creación, de su valor y su significado, a través de un conocimiento no sólo científico sino también metafísico y teológico, y el trabajo para conducir la creación al destino querido por Dios (cfr. Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 34). Sólo así, el hombre podrá reconocer los límites de su obrar. El primer límite de la acción humana sobre el mundo es el mismo hombre, pues «no debe hacer uso de la naturaleza contra su propio bien, el bien de sus prójimos y el bien de las futuras generaciones (…). El segundo límite son los seres creados, es decir, la voluntad de Dios expresada en su naturaleza. Al hombre no se le permite hacer lo que quiera y como lo quiera con las criaturas que le rodean. Al contrario, el hombre debe “cultivarlo” y “custodiarlo”, como enseña la narración bíblica de la creación (Gn 2, 15). El hecho de que Dios “dio” al género humano las plantas para comer y el jardín “para cuidarlo” implica que la voluntad de Dios debe ser respetada cuando se trata de sus criaturas. Están “confiadas” a nosotros y no simplemente a nuestra disposición. Por esta razón, el uso de los bienes creados implica obligaciones morales» (Juan Pablo II, Discurso 18.V.1990, n. 4).

El misterio de Cristo

«La armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado, fue destruida por haber pretendido [los hombres] ocupar el lugar de Dios, negándonos a reconocernos como criaturas limitadas. Este hecho desnaturalizó también el mandato de “dominar” la tierra (cfr. Gn 1,28) y de “labrarla y cuidarla”(Gn 2,15)» (LS 66). El Evangelio de la creación nos recuerda la realidad del pecado, que la bondad de toda la creación ha sido contaminada por el mal uso de la libertad del hombre. El mal en el mundo ha sido introducido por el hombre, no proviene de Dios. Pero el mal no tiene la última palabra, es posible la salvación, porque Dios «decidió abrir un camino de salvación» (LS 71). El Padre, que nos había regalado todo los bienes salidos de sus manos, también nos promete la salvación: «el Dios que libera y salva es el mismo que creó el universo, y esos dos modos divinos de actuar están íntima e inseparablemente conectados» (LS 73).

El plan de salvación de Dios consiste en el envío de su Hijo. «La comprensión cristiana de la realidad, el destino de toda la creación pasa por el misterio de Cristo, que está presente desde el origen de todas las cosas: “Todo fue creado por él y para él”(Col 1,16). El prólogo del evangelio de Juan (1,1-18) muestra la actividad creadora de Cristo como Palabra divina(Logos). Pero este prólogo sorprende por su afirmación de que esta Palabra “se ha hecho carne”(Jn 1,14). Uno de la Trinidad se insertó en el cosmos creado, corriendo su suerte con él hasta la cruz. Desde el inicio del mundo, pero de modo peculiar a partir de la encarnación, el misterio de Cristo opera misteriosamente en el conjunto de la realidad natural» (LS 99).

El Hijo de Dios ha tomado nuestra condición humana, habitó entre nosotros, trabajo con sus manos, contemplo las maravillas de la creación de su Padre, pero no sólo sino que también «resucitado y glorioso, [está] presente en toda la creación con su señorío universal: “Dios quiso que en él residiera toda la Plenitud. Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz” (Col 1,19-20). Esto nos proyecta al final de los tiempos, cuando el Hijo entregue al Padre todas las cosas y “Dios sea todo en todos” (1 Co 15 ,28). De ese modo, las criaturas de este mundo ya no se nos presentan como una realidad meramente natural, porque el Resucitado las envuelve misteriosamente y las orienta a un destino de plenitud. Las mismas flores del campo y las aves que Él contempló admirado con sus ojos humanos, ahora están llenas de su presencia luminosa» (LS 100).

Esta salvación no es solamente una obra divina, «Dios, que quiere actuar con nosotros y contar con nuestra cooperación, también es capaz de sacar algún bien de los males que nosotros realizamos, porque “el Espíritu Santo posee una inventiva infinita, propia de la mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e impenetrables”. El de algún modo quiso limitarse a sí mismo al crear un mundo necesitado de desarrollo, donde muchas cosas que nosotros consideramos males, peligros o fuentes de sufrimiento, en realidad son parte de los dolores de parto que nos estimulan a colaborar con el Creador» (LS 80). Esta idea es el núcleo del mensaje de esperanza que el Papa quiere enviar con la encíclica: «La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común», porque «el Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepintió de habernos creado» (LS 13).

Teniendo a Cristo como modelo del actuar del hombre (cfr. GS 24), y en especial del cristiano, el Papa propone «el ideal de armonía, de justicia, de fraternidad y de paz» (LS 82), que debe regir la «administración responsable», recordando que el “dominio” del hombre sobre lo creado debe tener en cuenta las palabras de Jesús: «Los poderosos de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Que no sea así entre vosotros, sino que el que quiera ser grande, sea el servidor»(Mt 20,25-26). De este modo las tareas –el estudio, la ciencia, la investigación, la tecnología, el trabajo manual, las labores domésticos– con las que el hombre responde al don divino de la creación, estarán siempre orientadas al servicio de todos los hombres.

Autor: Antonio Porras, Profesor de Teología moral de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma)

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