Sobre las “personas honorables” y los “introspectivos” o escrupulosos

31Existen dos tipos de personas a los que la esperanza produce poca o casi ninguna esperanza. Estos son los que podríamos llamar las “personas honorables” y los “introspectivos”. Paso a describirlos brevemente

Las “personas honorables” o satisfechas de sí mismas son en palabras de Ch. Péguy “las que carecen de defectos. No están heridas. Su piel moral, siempre intacta, les dota de un cuero y de una coraza sin defecto. No presentan en ningún lugar esa abertura que hace una herida atroz…, una cicatriz siempre mal cerrada. No presentan en ningún lugar esa entrada a la gracia que es esencialmente el pecado. Como no carecen de nada, nada puede dárseles. La misma caridad de Dios no venda al que no tiene heridas. Porque un hombre estaba caído en tierra le levantó el samaritano… Las personas honorables no son permeables a la gracia” [Péguy].

La otra categoría son los “introspectivos” o escrupulosos,  es decir los que pretenden una justicia imposible. Estos escudriñan temerosos en su conciencia con la esperanza de encontrar un día en ella la prueba indiscutible de que son dignos del amor de Dios. Anhelan ese estado de conciencia en el que se pueda alcanzar la certeza absoluta de no tener ya que temer ninguna sorpresa de la justicia divina. Y esto no es posible aquí abajo: “Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y la verdad no estaría en nosotros” [1 Jn 1,8]. Esta es la razón por la que estas personas no conocen la paz ni la alegría.

Y es que para alcanzar la salvación eterna, la esperanza cristiana exige tanto el desprendimiento de todo apoyo terrenal, como el desprendimiento del sentimiento de que entre Dios y nosotros todo está indudablemente en orden. ¿Por qué es esto así? Porque la razón fundamental de la esperanza cristiana radica en la misericordia de Dios que se ofrece a quien confiesa su miseria: “Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos y limpiarnos de toda iniquidad” [1 Jn 1, 9]

Así tenemos varios ejemplos. En la hora de la muerte del abad Marmión, el monje que le atendía para consolarle hizo referencia a sus libros, a lo que el abad con un gesto negativo dijo: “Dios mío, misericordia mía”, indicando con ello que su motivo de esperanza era únicamente la misericordia de Dios. O el de la santa Juana de Arco cuando le preguntaron si estaba en estado de gracia, agudamente respondió: “Si lo estoy, quiera Dios conservarme en él; si no lo estoy, quiera Dios concedérmelo.” O el mismo san Pablo cuando dice: “de nada me arguye la conciencia, mas ni por eso me creo justificado” [1 Cor 4,4].

La justificación de la gracia escapa a todo método de observación humano. Es una acción divina. Podemos suponer que amamos a Dios, pero no si le amamos en la medida necesaria para ser salvados [la contrición y la confesión]. Y no necesitamos saberlo. Más aún, esta ignorancia forma parte esencial de una buena salud, porque nos hace ser humildes y audaces a la vez, nos impulsa a vivir en la confianza del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí [Gal 2,20]. Solo así alcanzamos esa confianza que nace de la fe de que es Él quién nos justifica: yo te he redimido, y te he llamado por tu nombre, tú eres mío. Esta fe cierta cimenta la certeza de nuestra esperanza y posee la capacidad de hacernos llegar muy lejos en cuestión de agradecimiento y alegría

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2 comentarios en “Sobre las “personas honorables” y los “introspectivos” o escrupulosos

  1. «Cristo Jesús (es) nuestra esperanza» (1 Tm 1,1), pues la esperanza no es sino la atracción que Dios pone en el alma hacia Él, en razón de la Cruz de Cristo: «Y Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Decía esto señalando de qué muerte iba a morir» (Jn 12, 32). Cristo es el modelo, el fin, y la gracia pone en el hombre la atracción hacia su modelo y su fin, que tiene siempre razón de bien.

    Al mismo tiempo, Cristo es el cumplimiento real de la esperanza: «La esperanza nuestra está en Cristo, pues en Él está ya cumplido lo que como promesa esperamos»; «Todavía no vemos lo que esperamos. Sin embargo, somos el cuerpo de aquella cabeza en la que está realizado lo que esperamos».

    Por ser Cristo el fundamento de la esperanza, ésta es firme y cierta, filial, eclesial y comunitaria.

    —Su certeza se fundamenta en la fidelidad de Dios. «Dios, al querer demostrar con mayor claridad a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su decisión, la reafirmó con juramento; para que, gracias a dos cosas inmutables por las cuales es imposible que Dios mienta, los que buscamos refugio en la posesión de la esperanza que nos es ofrecida, tengamos un poderoso consuelo, que es para nosotros como segura y firme áncora de nuestra vida y que penetra hasta lo interior del velo [del Templo], donde como precursor nuestro entró Jesús, constituido para siempre Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec» (Hb 6, 17-20).

    Sin embargo, en cuanto supone la cooperación humana, la esperanza incluye incertidumbre y temor. Esto quiere decir que el hombre debe tomarse en serio su libertad. Sus acciones libres tienen trascendencia: pueden llevarle a la salvación o a la condenación eterna.

    Por otra parte, tal incertidumbre lleva al hombre a apoyarse más en Dios: «Cuando me siento capaz de todos los horrores y de todos los errores que han cometido las personas más ruines, comprendo bien que puedo no ser fiel… Pero esa incertidumbre es una de las bondades del Amor de Dios, que me lleva a estar, como un niño, agarrado a los brazos de mi Padre, luchando cada día un poco para no apartarme de El.

    »Entonces estoy seguro de que Dios no me dejará de su mano. “¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré” (Is XLIX, 15)»[36].

    —La esperanza cristiana es esperanza filial porque la filiación divina, don que Cristo ha ganado para el hombre, es como su fundamento, y además está orientada a que el cristiano viva en plenitud como hijo de Dios. Este carácter filial, después del pecado, se manifiesta en la misericordia de Dios, y tiene como prototipo la parábola del hijo pródigo.

    «En medio de las limitaciones inseparables de nuestra situación presente, porque el pecado habita todavía de algún modo en nosotros, el cristiano percibe con claridad nueva toda la riqueza de su filiación divina, cuando se reconoce plenamente libre porque trabaja en las cosas de su Padre, cuando su alegría se hace constante porque nada es capaz de destruir su esperanza».

    —La esperanza cristiana es eclesial, pues «la contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada época se realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia». Dios ha querido su Iglesia para que los hombres pudieran realizar ese encuentro con Cristo. El fin al que ella debe servir es que todo hombre pueda encontrar a Cristo, de modo que cada uno pueda recorrer con Él el camino de su vida. El hombre descubre en la Iglesia el rostro de Cristo, y en Él encuentra la misericordia de Dios, que es la razón de la esperanza para el pecador.

    —La esperanza cristiana no es sólo personal, sino también comunitaria: «Nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; sólo así es realmente esperanza para mí. Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal».

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