Decenario al Espíritu Santo [10º día]

Oración

¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc cœpi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.

¡Oh, Espíritu de verdad y sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras….

Consideración. La vida del cristiano consiste en empezar una y otra vez

veintitres_de_mayoEn medio de las limitaciones inseparables de nuestra situación presente, porque el pecado habita todavía de algún modo en nosotros, el cristiano percibe con claridad nueva toda la riqueza de su filiación divina, cuando se reconoce plenamente libre porque trabaja en las cosas de su Padre, cuando su alegría se hace constante porque nada es capaz de destruir su esperanza.

Es en esa hora, además y al mismo tiempo, cuando es capaz de admirar todas las bellezas y maravillas de la tierra, de apreciar toda la riqueza y toda la bondad, de amar con toda la entereza y toda la pureza para las que está hecho el corazón humano. Cuando el dolor ante el pecado no degenera nunca en un gesto amargo, desesperado o altanero, porque la compunción y el conocimiento de la humana flaqueza le encaminan a identificarse de nuevo con las ansias redentoras de Cristo, y a sentir más hondamente la solidaridad con todos los hombres. Cuando, en fin, el cristiano experimenta en sí con seguridad la fuerza del Espíritu Santo, de manera que las propias caídas no le abaten: porque son una invitación a recomenzar, y a continuar siendo testigo fiel de Cristo en todas las encrucijadas de la tierra, a pesar de las miserias personales, que en estos casos suelen ser faltas leves, que enturbian apenas el alma; y, aunque fuesen graves, acudiendo al Sacramento de la Penitencia con compunción, se vuelve a la paz de Dios y a ser de nuevo un buen testigo de sus misericordias.

Tal es, en un resumen breve, que apenas consigue traducir en pobres palabras humanas, la riqueza de la fe, la vida del cristiano, si se deja guiar por el Espíritu Santo. No puedo, por eso, terminar de otra manera que haciendo mía la petición, que se contiene en uno de los cantos litúrgicos de la fiesta de Pentecostés, que es como un eco de la oración incesante de la Iglesia entera: Ven, Espíritu Creador, visita las inteligencias de los tuyos, llena de gracia celeste los corazones que tú has creado. En tu escuela haz que sepamos del Padre, haznos conocer también al Hijo, haz en fin que creamos eternamente en Ti, Espíritu que procedes de uno del otro. [San Josemaría homilía El Gran Desconocido]

Oración

¡Espíritu Divino!
Por los méritos de Jesucristo
y la intercesión de tu esposa, Santa María,
te suplicamos vengas a nuestros corazones
y nos comuniques la plenitud de tus dones,
para que, iluminados y confortados por ellos,
vivamos según tu voluntad y,
muriendo entregados a tu amor,

3 comentarios en “Decenario al Espíritu Santo [10º día]

  1. Con frecuencia querríamos orar y no sabemos cómo. Imaginamos que debe ser algo difícil, que Dios no nos oye, que quizá no vale la pena. Y sin embargo, nada hay que “valga más la pena” que la oración. Su valor poco tiene que ver (¡gracias a Dios¡), con nuestras ganas; sino con el amor, que está básicamente en los hechos. Alguien dijo que la verdadera “estatua de la libertad” se alza sobre una banqueta que tiene tres apoyos: el hombre, el mundo y Dios. Y todo esto quiere decir oración.
    El Espíritu Santo actúa como protagonista oculto, pero vivo, en el trasfondo de nuestra oración. Y esto, también cuando “no tenemos ganas” de rezar (que es, sencillamente, hablar con Dios), o pensemos que no sabemos cómo hacerlo, porque apenas se nos ocurre qué decir, o no tenemos en cuenta la actualidad de las oraciones cristianas más tradicionales y sencillas (Padrenuestro, Avemaría, Gloria, Salve, etc.), siempre bellas y llenas de contenido.

    Hay tres consecuencias, de esta acción del Espíritu Santo en nuestra oración, para la vida cristiana.

    Primera, la oración nos hace más libres. Nos pone «en condiciones de abandonar y superar toda forma de miedo o de esclavitud, viviendo la auténtica libertad de hijos de Dios». En cambio, «sin la oración que alimenta cada día nuestro estar en Cristo, en una intimidad que crece progresivamente, nos encontramos en la condición descrita por san Pablo en la Carta a los Romanos: no hacemos el bien que queremos, sino más bien el mal que no queremos (cf. Rm. 7,19), como consecuencia del pecado original».
    Puesto que “donde está el Espíritu del Señor hay libertad” (2 Co, 3, 17), y el Espíritu está en nuestra oración, «con la oración experimentamos la libertad que nos dona el Espíritu: una libertad auténtica que nos libera del mal y del pecado en favor del bien y la vida, y por Dios». Esta libertad del Espíritu, en la perspectiva de san Pablo, “no se identifica nunca ni con el libertinaje ni con la posibilidad de elegir el mal, sino con el fruto del Espíritu que es amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí (cf. Ga. 5, 22)”. Esta es la verdadera libertad: «poder realmente seguir el deseo de bien, de verdadera alegría, de comunión con Dios y no estar oprimido por las circunstancias que nos indican otras direcciones».

    Segunda consecuencia: la oración nos ayuda a llevar las dificultades y los sufrimientos con una fuerza nueva. Ciertamente, «con la oración no nos liberamos de las pruebas o de los sufrimientos, pero los podemos vivir en unión con Cristo, con sus sufrimientos, en la perspectiva de participar también de su gloria (cf. Rm. 8,17)». Muchas veces, en la oración le pedimos a Dios que nos libere del mal físico y espiritual, y lo hacemos con gran confianza; otras veces tenemos la impresión de que no somos escuchados y entonces corremos el riesgo de desanimarnos y de no perseverar.

    En tercer lugar, la oración nos abre a las necesidades de los demás y del mundo. «Esto significa que la oración, sostenida por el Espíritu de Cristo que habla en lo íntimo de nosotros mismos, nunca se queda cerrada en sí misma, nunca es una oración solamente por mí, sino que se abre para compartir los sufrimientos de nuestro tiempo y de los otros. Se vuelve intercesión hacia los otros y así liberación para mí, y canal de esperanza para toda la creación, expresión de aquel amor de Dios que se ha volcado en nuestros corazones por medio del Espíritu que nos fue dado (cf. Rm. 5, 5)».

    En suma, en la oración el Espíritu Santo nos une a Dios Padre y a Cristo, haciendo posible que vivamos como hijos de Dios, «con todo nuestro corazón y nuestro ser», en todas las circunstancias de la vida. La oración nos hace crecer en libertad, nos ayuda a llevar las dificultades y los sufrimientos, y nos saca de nosotros mismos, para compartir las necesidades de los demás. Y así la oración es manifestación personal de fe, cauce de esperanza para todos y manifestación del amor de Dios. Una lección sobre el sentido profundo de la oración y su eficacia (fuerza, luz y fuego, libertad y certeza, fe, esperanza y caridad), incluso en la oración más sencilla.

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