Decenario al Espíritu Santo [2º día]

Oración

¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad… He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después…, mañana. Nunc cœpi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.
¡Oh, Espíritu de verdad y sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras….

Consideración: Vigencia y actualidad de la Pentecostés

quince_de_mayo2La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra. El Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo, para que sea —siempre y en todo— signo levantado ante las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios. Por grandes que sean nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de nuestros pecados. La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara.

También nosotros, como aquellos primeros que se acercaron a San Pedro en el día de Pentecostés, hemos sido bautizados. En el bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo. El Señor, nos dice la Escritura Santa, nos ha salvado haciéndonos renacer por el bautismo, renovándonos por el Espíritu Santo, que Él derramó copiosamente sobre nosotros por Jesucristo Salvador nuestro, para que, justificados por la gracia, vengamos a ser herederos de la vida eterna conforme a la esperanza que tenemos.

La experiencia de nuestra debilidad y de nuestros fallos, la desedificación que puede producir el espectáculo doloroso de la pequeñez o incluso de la mezquindad de algunos que se llaman cristianos, el aparente fracaso o la desorientación de algunas empresas apostólicas, todo eso —el comprobar la realidad del pecado y de las limitaciones humanas— puede sin embargo constituir una prueba para nuestra fe, y hacer que se insinúen la tentación y la duda: ¿dónde están la fuerza y el poder de Dios? Es el momento de reaccionar, de practicar de manera más pura y más recia nuestra esperanza y, por tanto, de procurar que sea más firme nuestra fidelidad. [san Josemaría en el El gran Desconocido]

Oración

¡Espíritu Divino!
Por los méritos de Jesucristo
y la intercesión de tu esposa, Santa María,
te suplicamos vengas a nuestros corazones
y nos comuniques la plenitud de tus dones,
para que, iluminados y confortados por ellos,
vivamos según tu voluntad y,
muriendo entregados a tu amor,
merezcamos cantar eternamente tus infinitas misericordias. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

2 comentarios en “Decenario al Espíritu Santo [2º día]

  1. En la base de una vida cristiana caracterizada por la interioridad, la oración y la unión con Dios, se encuentra una verdad que —como toda la teología y la catequesis pneumatológica— deriva de los textos de la Sagrada Escritura y de manera especial, de las palabras de Cristo y de los Apóstoles: la verdad sobre la inhabitación del Espíritu Santo, como Huésped divino, en el alma del justo.
    El apóstol Pablo, en su Primera Carta a los Corintios (3,16), pregunta «¿No sabéis que… el Espíritu de Dios habita en vosotros?» Ciertamente, el Espíritu Santo está presente y actúa en toda la Iglesia, pero la realización concreta de su presencia y acción tiene lugar en la relación con la persona humana, con el alma del justo en la que Él establece su morada e infunde el don obtenido por Cristo en la Redención. La acción del Espíritu Santo penetra en lo más íntimo del hombre, en el corazón de los fieles, y allí derrama la luz y la gracia que da vida. Es lo que pedimos en la Secuencia de la misa de Pentecostés: «Luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo».

    El apóstol Pedro, a su vez, en el discurso del día de Pentecostés, tras haber exhortado a los oyentes a la conversión y al bautismo, añade la promesa: «Recibiréis el don del Espíritu Santo» (Act 2,38). Por el contexto se ve que la promesa atañe personalmente a cada uno de los convertidos y bautizados. En efecto, Pedro se dirige expresamente a «cada uno de los presentes» (2,38). Más tarde, Simón el Mago pide a los Apóstoles que le hagan partícipe de su poder sacramental, diciendo: «Dadme a mí también este poder para que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo imponga las manos» (Act 8,19). El don del Espíritu Santo se entiende como don concedido a cada una de las personas. La misma constatación tiene lugar en el episodio de la conversión de Cornelio y de su casa: mientras Pedro les explicaba el misterio de Cristo, «el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra» (Act 10,44). El Apóstol reconoce, luego: «Dios les ha concedido el mismo don que a nosotros» (Act 11,17). Según Pedro, la venida del Espíritu Santo significa su presencia en aquellos a quienes se comunica.

    A propósito de esta presencia del Espíritu Santo en el hombre, es preciso recordar los modos sucesivos de presencia divina en la historia de la salvación. En la Antigua Alianza, Dios se halla presente y manifiesta su presencia, al principio, en la «tienda» del desierto y, más tarde, en el «Santo de los Santos» del templo de Jerusalén. En la Nueva Alianza la presencia tiene lugar y se identifica con la encarnación del Verbo: Dios está presente en medio de los hombres en su Hijo eterno, mediante la humanidad que asumió en unidad de persona con su naturaleza divina. Con esta presencia visible en Cristo, Dios prepara por medio de él una nueva presencia, invisible, que se realiza con la venida del Espíritu Santo. Sí; la presencia de Cristo «en medio» de los hombres abre el camino a la presencia del Espíritu Santo, que es una presencia interior, una presencia en los corazones humanos. Así se cumple la profecía de Ezequiel (36, 26-27): «Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo… Infundiré mi espíritu en vosotros».

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