Vende… dale… y luego sígueme!

Deducciones-para-familias-numerosas-y-con-discapacitados-e1421425247497Ya terminé la convivencia que estaba atendiendo en Tres Vistas. Aquí estamos de nuevo. Empezamos el tiempo ordinario con este comentario de nuestro amigo José Fernando:

¿Nunca has dicho «guárdame esto»? Por ejemplo: estás en el aeropuerto, cargado con tu maleta, esperando a que llegue la hora del embarque, y decides pasar a una cafetería para tomar un café. Entonces le dices a un amigo «guárdame esto, que ahora vengo», le entregas la maleta y vas, ligero de equipaje, a tomar tu desayuno. La misma escena podría describirse cambiando «cafetería» por «cuarto de baño», pero he preferido el primer ejemplo, que es menos ordinario. En todo caso, hay mil circunstancias en la vida en las que es mejor confiar a otro tu carga para poder hacer lo que deseas sin demasiado estorbo.

   Vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme. Así de sencillo. Seguir a Cristo con todo el equipaje que arrastras por la vida no es sólo incómodo, sino imposible. Por eso, si has conocido su Amor y has decidido seguirle, te desprenderás de cuanto tienes: dinero, planes, tiempo… Lo entregarás a tus hermanos, mientras le dices a Dios «guárdame esto», y partirás ligero a la caza de tu Amor. Una vez encontrado, todo lo que entregaste se te devolverá transfigurado en gloria.

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4 comentarios en “Vende… dale… y luego sígueme!

  1. La perfección cristiana no es un estado, sino una meta y una vocación y, si se quiere, un camino que han de seguir todos los discípulos de Jesús. Seguir a Jesús no es propiamente “imitarle” en un sentido externo, sino hacer lo que nos pide a cada uno, como lo haría Jesús, esto es, viviendo para los demás.
    A todos nos pide el Señor: “Sígueme”. Creer y salvarse es, a fin de cuentas, unirse a la persona de Jesús, cada uno según su camino. Y no hay un tren solo, puede volver, y el Señor le acoge. Es como si hubiera un tren cada día, Jesús vuelve por nosotros y nos abre nuevos caminos según como estemos en nuestro caminar por la tierra… Él no deja de llamarnos para emprender el camino de la santidad siguiendo sus pasos. Ahora, también Jesús vive y llama. Es el mismo que recorría los caminos de Palestina. No dejemos pasar las oportunidades que nos brinda.

    «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.» Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Señor, también nosotros queremos preguntar: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» Quiero que me expliques tus palabras: “Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”. Quiero entender, Señor, a Dios como «lo bueno de la vida», como mi riqueza esencial. Quiero sustituir el «dime cuánto tienes y te diré quién eres» por el buscar contigo el Reino de Dios, reino de justicia, de amor y de paz; reino de libertad, en el que la persona humana vale por sí misma y no por lo que tiene.
    “Dios lo puede todo…” Esta es la clave.
    Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.» Otro Evangelista añade la pregunta: ¿Qué será de nosotros? Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura, vida eterna.» Jesús hace una familia, la Iglesia, y piden a algunos que le sigan como sacerdotes, otros buscando la santidad en medio del mundo siendo laicos, célibes o casados…

    «Sígueme. Camina sobre mis pasos. ¡Ven a mi lado! ¡Permanece en mi amor!» (Juan Pablo II). Es la invitación que quizá nosotros hemos recibido… ¡y le hemos seguido! «Al hombre le es necesaria esta mirada amorosa; le es necesario saberse amado, saberse amado eternamente y haber sido elegido desde la eternidad. Al mismo tiempo, este amor eterno de elección divina acompaña al hombre durante su vida como la mirada de amor de Cristo. Y acaso con mayor fuerza en el momento de la prueba, de la humillación, de la persecución, de la derrota (…); entonces la conciencia de que el Padre nos ha amado siempre en su Hijo, de que Cristo ama a cada uno y siempre, se convierte en un sólido punto de apoyo para toda nuestra existencia humana. Cuando todo hace dudar de sí mismo y del sentido de la propia existencia, entonces esta mirada de Cristo, esto es, la conciencia del amor que en Él se ha mostrado más fuerte que todo mal y que toda destrucción, dicha conciencia nos permite sobrevivir»

    Cada uno recibe una llamada particular del Maestro, y en la respuesta a esta invitación se contienen toda la paz y la felicidad verdaderas. La auténtica sabiduría consiste en decir sí a cada una de las invitaciones que Cristo, Sabiduría infinita, nos hace a lo largo de la vida, pues Él sigue recorriendo nuestras calles y plazas. Cristo vive y llama. «Un día –no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana –que es la razón más sobrenatural–, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que solo desaparece cuando te apartas de Él» (san Josemaría). Es la alegría de la entrega, ¡tan opuesta a la tristeza que anegó el alma del joven rico, que no quiso corresponder a la llamada del Maestro!

    La sabiduría se hizo hombre… en Jesús: “Gracias, Maestro, por haber venido, por estar en medio de nosotros, hombre entre los hombres, el Hombre entre los hombres, como uno más… Gracias por haber venido y porque yo puedo mirarte y alimentar mi vida en ti” . Ser sabios, Señor, es encontrarte a Ti, y seguirte. Sólo acierta en la vida quien te sigue. ¡Qué bonito tener ganas de ser sabio, de verdad, para salvar a los hombres, para salvar al mundo! Salomón se equivocó al final, pidió luz pero saber sólo no basta, hay que pedir un buen corazón, porque sino el dinero y las cosas pueden ocultar a Dios, es poner a dios en la riqueza, por eso al final de esta vida el que se salva sabe y el que no, no sabe nada, como le preguntan a Jesús en el Evangelio.
    ¿Y qué pasa con nuestros pecados? Pues que nos llevan a estar ocupados, pero no preocupados, que Dios no lo quiere, pues es una sabiduría de paz, no de inquietud, lo que quita la paz no es de Dios, nos han explicado mal las cosas…, o lo hemos entendido mal. Jesús dice: “Yo vine no para los justos, sino para los pecadores”. Es normal que fallemos, le pedimos perdón a Dios y a los demás, y volvemos a luchar con alegría… Para salir del pecado, como para cualquier obra buena, no lo podemos hacer sólo con nuestras fuerzas: Dios y yo… La gracia y mi esfuerzo, Jesús y yo.

    A veces somos como las olas, la vida es un perpetuo movimiento como las entrañas del mar, no sabemos qué nos pasa pero el humor cambia, y esos vaivenes por sentir el tiempo, que nos desprecia un amigo o que otro no nos comprende, que nuestros padres tienen un problema… que me cuesta estudiar… y me siento solo, la sabiduría es saberme mirado por el Señor, que está conmigo, como una constelación sosegada sobre las olas. Él estaba ahí, durante aquel problema, y de aquello sacará una cosa buena… por caminos que solo Él conoce. Es Él el que nos anima en el fondo de nuestros pensamientos como testigo, el que nos habla en el fondo de nuestros sueños como confidente; el que nos hace entender desde el fondo de los recuerdos, ya casi olvidados… es el encanto de un antiquísimo compañero con quien compartimos los peligros y las alegrías, para vivir sin miedo: Es levantarse por la mañana y abrir los ojos a este mundo mágico que no se ve, del amor y la amistad, y ver esas tres gaviotas que vuelan en el cielo y que en su dibujo forman los ojos y la sonrisa de Dios. “Sin miedo, lo malo se nos va volviendo bueno, las calles se confunden con el cielo. Y nos hacemos aves, sobrevolando el suelo, así. No hay sueños imposibles ni tan lejos. Si somos como niños… Sin miedo a la locura, sin miedo a sonreír… Sin miedo, las olas se acarician con el fuego, si alzamos bien las yemas de los dedos, podemos de puntillas tocar el universo, sí… Sin miedo, las manos se nos llenan de deseos… Que no son imposibles ni están lejos. Si somos como niños. Sin miedo a la locura, sin miedo a sonreír”.

    La palabra de Dios es penetrante y llega a lo más profundo del hombre. Ante Él “todo está descubierto”, pero no como un ojo vigilante para espiarnos, sino como la madre que nos cuida para darnos lo mejor. Es una cámara que se nos mete dentro para ayudarnos. Juzga los deseos e intenciones del corazón. No hay criatura que escape a su mirada. Todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas”. Deja desnuda nuestra alma y todos los secretos de nuestra vida. Debo ponerme cada día frente a la Palabra de Dios como frente al espejo de la verdad, para crecer por dentro como hijo de Dios. Éste sí que es el Espejo mágico pero de los buenos, el examen de conciencia.

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