Defensa de la Filosofía

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“Hace 2.400 años –es la atinada reflexión de Jaime Nubiola, Catedrático de Filosofía en la Universidad de Navarra-, el Gobierno de la ciudad de Atenas condenó a muerte a Sócrates, el primero de los filósofos, acusado de impiedad y de corrupción de la juventud. En nuestro país, la Lomce vuelve a condenar a la filosofía, relegando la asignatura de Historia de la Filosofía a una opción en el plan de estudios de 2º de Bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales. Esta decisión trae inevitablemente a la memoria la famosa sentencia de nuestro filósofo George Santayana: «Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo». (…) Se habla a veces de salvar el Ártico, porque se está derritiendo aceleradamente. Me parece que casi nadie habla de salvar la Filosofía, que es para los seres humanos un territorio todavía mucho más vital. El ataque contra la asignatura de Historia de la Filosofía en el Bachillerato es la punta de un inmenso iceberg que lo que de verdad pretende es acabar con nuestra cultura“.

Para leer el artículo entero: Jaime Nubiola – Defensa de la Filosofía

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2 comentarios en “Defensa de la Filosofía

  1. La filosofía no es una cosa que quede entre filósofos sin ninguna utilidad en cuanto falta de subordinación a lo pragmático sino que por el contrario no carece de una gran repercusión existencial.
    En un artículo publicado en el primer número de la revista de filosofía Punta Europa, en enero de 1956, Millán Puelles relata una anécdota significativa que le hizo pensar.

    “Un día en Alcalá de los Gazules, patria del filósofo gaditano y además del ‘Tempranillo’, un santero, como se llama en Andalucía a los que cuidan de los santuarios que hay en las afueras, le preguntó a nuestro filósofo:

    −Usted ¿que estudia?

    −Filosofía.

    −Bueno ¿pero qué es lo que hacen ustedes? inquirió con curiosidad el santero.

    Millán si saber qué responder, no se le ocurrió para salir del paso, otra cosa que decirle:

    −Hacemos filosofía.

    El santero, que seguía sin entender nada, presagiando algo muy importante en las vacilaciones del filósofo, volvió a la carga:

    −Pero ¿qué es lo que hacen con los demás?

    −Mire usted, contestó el filósofo haciendo un gran esfuerzo. Nosotros enseñamos a los demás unas cosas que ellos aprenden y luego enseñan a otros, que a su vez…

    El santero entendió:

    −¡Total que eso es una cosa que se queda entre ustedes!”

    El Papa Juan Pablo II −como ahora Benedicto XVI− subrayó en repetidas ocasiones la necesidad de la metafísica. La filosofía (la metafísica) se lee en la Fides et ratio “constituye una ayuda indispensable para profundizar en la inteligencia de la fe y para comunicar la verdad del Evangelio a cuántos aún no le conocen”. Aunque la metafísica sea fundamental para la comprensión y apología de la fe no es algo que sea exclusivo del creyente. Así escribe en unos números más adelante: “Si insisto tanto en el elemento metafísico, es porque estoy convencido de que constituye el camino obligado para superar la situación de crisis que afecta hoy a grandes sectores de la filosofía y para corregir así algunos comportamientos erróneos difundidos en nuestra sociedad”.

    La armonía razón filosófica y fe no sería posible pues un pensamiento filosófico que rechazase cualquier apertura metafísica sería radicalmente inadecuado para mediar en la comprensión de la Revelación; pues ésta se refiere continuamente a lo que supera la experiencia, e incluso el pensamiento del hombre.

    Para el propio Juan Pablo II este adentrarse en la metafísica no fue un camino fácil, como comenta en una entrevista Villagrasa. Fue profesor de ética filosófica. Pero también fue, sin duda, un metafísico. Su primer encuentro con la metafísica fue duro. En un encuentro con estudiantes romanos que abarrotaban el aula Pablo VI, en el mes de marzo de 2003, hablando sin papeles, les dijo que mientras trabajaba como obrero había estudiado la metafísica, por su cuenta, sin profesores, y que trataba de entender esas categorías, y que al final, logró entenderlas. Y concluyó: “he constatado que esta metafísica, esta filosofía cristiana me da una nueva visión del mundo, una más profunda penetración de la realidad. Antes tenía estudios más bien humanistas, ligados a la literatura y a la lengua y aquí, con esta metafísica y con la filosofía en general, he encontrado la clave para una comprensión y penetración intelectual del mundo más profunda y, diría, última”.

    Unos años antes −recuerda Clavell− “el 10 de junio de 1996, algunos filósofos de universidades romanas fueron recibidos por Juan Pablo II en una audiencia poco numerosa, muy afectuosa y un poco informal. En la conversación, hablando de la situación actual y de la atracción de muchos jóvenes hacia la filosofía, el Papa les dijo con simpatía y convicción: la metafísica es útil para todo, explicando que era una expresión que solía repetir uno de sus profesores de filosofía y teología”

    Hace ya algún tiempo que Étienne Gilson establecía la diferencia entre el profesor de filosofía y el filósofo, explicando que “aquél no es capaz de referirse más que a la filosofía, mientras que el verdadero filósofo tiene como tema la realidad”.

    Para eso, como dijo Schopenhauer, hace falta “tener espíritu filosófico (que) es ser capaces de asombrarse de los sucesos habituales y de las cosas de todos los días”

    Un reto arduo quizás −el estudio de la metafísica− pero apasionante. Y es que estar a la altura intelectual para un dialogo positivo con la cultura de nuestros días requiere un decidido empeño de profundización en la verdad. Qué buen ejemplo entre tantos el de la conocida novelista americana Flanenery O’Connor −sobre la que se celebró hace unos años un Simposio internacional en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma−, recogido en una reciente biografía donde se resalta que se calificaba a sí misma de “tomista rural” y se había impuesto leer a Santo Tomás veinte minutos todas las noches antes de irse a la cama.

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