Sobre el catolicismo “embrutecido”

Otro magnífico vídeo del P. Robert Barron, sobre el catolicismo dormido y sin formación. Pero tenemos una tradición católica muy inteligente y profunda en la que formarnos cada vez mejor. Ánimo!

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4 comentarios en “Sobre el catolicismo “embrutecido”

  1. La unidad del conocimiento no es un fin en sí misma. Es un medio para conseguir que las diversas modalidades del conocimiento ayuden al hombre a conseguir su fin. Y para ello se necesita un principio organizador, capaz de proporcionar una jerarquía entre los conocimientos particulares y de encuadrarlos en una perspectiva global. Esto es lo que tradicionalmente se ha denominado «sabiduría».

    Los puntos de vista, a menudo de carácter científico, sobre la vida y sobre el mundo se han multiplicado de tal forma que podemos constatar cómo se produce el fenómeno de la fragmentariedad del saber. Precisamente esto hace difícil y a menudo vana la búsqueda de un sentido. Y, lo que es aún más dramático, en medio de esta baraúnda de datos y de hechos entre los que se vive y que parecen formar la trama misma de la existencia, muchos se preguntan si todavía tiene sentido plantearse la cuestión del sentido. La pluralidad de las teorías que se disputan la respuesta, o los diversos modos de ver y de interpretar el mundo y la vida del hombre, no hacen más que agudizar esta duda radical, que fácilmente desemboca en un estado de escepticismo y de indiferencia o en las diversas manifestaciones del nihilismo. La consecuencia de esto es que a menudo el espíritu humano está sujeto a una forma de pensamiento ambiguo, que lo lleva a encerrarse todavía más en sí mismo, dentro de los límites de su propia inmanencia, sin ninguna referencia a lo trascendente. Una filosofía carente de la cuestión sobre el sentido de la existencia incurriría en el grave peligro de degradar la razón a funciones meramente instrumentales, sin ninguna auténtica pasión por la búsqueda de la verdad».

    Sin duda, la fe nos da a conocer el sentido último de la existencia humana. Hoy día es verdad, como siempre lo ha sido, que una persona que posea una fe auténtica en la revelación de Cristo posee, automáticamente, un conocimiento del sentido de su vida que le basta para alcanzar su fin. Además, por mucho que avancemos en las ciencias y en la filosofía, no alcanzaremos el nivel de los conocimientos que proporciona la revelación. En estas condiciones, podría parecer poco útil empeñarse en alcanzar, con grandes esfuerzos, los conocimientos asequibles a la razón humana. Además, es difícil alcanzar, en esas cuestiones, un consenso entre los pensadores: al tratarse de problemas nada fáciles, las soluciones propuestas por los autores católicos, aunque se encuentren dentro del abanico de posibilidades conformes con la fe, proporcionan un amplio espectro que no se puede reducir a un esquema que agrade a todos por igual. ¿Qué sentido tiene, pues, el esfuerzo humano por conseguir una síntesis de un saber que, aunque tenga un carácter sapiencial, pertenece al nivel puramente racional?

    No es difícil advertir que la Iglesia siempre ha buscado, a lo largo de su historia, el apoyo natural que en cada circunstancia pueda encontrarse para su doctrina sobrenatural. La Iglesia tiene plena conciencia de que ese apoyo natural requiere ser complementado por lo sobrenatural, y respeta la legítima pluralidad que en ese ámbito existe, sin pretender imponer una uniformidad que vaya más allá de lo necesario. Si se renuncia a ese esfuerzo, con todo lo que tiene de limitado, temporal y precario, se renuncia a expresar y vivir la fe de acuerdo con nuestra naturaleza humana y, por otra parte, se carece de los medios necesarios para realizar la misión apostólica de la Iglesia: caeríamos en un fideísmo que pronto resultaría ininteligible a los oídos humanos. No parece demasiado aventurado afirmar que, en parte, ese peligro es una realidad actual, ya que el descuido de la filosofía ha llevado a los inconvenientes recién señalados.

    Juan Pablo II estimula al pensamiento filosófico para que realice su función sapiencial: «Para estar en consonancia con la palabra de Dios es necesario, ante todo, que la filosofía encuentre de nuevo su dimensión sapiencial de búsqueda del sentido último y global de la vida. Esta primera exigencia, pensándolo bien, es para la filosofía un estímulo utilísimo para adecuarse a su misma naturaleza. En efecto, haciéndolo así, la filosofía no sólo será la instancia crítica decisiva que señala a las diversas ramas del saber científico su fundamento y su límite, sino que se pondrá también como última instancia de unificación del saber y del obrar humano, impulsándolos a avanzar hacia un objetivo y un sentido definitivos. Esta dimensión sapiencial se hace hoy más indispensable en la medida en que el crecimiento inmenso del poder técnico de la humanidad requiere una conciencia renovada y aguda de los valores últimos. Si a estos medios técnicos les faltara la ordenación hacia un fin no meramente utilitarista, pronto podrían revelarse inhumanos, e incluso transformarse en potenciales destructores del género humano».

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