Ayer, nosotros en su corazón. Hoy, Él en el nuestro

octava nueveSeguimos en la octava del Corpus Christi y esta vez le toca a María. Esta vez nos ayudamos de José-Fernando Rey:

Al celebrar el Sagrado Corazón de Jesús, considerábamos cómo la llaga del costado es cueva que esconde el tesoro del Amor de Cristo. Y cómo quien se adentra en ella resulta conquistado por Él.

   Hoy celebramos el Inmaculado Corazón de María, y de nuevo nos hallamos a la entrada de una gruta. A diferencia de la anterior, esta gruta está cerrada; es virginal, huerto sellado y jardín divino. Allí sólo puede entrar el mismo que entró en el Cenáculo estando cerradas las puertas (cf. Jn 20, 19).

   Su madre conservaba todo esto en su corazón. En la gruta del Inmaculado Corazón de María reinan el silencio y el recogimiento. Allí habita Dios, y su Espíritu revela sin palabras lo secretos divinos a la escogida entre todas para ser Madre del Verbo.

   La devoción al Inmaculado Corazón de María nos recuerda que también nosotros tenemos corazón. Y que ese corazón debería ser virginal, sellado, silencioso y habitado por Dios. Y que allí deberíamos recogernos y escuchar su palabra sin palabras. Y descansar…

   Ayer, nosotros en su gruta. Hoy, Él en la nuestra. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí, y yo en él (Jn 6, 56).

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