De víctimas y verdugos

verdugo-de-dibujos-animados-con-una-gran-hacha-aislado-en-blancoEscribe José-Fernando Rey comentando el Evangelio de hoy que: No deberíamos confundir las cosas. Es muy fácil, ante cualquier ofensa recibida del prójimo, pensar que estamos siendo perseguidos, identificarnos con Jesús crucificado, y sofocar nuestro dolor convirtiéndonos en víctimas de la malicia ajena. Por las mismas, quienes nos hacen daño quedan convertidos en verdugos, y el daño que sufrimos parece, por sí solo, redentor.

   Pero es mejor hacer honor a la verdad. Los victimismos no son buenos. No siempre nos hacen daño porque seamos santos. No siempre las ofensas con que nos hieren son las mismas que hirieron al Señor. Muchas veces nos hacen daño porque –déjame decirlo así– nos lo hemos ganado. Y no sufrimos por buenos, sino por pecadores. Muchas veces, el dolor que nos provocan es menos del que merecemos por nuestras culpas. Y no estamos, precisamente, en el bando de la Víctima sin culpa, sino que compartimos, con quienes nos hieren, el bando de los verdugos.

   Sé que es más consolador hacerse la víctima. Pero es más provechosa la penitencia.

   Todo esto lo harán con vosotros a causa de mi nombre. Asegúrate, antes de ponerte de víctima, de que es «su nombre», y no tus pecados o imprudencias, el motivo por el que te persiguen.

2 comentarios en “De víctimas y verdugos

  1. A veces, cuando nada marcha de acuerdo con lo esperado, y la preocupación es quien reina. Cuando el quebranto de lágrimas inunda nuestros ojos, y todo parece ser inútil, solo una cosa puede ahuyentar las lágrimas que queman y ciegan; alguien que suavemente te eche el brazo por encima y susurre: No te preocupes.
    Nadie ha logrado descifrar por qué esas palabras traen tanto consuelo, o por qué tal susurro hace que nuestras preocupaciones se despejen al instante. Sin embargo, cuando los problemas nos dan la bienvenida, podemos olvidarnos de ellos y dejarlos atrás.

    El cristiano debe reconocer que es débil y que no le es fácil guardar el equilibro moral. Por tanto, ha de pedir a Dios la gracia de su luz y de su fortaleza, recurrir a los sacramentos y cooperar con el Espíritu Santo, siguiendo sus invitaciones a amar el bien y huir del mal. El conocimiento de la propia debilidad lleva a la oración confiada, a pedir la fuerza para hacer la voluntad de Dios y no caer en la tentación. A la vez, el cristiano debe ser consciente también de que, contando con la fortaleza divina, puede mantenerse firme ante los peligros que sea preciso afrontar y lanzarse con verdadera audacia a la consecución del bien.

    «La ascética del cristiano exige fortaleza; y esa fortaleza la encuentra en el Creador. Somos la oscuridad, y Él es clarísimo resplandor; somos la enfermedad, y Él es salud robusta; somos la debilidad, y Él nos sustenta.

    La gracia divina vigoriza la paciencia y la perseverancia, especialmente ante la persecución y las tribulaciones: «Hermanos míos: considerad una gran alegría el estar cercados por toda clase de pruebas, sabiendo que vuestra fe probada produce la paciencia. Pero la paciencia tiene que ejercitarse hasta el final, para que seáis perfectos e íntegros, sin defecto alguno» (St 1, 2-4).

    Gracias a la ayuda de Dios, el cristiano, cuyo modelo es Cristo, vive la paciencia perdonando a los que le ofenden, renunciando a todo deseo de venganza (cf. Mt 18, 21-35; Rm 12, 20), refrenando todo sentimiento de cólera o irritación, y manteniendo la serenidad y la paz ante las ofensas.

    El cristiano fundamenta su paciencia en la certeza de que Dios es Sabiduría y Amor, y, por tanto, todo lo dispone, incluso los sufrimientos y contrariedades, para el bien de los que le aman (cf. Rm 8, 28). Además ve en los sufrimientos un medio para purificarse de los pecados y para reparar por las ofensas a Dios, cooperando así con Cristo en la aplicación de la redención. Como San Pablo, puede decir que se alegra en sus padecimientos por los demás y completa en su carne lo que falta a la Pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1, 24).

    La paciencia cristiana no es mera resignación ante los sufrimientos, sino aceptación voluntaria de lo que el Señor quiere o permite; implica paz y serenidad ante las dificultades, y agradecimiento a Dios que desea asociar a sus hijos al misterio de la Cruz. La perseverancia es necesaria para salvarse: «Y todos os odiarán a causa de mi nombre; pero quien persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mt 10, 22). Pero gracias a la virtud de la esperanza, el hombre puede «esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman y hacen su voluntad. En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, “perseverar hasta el fin” y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo.

    La perseverancia en el camino de la santidad es imposible sin la gracia, y la perseverancia hasta la muerte (la perseverancia final) requiere un auxilio especial de Dios enteramente gratuito, que nadie puede estrictamente merecer, y que debe pedirse confiadamente a Dios.

    El encuentro con Cristo renueva nuestras relaciones humanas, orientándolas, de día en día, a mayor solidaridad y fraternidad, en la lógica del amor. Tener fe en el Señor no es un hecho que interesa sólo a nuestra inteligencia, el área del saber intelectual, sino que es un cambio que involucra la vida, la totalidad de nosotros mismos: sentimiento, corazón, inteligencia, voluntad, corporeidad, emociones, relaciones humanas. Con la fe cambia verdaderamente todo en nosotros y para nosotros, y se revela con claridad nuestro destino futuro, la verdad de nuestra vocación en la historia, el sentido

    de la vida, el gusto de ser peregrinos hacia la Patria celestial.

    Por último, cuando la persona humilde crece en unión con Dios y en las virtudes, como es consciente de sus propias fuerzas y limitaciones, no atribuye esta riqueza a mérito propio y, por tanto, no se enorgullece de ello, sino que lo atribuye a la ayuda de Dios y de los demás y la agradece.

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