“Tu conversión es cosa mía; no temas” [B. Pascal]

rezar“Tu conversión es cosa mía; no temas” [B. Pascal] Sí, nuestra conversión es ante todo obra de Dios. El mismo lo ha dicho: “sin mí no podéis hacer nada” [Jn 15,5]. Dios hace en y a través nuestro muchas cosas buenas: “Dios hace cuanto quiere” [Sal 135,6] y “arroyo de agua es el corazón del rey en mano del Señor” [Prov 21,1]. Aquí radica la seguridad de nuestra esperanza: “fiel es el que os llama Dios… y que también lo cumplirá” [1 Tes 5,24].

Sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman”, incluso sus pecados llega a afirmar categóricamente san Agustín.  Y ¿Quiénes son los que aman a Dios? Lo explica muy bien san Pablo : 28 Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito. 29 Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que El sea el primogénito entre muchos hermanos; 30 y a los que predestinó, a ésos también llamó; y a los que llamó, a ésos también justificó; y a los que justificó, a ésos también glorificó.

Es impresionante, pero toda la iniciativa recae sobre Dios, no sobre nuestras acciones. Es Él quien está empeñado en nuestra salvación. Y es entonces cuando ya no pongo mi confianza en mí, sino en Dios cuando puedo decir de verdad que: también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza; y la esperanza no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado. [Rom 5, 3-5]

La prueba de que nuestra esperanza no será confundida está en que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo.

Solo desde la seguridad que nos da saber que nuestro amor a Dios tiene su fuente en el mismo Dios permitió a san Pablo desafiar de este modo al mundo: 35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo[? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? 36 37 Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.38 Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, 39 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro. [Rom 8,35ss]

No ha dicho a caso el Señor:  27 Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen; 28 y yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano. 29 Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano del Padre. [Jn 10,27ss]

Las gracias actuales son necesarias para realizar cualquier tipo de obra buena y para resistir al maligno. Dios nos las da continuamente y deberíamos pedirlas en los momentos difíciles: “No nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal”… “No permitas que jamás me separe de ti”, No permitas que mi corazón se desvíe. Si rezáramos así desde el fondo de nuestro corazón, Dios nos daría en el momento adecuado su gracia y tendríamos siempre la fuerza para serle fiel. Nuestra esperanza se haría más fuerte y nuestra alegría mayor.

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3 comentarios en ““Tu conversión es cosa mía; no temas” [B. Pascal]

  1. En la vida personal de cada uno de nosotros quien nos guía es Dios mismo, contando con nuestra cooperación, es decir, con nuestra docilidad al Maestro interior.
    Cuando falta la confianza en la ayuda divina nos podemos ‘atascar’ o ‘bloquear’ por miedo al fracaso, es decir, por miedo a lo limitado de nuestras posibilidades

    «Dejad que Dios diseñe su proyecto». Son palabras del Papa Francisco pronunciadas el 3 de junio, 50º aniversario de la muerte del Beato Juan XXIII, ante 2.000 fieles de la diócesis de Bérgamo. El Pontífice alabó la ilimitada confianza del Papa Bueno en la acción del Espíritu Santo, que le llevó a la convocatoria del Concilio Vaticano II, una decisión que requería una audacia más allá de toda prudencia humana.

    Hay una hermosa invocación de la tradición cristiana que se reza antes de cualquier actividad y dice así: «Actiones nostras, quæsumus, Domine, aspirando præveni et adiuvando prosequere, ut cuncta nostra oratio et operatio a te semper incipiat, et per te coepta finiatur», «Inspira nuestras acciones, Señor, y acompáñalas con tu ayuda, para que todo nuestro hablar y actuar tenga en ti su inicio y su fin». Cada paso de nuestra vida, cada acción debe iniciarse ante Dios, a la luz de su Palabra.

    Cuando falta esa confianza en la ayuda divina nos podemos “atascar” o “bloquear” por miedo al fracaso, es decir, por miedo a lo limitado de nuestras posibilidades

    Con una perspicacia meramente humana el futuro siempre es incierto. En casi todo los órdenes de la vida: político, económico, empresarial, etc. Los analistas del futuro casi siempre se equivocan. Se atribuye a Churchill el comentario, con sentido del humor, acerca de los partes meteorológicos británicos durante la segunda guerra mundial: si hubieran dicho en cada pronóstico lo contrario hubieran acertado más.

    El Catecismo de la Iglesia Católica describe «una bella palabra, típicamente cristiana: parrhesia, simplicidad sin desviación, conciencia filial, seguridad alegre, audacia humilde, certeza de ser amado» (cf Ef 3, 12; Hb 3, 6; 4, 16; 10, 19; 1 Jn 2,28; 3, 21; 5, 14) (n. 2778). Uno de los atractivos del Papa Juan XXIII era la transparencia de esa ilimitada confianza en Dios y en el futuro. En palabras de Francisco, «a través de este abandono cotidiano a la voluntad de Dios, el futuro papa Juan, vivió una purificación, que le permitió desligarse de sí mismo y unirse a Cristo, dejando de esta manera surgir esa santidad que la Iglesia más tarde ha reconocido oficialmente».

    El futuro pertenece a Dios. Podemos llevarle la contraria (y eso será peor para nosotros), pero podemos actuar en la dirección en que sopla el Espíritu, y eso es lo mejor. El Papa Francisco dijo el otro día a los fieles de la diócesis de Bérgamo: «Imitad su santidad. Dejaros guiar por el Espíritu Santo. No tengáis miedo de los riesgos, como él no tuvo miedo. Docilidad al Espíritu, amor a la Iglesia y adelante… que el Señor hará todo el resto».

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