Yo prefiero la “heteroayuda”

llave de la felicidad mafaldaEs curioso cómo, a medida que Occidente se paganiza, se incrementa la venta de libros de autoayuda. Ellos cubren el hueco dejado por los libros de santos de toda la vida. No preguntes en un kiosco por la «Historia de un alma». Pero «El monje que vendió su Ferrari» lo tienen hasta en los estancos. Y no es un monje cristiano, precisamente.

   El problema de estos libros es que son inmejorables para generar frustración. Te muestran la felicidad al alcance de la mano, pero no te dicen que eres manco, ni –desde luego– te dan la mano con que coger esa felicidad. «Sonríe cada mañana al abrir la ventana»… Fácil, ¿verdad? Pues a ver quién es el guapo capaz de hacerlo durante dos meses seguidos. He ahí el gran problema de los libros de autoayuda: son para gente sin pecado original. Pero esa gente no existe.

   Y he ahí la grandeza del Evangelio: es para pecadores. Te lo pone dificilísimo: Vete primero a reconciliarte con tu hermano… Pero, a la vez que te lo pide, te ofrece la gracia de Dios, derramada en los sacramentos, para que puedas reconciliarte incluso con tu verdugo. Es que los mancos preferimos «heteroayuda».

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2 comentarios en “Yo prefiero la “heteroayuda”

  1. El sorprendente éxito de estos libros radica en la forma elegida y en la habilidad para salir al encuentro de unos lectores inmersos en una nebulosa existencial. Como los de Coelho, y los de tantas obras de autoayuda, buscan recetas para ser felices, quizá porque sienten importantes carencias formativas que afectan a la educación de sus emociones y de su voluntad. Ante el caos existencial del presente, unos cuantos escritores (Bucay, Coelho, Osho, etc.) se han convertido en gurús y consejeros. En el caso de Bucay, sus reflexiones son más bien psicológicas, con escasa presencia de los referentes religiosos.

    Tales autores, más Bucay que Coelho, conectan con ese tipo de lector agobiado por su imagen que presta una importancia desorbitada a cuestiones emocionales, aunque sean menudas. Pero el éxito de estos escritores radica también en su calculada ambigüedad moral, en la laxitud de sus propuestas y mensajes, en la falta de modelos sólidos, en su inexistente oposición a las normas de comportamiento de lo políticamente correcto (todos son partidarios de no poner trabas a las relaciones sexuales, al divorcio, etc.) y en su ideal de una religiosidad light. El secreto está en el relativismo que promueven -disfrazado de poesía- y en la ausencia de normas superiores de comportamiento que vayan en contra de lo que dicten los deseos y los impulsos

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