Hacerse niños en el Amor a Dios

nueve_de_mayo– “El misterio de María nos hacer ver que, para acercarnos a Dios, hay que hacerse pequeños. (…) Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños. Y todo eso lo aprendemos tratando a María

– “Si buscáis a María, encontraréis a Jesús. Y aprenderéis a entender un poco lo que hay en ese corazón de Dios que se anonada, que renuncia a manifestar su poder y su majestad, para presentarse en forma de esclavo”. (cfr. Es Cristo que pasa 143-144)

2 comentarios en “Hacerse niños en el Amor a Dios

  1. El juego, la risa, los cantos de los niños no son solo símbolo de vitalidad espontánea, formas de expresión de su inteligencia y de su personalidad incipientes, sino la realización particularmente ejemplar de la existencia humana, que se corresponde mucho más al proyecto del creador que nuestra seriedad y nuestra actividad. Hemos de aprender, en esto, de los niños, porque no nos enfrentaremos a las cuestiones decisivas de nuestra vida agregando fuerzas, ciencias, experiencias e iniciativas, sino por medio de la participación creyente con la misteriosa providencia de Dios, que no puede ser aprehendida por ningún conocimiento humano.
    Dios comenzó a “jugar” el día que creó el mundo con su sabiduría, sin más objetivo que su amor. Y su alegría fue estar entre los hombres, sobre todo en Navidad. Dios se nos muestra no como un rey todopoderoso, como el Mesías liberador que esperaba el pueblo de Israel, sino como el Niño del establo de una aldea remota, que viene a salvar el mundo. Y eso no es sentimentalismo, sino la realidad de la historia: Dios juega y sonríe con nosotros, los hombres. No es que se divierta con nuestros problemas, sino que sonríe como una buena madre o un padre ante sus pequeños, que somos nosotros.

    Los juegos de ese Niño son tan curativos como los milagros que habría de hacer más tarde en Galilea y Judea. Su llanto y su sonrisa en el pesebre son tan eficaces y redentores como su posterior muerte en la cruz, seguida de su resurrección y ascensión. Por eso hemos de abrir los ojos y aprender a sonreír, superando nuestros miedos, sobre todo el miedo a la muerte. Reírnos de los poderosos y de los que se creen importantes y asegurados a todo riesgo.

    En efecto, para un cristiano es un deber sonreír. Estamos en las manos de Dios y hemos de acompasar nuestra voluntad con la suya. Hemos de intentar bailar al son de su música, misteriosa −ciertamente−, pero siempre amorosa. Su Hijo nos dio ejemplo incluso subiendo a la cruz y extendiendo sus brazos sin distracciones ni anestesias. Si la sonrisa desapareciera de la vida cristiana, si −como dice con frecuencia el Papa Francisco− se nos pusiera habitualmente “cara de funeral”, sería señal de que nos hemos alejado de Dios. Ojalá que al menos nosotros mismos no seamos los causantes de esa tristeza que es obstáculo entre Dios y las personas

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