Vida contemplativa

mirad las aves del cieloDios Padre nos concede que seamos vigorosamente fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en nuestros corazones y que quedemos arraigados y cimentados en el amor (Ef 3,16-17).

En efecto, la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma en gracia nos facilita ser contemplativos: 23 Respondió Jesús, y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos con él morada.(Jn 14,23). El cristiano debe —por tanto— vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus (Gal 2,20),no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí (Es Cristo que pasa, n. 103). [cfr. la anécdota de El puesto de frutas]

El doble aspecto de la contemplación:

  • ver a Dios en todas las cosas y sucesos;
  • ver con los ojos de Dios todas las cosas y sucesos.

Y es que la la contemplación no es cosa de privilegiados. La vocación a la santidad en medio del mundo nos asegura todas las gracias necesarias para llegar a ver a Dios en las cosas ordinarias: Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir (Conversaciones, n. 114); y también para ver todo como Dios lo ve.

Pero no olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su cruz (Amigos de Dios, n. 301). Y es que el trato íntimo con Dios no exime de la lucha. Cómo van esas mortificaciones voluntarias? ¿Y las mortificaciones pasivas? El  espíritu de sacrificio es un buen termómetro de nuestro sentido sobrenatural. Esto exige un ejercicio constante de las virtudes teologales, perfeccionadas por los dones del Espíritu Santo (cfr. Amigos de Dios, n. 306).

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Notas sobre la Contemplación

o Gloria: la Gloria de Dios: Dios manifiesta su gloria en su altas gestas, signos, intervenciones (mar rojo, maná, codornices) y en las apariciones de “la gloria de Dios”: por ejemplo en el Sinaí la llama y el resplandor de Moisés, es la luz que iluminará a Jerusalén por la Presencia de Dios… En el NT la relación entre la gloria de Dios y Jesús es clara: Tú eres mí siervo (sin belleza, sin esplendor Is 52,14) en ti revelaré mi gloria (Is49,3). La gloria de Dios está totalmente presente en Él, es el resplandor de su gloria, la efigie de su sustancia (Heb 1,3); Él es el Señor de la Gloria (1Cor 2,8). Su gloria la contemplaba ya Isaías y de él hablaba (Jn 12,41; hace referencia a Is 61,1-4 que a su vez es un eco de los cantos de Siervo)…  

o Presencia de Dios: Nuestro Dios no es solo el Altísimo sino que es también el muy próximo (C264)…  la presencia del Señor que Pablo desea a todos: El Señor esté con vosotros será perfecta tras la resurrección le veremos tal cual es y veremos a Dios que será todo en todos y veremos su gloria, luz de la nueva Jerusalén… Mientras tanto la presencia que se nos ofrece es don del ES: mira estoy a la puerta y llamo(Ap 3,20), y se nos ofrece en el Cuerpo de Cristo (Eucaristía) y entonces el Señor hace este don al que le responde con la Esposa: ¡Ven!  (Ap22,17)

o Rostro: Como el reflejo del rostro en el agua, así el corazón del hombre para el hombre (Sal 27,19)… Es que el rostro es el espejo del corazón; el corazón del hombre modela su rostro, tanto para bien como para mal (Eclo 13,25) (dureza, pena, fatiga, etc.)… Aunque el rostro puede ser engañoso; solo Dios mira al corazón y juzga las acciones según los corazones… El rostro del príncipe: se pide mirar el rostro del rey para caer rostro en tierra. es un honor poder mirar el rostro del rey, una gracia ansiosamente buscada, verle iluminarse con una sonrisa, pues en la luz del rostro regio está la vida (Prov 16,15)… Buscar el rostro de Dios: porque Dios quiere entrar en comunicación con el hombre, tiene de algún modo también Su Rostro… Pero solo los corazones rectos contemplarán su rostro (Sal 11,7)… por eso es temido elcara a cara con Dios por el pecado, pero Él es la vida y la salvación, y sus amigos le ven la espalda (Moisés o Elías; Seguir a alguien es verle por la espalda. Así Moisés aprende cómo se ve a Dios: seguir a Dios a donde el quiera, eso es precisamente ver a Dios Gregorio de Nisa)… En Jesús, Dios mismo se procuró un Rostro, Quien me ha visto, ha visto al Padre

o Ver:

2 comentarios en “Vida contemplativa

  1. Ser contemplativos significa buscar un trato constante con Dios en todos los momentos y circunstancias de la vida (cfr 1 Cor 10,31), con el afán de amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas a nuestro Padre-Dios, unidos al Hijo –siendo ipse Christus, como gustaba repetir a San Josemaría: teniendo «los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Fil 2,5)– movidos por la acción del Espíritu Santo.

    El alma contemplativa está atenta siempre al querer de Dios, saborea el trato con Él, lucha con constancia para no separarse de su Amor: “Nada se consigue en este mundo sin esfuerzo; sólo con un comenzar y recomenzar continuo se llega a saborear el trato con Dios, que se pierde (…) si falta en el alma la preocupación de vivir atentamente para el Señor. Para amar a Dios de verdad, hay que esforzarse constantemente en amarle”.

    Este proceso espiritual exige, como conditio sine qua non un deseo auténtico y un esfuerzo sincero para conocer y cumplir, siempre y en todo, la Voluntad de Dios, como Jesucristo nos enseñó durante su vida en la tierra –«Ecce venio, ut faciam voluntatem tuam» (Hb 10,9)–; y, particularmente, en su oración en el huerto de Getsemaní, ante los padecimientos de su Pasión y Muerte en la Cruz: «non mea voluntas sed tua fiat!» (Lc 22,42).

    Todo el que se sabe y quiere vivir como hijo de Dios puede y debe aspirar a la contemplación que es, “filial”, “la oración del hijo de Dios”: el Fundador del Opus Dei ha enseñado que «los hijos de Dios hemos de ser contemplativos: personas que, en medio del fragor de la muchedumbre, sabemos encontrar el silencio del alma en coloquio permanente con el Señor: y mirarle como se mira a un Padre, como se mira a un Amigo, al que se quiere con locura» . Es la petición que hace Juan Pablo II para todos los que quieren ser testigos de Cristo: han de ser «contemplativos de su rostro (…), con la mirada fija en el rostro del Señor» .

    La libertad del corazón es soltura, señorío para vivir como quienes nada tienen, aunque poseyéndolo todo; es la libertad y gloria de los hijos de Dios, que Cristo nos ha adquirido con su muerte en la Cruz, y que necesita el desprendimiento para alcanzarla.

    La libertad de corazón es una gracia de Dios que hemos de pedir y buscar con nuestro deseo eficaz, con nuestra oración, con nuestro esfuerzo: todos los afectos, potencias y sentidos han de estar dirigidos al Señor. Cuando el corazón es puro, es fácil descubrir el quid divinum que hay detrás de las exigencias del seguimiento de Cristo; la luz de Dios ilumina la inteligencia y los requerimientos divinos resultan cada vez más entusiasmantes, cumpliéndose la promesa del Señor: «bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» .

    Esa entrega y confianza en Dios –contemplación– es lógico que cueste y que, de modo particular, se experimente resistencia interior cuando se trate del desprendimiento de un quehacer intelectual –recordar que «el saber hincha, pero la caridad edifica» — o del simple apego a la propia capacidad de acción y trabajo: con ocasión del inicio del nuevo milenio, el Romano Pontífice nos ha recordado que todo nuestro empeño de cristianos ha de estar «fundado en la contemplación y en la oración. El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil del “hacer por hacer”. Recordemos a este respecto el reproche de Jesús a Marta: “Tú te afanas y te preocupas por muchas cosas y sin embargo sólo una es necesaria” (Lc 10,41-42)» El Señor no nos pide que hagamos cada día más cosas. Lo que Él quiere es que transformemos en oración nuestras tareas y quehaceres ordinarios.

    Para quienes viven en medio de los afanes del mundo, San Josemaría no dudó en afirmar: «Nuestra condición de hijos de Dios nos llevará –insisto– a tener espíritu contemplativo en medio de todas las actividades humanas (…), haciendo realidad este programa: cuanto más dentro del mundo estemos, tanto más hemos de ser de Dios». Para ello es indispensable la libertad del corazón, el desprendimiento efectivo de todo lo de “el mundo”, la rectitud de intención en todo lo que se usa y hace para vivir así, de hecho, este desarrollo de aquel programa: «No somos mundanos, pero hemos de amar el mundo, queremos estar en él. Ni separamos tampoco la contemplación de la acción: contemplo porque trabajo, y trabajo porque contemplo. Nuestra vida interior infunde así en nuestra tarea fuerzas nuevas: la hace más perfecta, más noble, más digna, más amable. No nos aleja de nuestras ocupaciones temporales, sino que nos lleva a vivirlas mejor» .

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