Para admirar la perfección creadora de Dios

Impresionante esta recreacción completa de la formación del ser humano desde su concepción hasta el momento de dar a luz.

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2 comentarios en “Para admirar la perfección creadora de Dios

  1. “La maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer. La madre admira este misterio y con intuición singular comprende lo que lleva en su interior […]. Este modo único de contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a su vez una actitud hacia el hombre –no sólo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en general–, que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer” .

    A la luz del acontecimiento de Cristo, se descubre que en la diferencia y complementariedad de varón y mujer contenidos en la revelación del “principio”, se apuntaba a otra diferencia y complementariedad: la que ahora se da entre el nuevo Adán y la nueva Eva. En la maternidad de María se inicia el cumplimiento de otro principio de una nueva humanidad.

    “He aquí que Dios inicia en ella, con su «fiat» materno («hágase en mí»), una nueva alianza con la humanidad. Esta es la Alianza eterna y definitiva en Cristo, en su cuerpo y sangre, en su cruz y resurrección. Precisamente porque esta Alianza debe cumplirse «en la carne y la sangre» su comienzo se encuentra en la Madre”.

    La Iglesia nace en María. No la Iglesia institucional que luego funda Jesús convocando a los apóstoles, dando el primado a Pedro y organizándola en torno a él. Me refiero a la Iglesia santa e inmaculada que vive en su interior asintiendo con fe a la Palabra de Dios, remitiendo a los hombres a hacer lo que Jesús les diga, contemplando amorosamente a su Hijo traspasado, y acogiendo su Espíritu y su gracia para derramarlo sobre los hombres.

    En la Anunciación, en Caná y, sobre todo, a los pies de la cruz, María es la personificación de la Iglesia naciente. Es el modelo y tipo de la Iglesia que se perfecciona como Esposa en la escucha, contemplación, acogida del Esposo y entrega a Él. Juan Pablo II contempla este nacimiento no sólo en Nazareth, sino también en el Gólgota.

    “La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora, pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo». La primera parte de estas palabras de Cristo se refieren a «los dolores del parto», que pertenecen a la herencia del pecado original; pero al mismo tiempo indican la relación que existe entre la maternidad de la mujer y el misterio pascual” .

    María engendra de nuevo al Hijo vencedor del príncipe de este mundo cuando es traspasada de dolor al pie de la cruz. Las palabras de Cristo a María y a Juan son una representación privilegiada del acto por el que Cristo funda su Iglesia y establece una nueva alianza. El acto tiene lugar pidiendo nuevamente, pero de modo más grande y elevado, el “sí” de María.

    La primera vez fue un sí al Hijo que Dios quería regalarle, y a esta voluntad de Dios que misteriosamente le exigió introducirse en lo incomprensible y grande. Pero ahora, en la hora de la cruz, en la hora de Jesucristo, el “sí” tenía que ser pronunciado de nuevo y de modo nuevo y recibir así una nueva dimensión. Es el sí a todos los hijos e hijas a través de la historia. Es un “sí” cuya exigencia se extiende a toda la historia. También en ese “sí” descansa la Iglesia.

    La hora de la maternidad espiritual de María a los pies de la cruz coincide con la hora de Cristo. María completaba así, en la maternidad de su carne y de su espíritu, lo que faltaba a los padecimientos de Cristo en bien de su cuerpo que es la Iglesia (Col 1, )

    Por ser primariamente mariana la Iglesia realiza el ministerio de su feminidad a través de esa maternidad espiritual orientada a engendrar la vida divina en los hombres. Pablo ilustra la hondura de su ministerio apostólico con lo que constituye lo más específicamente femenino: “Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto” (Gál 4, 19).

    La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial al hombre, es decir, el ser humano. Naturalmente, cada hombre es confiado por Dios a todos y cada uno. Sin embargo, esta entrega se refiere especialmente a la mujer −sobre todo en razón de su femineidad− y ello decide principalmente su vocación” .

    Llamándola “mujer”, se dirige a ella igual que Adán cuando reconoció a Eva como compañera suya y madre de sus hijos (cf. Gn 2, 23). En este momento de la nueva creación Jesús recuerda en María a cada mujer su misión originaria de ser ayuda para que el ser humano no degenere en su humanidad y de cuidar de la vida, gestándola, alumbrándola y defendiéndola contra el Dragón que sigue intentando también hoy arrebatárselo (cf. Ap 12, 4).

    Confiando el ser humano de manera especial a la mujer, Dios no sólo apela a su vocación específica, sino también a su fe, a que permita que su percepción natural sea esclarecida en el fuego de la gracia y su seno materno ensanchado por el amor divino hasta acoger a todos. Sólo así será capaz de comprender al hombre como único ser entre las criaturas que Dios ama por sí mismo . Cuando el ser humano se siente buscado y amado por lo que es, le es más fácil acceder al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

    Nuestra sociedad conoce hoy múltiples y sofisticadas maneras de abortar la vida. No se trata sólo del aborto de tantos niños no nacidos, sino también de todas las formas que, bajo pretexto de mejorar la vida, promueven su separación y no la reintegración, el ocultamiento y no la incorporarción al proceso vital de todo lo que nos confronta con las limitaciones físicas, psíquicas y sociales de la existencia humana. Es la “cultura del descarte”, denunciada por el Papa Francisco.

    La creación a imagen de Dios significa también que el amor corresponde de forma adecuada al bien que la persona es y que la dignidad y vocación de la mujer se miden por el amor. El orden del amor está vinculado a la “unidad de los dos en uno”. Pero el amor es también elemento esencial de la vocación específica de mujer.

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