Sobre lo normal y anormal en las relaciones interpersonales

150627183126_sp_casa_blanca_arcoiris_624x351_reutersAquí os dejo con este comentario escrito por Joaquín, uno de nuestros habituales colaboradores del blog, a la entrada de ayer: las charcuterías venden chorizos; las farmacias, aspirinas, que era un comentario acerca de la decisión del Tribunal Supremo de EE.UU. de imponer el matrimonio homosexual en todo el país Le he puesto el título “sobre lo normal y anormal de las relaciones interpersonales”. Empezamos:

Este es un tema realmente delicado. Fundamentalmente porque se enmarca en el ámbito de las relaciones personales y básicamente en un sentimiento muy poderoso y profundo que es el del amor.

En primer lugar hay que tener en cuenta que el amor es diferente entre los diferentes tipos de personas. Así no es lo mismo el amor filial o maternal que el amor hombre-mujer o mujer-hombre (como prefiramos para no violentar las cuestiones de género).

Desde el punto de vista biológico, el amor es un sentimiento que asegura: Por una parte, la procreación y la multiplicación de los individuos, de modo que se perpetúa la supervivencia en el tiempo de las sucesivas generaciones humanas. Por otra parte, los amores filiales, maternos y paternos condicionan los actos de los padres hacia sus hijos y de estos hacia sus padres. Sin ellos la unidad familiar estaría desorganizada y desasistida. Los padres fracasarían en la transmisión del conocimiento y los medios de obtener protección, alimento, refugio, etc,. si no sintieran amor por sus hijos, y los hijos quedarían merced a las fuerzas inexorables y crueles de la Madre Naturaleza, si no se sintieran necesitados de sus padres y les amaran. En consecuencia, está claro que sin estas clases de amor, la especie humana desaparecería en un par de generaciones a lo sumo.

Con todo ello, no trato de simplificar la complejidad intrínseca al amor de pareja y familiar, sino de dotarle de un sentido biológico estrictamente necesario. Alguien puede argumentar que esto no es cierto, ya que otros animales, insectos, moluscos.., no se mueven por relaciones amorosas y ahí están. De acuerdo. Pero no sigamos por ahí, si nos queremos considerar algo más que un calamar o un insecto palo. La química y las hormonas son cuestiones diferentes que regulan a las especies inferiores. Los humanos somos una especie transcendente que tiene un espíritu asociado y que sublima sus actos puramente biológicos. Esta sublimación se basa casi exclusivamente en la capacidad de amar y de sacrificarse, por amor, por el bien de la especie, que son los “seres queridos”.

Si vamos a otras relaciones interpersonales, las cosas se complican. Normalmente esas relaciones no tienen un objetivo de procreación y supervivencia, sino que forman parte de los comportamientos grupales, jerárquicos,… Cada uno de nosotros interrelaciona y experimenta con otros individuos fuera del ámbito familiar y de esas relaciones se construyen parte de las personalidades; además de las que conforman la influencia familiar y educacional. Es en este ámbito donde surgen las relaciones de amistad, admiración, respeto, el primer amor, etc. En ocasiones, las personas sufrimos déficit de afecto, de atención, abusos de autoridad, vejaciones, etc. Y en nuestra búsqueda de protección, seguridad y cariño confundimos sentimientos que pueden llegar al desequilibrio personal: veneración, adoración, amor ciego, por personas que creemos que los son todo o lo serán para nosotros. Es decir en situaciones de debilidad, estrés emocional o falta de educación sentimental podemos confundir los sentimientos y equivocarlos, produciéndose situaciones anómalas que requieren, al menos de reflexión. Así nos encontramos con amores entre personas muy jóvenes y muy viejas, por ejemplo. La sociedad las da por buenas y las acepta porque están dentro de una serie de reglas: Que las mujeres tengan más de 14 años (aunque sigan siendo unas niñas), que el hombre sea mayor de edad para decidir,… No obstante una buena parte de la sociedad reconoce estas relaciones como irregulares, aunque las enmarca dentro del lema “no hacen daño a nadie” (salvo a los que las viven, que pueden salir muy mal parados). Efectivamente, aunque no “hagan daño a nadie”, hay que reconocer que a ninguno nos gusta que nuestro padre de 80 años se case con una jovencita de 16; ni mucho menos que nuestra madre, de 75, se case con un fornido y apuesto varón de 22.

Tampoco aceptamos que una persona que ame a los caballos, a los perros o a los gatos, forme pareja con un individuo de dichas especies. Y aunque todos entendemos que se puede llegar a querer mucho a un animal, cuando ese sentimiento se hace irregular, se termina en el bestialismo. Actitud que puede llegar a entenderse, pero que, en general, no es aceptada abiertamente por casi ninguna cultura.

Sin llegar a esos extremos podemos hablar de la poligamia. Estado matrimonial con varios hombres y mujeres, que a pesar de haberse admitido en diversas civilizaciones, culturas o religiones, hoy está prohibido en muchísimos países. Y si bien tiene un sentido natural y biológico muy claro (el individuo mejor dotado genética y físicamente cubre a los individuos del otro sexo, blindando el código genético), es un abuso de poder, estatus y el nido de situaciones de explotación (generalmente para la mujer).

Si nos centramos en la homosexualidad, las relaciones entre personas de mismo sexo normalmente nacen de un problema afectivo y sexual profundo. Y básicamente desde la falta de un adecuado tratamiento médico, psicológico, educacional,.., oportuno, se pasa simplemente a su admisión, queriendo hacer pasar por normal lo ciertamente irregular. La adolescencia es un periodo de fuertes necesidades afectivas y sexuales, donde sentimientos profundos de amistad pueden derivarse de una forma errónea a expresiones sexuales que se confunden con el amor. En otras circunstancias, generalmente extremas, largos periodos de prisión, de aislamiento, de abuso, prostitución, pueden hacer confundir los sentimientos y las necesidades físicas, de modo que personas que nunca hubieran sido homosexuales en condiciones normales, son avocadas a ello como producto de unas circunstancias.

Sin embargo, en los tiempos modernos, donde vivimos de espaldas a la procreación y al sentido de la vida familiar y social, dado el estado de riqueza en el que muchos nos desarrollamos, cualquier idea, que se tenga por admisible, puede ser elevada al rango de verdadera y, por lo tanto, asumible. Lo cual no deja de ser una equivocación y, en definitiva, una terrible aberración. Lo irregular no es lo mismo que lo regular y/o natural. No podemos confundirlo. Otra cosa es que la sociedad quiera dar una salida a graves problemas de relación entre personas y quiera regular determinadas forma de vivir en pareja. Pero eso, tiene poco, muy poco o nada que ver con el matrimonio.

Si consiguiéramos asegurar una formación adecuada en los valores nobles y trascendentales de la persona, ofreciendo el adecuado nivel de afectividad personal, cariño, protección, así como una educación sexual sana, basada en el templo de Dios, que somos todas las personas, estoy convencido de que todo cambiaría.

Puedo respetar a los homosexuales y amarlos como personas e hijos de Dios y de la Vida, pero no puedo estar de acuerdo con elevar a la condición de normalidad ese estado. Como no se puede admitir como normalidad la libre disposición sexual de las parejas, la poligamia, las pederastia, etc. Mismamente podríamos terminar hablando de que la masturbación es algo natural y. por lo tanto, positivo para las personas. Pero aunque suponga una descarga hormonal, aunque sirva como desahogo de las personas necesitadas de relaciones sexuales, no es para nada un camino que mejore a los individuos. Es un camino de frustración que hay que reconducir, ya que en sí misma la masturbación es la obtención de algo que no se puede tener a través de un sucedáneo. O sea es un acto consecuencia de una frustración que sólo sirve para reafirmarnos en ella. En este sentido, las parejas homosexuales son algo parecido, son un sucedáneo de algo que querríamos alcanzar, pero que al no conseguirlo aceptamos “pulpo como animal de compañía”; lo cual, de ninguna manera es algo comparable a la sagrada institución del matrimonio.

En fin, esta es mi modesta opinión sin querer ofender a nadie y, por supuesto, hablando como un pecador más en este camino terrenal, que lleva sobre sus hombros sus pecados y contradicciones: “Yo pecador, me confieso a Dios,…”

2 comentarios en “Sobre lo normal y anormal en las relaciones interpersonales

  1. Muchas Gracias, Padre Rafael por hacer más visible esta opinión. Seguramente es muy criticable, pero no bueno…. creo aporta una perspectiva desde lo natural y biológico en relación con la persona como proyecto de Dios.
    Un abrazo

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