Dejar de leer y dejarnos manipular es casi lo mismo. Sobre todo, si nunca cambiamos de canal.

que-duvidaAquí os dejo con este magistral artículo del periodista Paco Sánchez. Columnista de La Voz de Galicia:

  “Pensamos cada vez con menos palabras y con más imágenes, porque miramos mucho más que leemos. En parte, porque nos resulta menos trabajoso. Un buen libro exige mucha atención y de mayor calidad que la que demanda, por ejemplo, una buena serie de televisión. Algo sabido y muy comentado ya. El problema radica en las consecuencias de leer poco o nada, que es el caso de un porcentaje elevadísimo de los españoles, según la última encuesta del CIS. Si la imagen sustituye a la palabra, terminamos pensando sin conceptos. Es decir, terminamos no pensando. Nuestros prejuicios, por otra parte imprescindibles, se ahorman a partir de lo que hemos visto o hemos creído ver. Puede que nuestra idea de lo bueno o de lo malo, de lo bello o de lo justo sea una imagen que quizá hemos visto en una serie o en varias películas. O en la escuela, cada día más audiovisual, como alertaba hace años Giovanni Sartori.

Cuando la imagen sustituye al concepto, nuestra libertad de pensamiento y nuestras decisiones posteriores quedan en manos del realizador y del guionista. Por eso a veces no sabemos por qué pensamos una cosa o por qué decidimos hacer tal otra. Los prejuicios se tornan feroces e indestructibles, porque no hay modo de revisarlos, nos faltan herramientas intelectuales. Y en caso de que choquen con la realidad, peor para ella. Crece entonces la vulgaridad: el mundo se puebla de supuestos excéntricos clonados en masa, copiados de la imagen en boga. Catalogamos sumariamente ideas y personas en progres y carcas, …, y arruinamos cualquier posibilidad de diálogo. 
Dejar de leer y dejarnos manipular es casi lo mismo. Sobre todo, si nunca cambiamos de canal.

Anuncios

2 comentarios en “Dejar de leer y dejarnos manipular es casi lo mismo. Sobre todo, si nunca cambiamos de canal.

  1. Para entrar directamente en materia, diré que hay un primer punto de partida insoslayable, que es a su vez doble. Primero: hace falta educación para la comunicación. Comunicar -comunicarnos- tiene sus reglas y, si no se cumplen, no hay comunicación, sino otras cosas: manipulación, tergiversación, ambigüedad, confusión, desconcierto, desencanto… En una palabra no hay verdad, sino mentira o sucedáneos de verdad. No hay comunicación, sino todo lo contrario. La gente cree que hoy está más comunicada que nunca, porque cuenta con más medios de comunicación; pero hay que pensar: ¿la televisión que sufrimos -medio de comunicación por excelencia-, nos “comunica” o nos “incomunica”? Comunicar, comunicarnos, no se puede hacer de cualquier manera. Como todas las cosas, se puede hacer bien… o mal.

    El relativismo rampante que asfixia la cultura actual, en todo y por desgracia, hace pensar a muchos que todo vale. Pero no es cierto. Todo no vale. No todo da igual, porque, si todo valiera y diera igual, en el fondo nada valdría nada. Ya Platón y Aristóteles se esforzaron por demostrarlo. Por ello, lo segundo, e importantísimo, es que los medios son medios, no fines. Sin verdad y sin servicio a los demás, no hay periodismo ni comunicación real que valga.

    Yo sé perfectamente que, cuando estas dos palabras se dicen por ahí, nadie se atreve a preguntar sobre lo que es servicio. Hasta el más tardo, acostumbrado a esquivar el servicio y a hurtar el hombro, sabe de requetesobra en qué consiste eso tan cristiano de servir. Pero en cambio nunca falta el Pilatos cantamañanas de turno que pregunta, sabihondo: “¿qué es la verdad?” Y lo más inquietante es que el relativismo ha conseguido que incluso muchos que se dicen cristianos se planteen esta pregunta.

    Por mi parte suelo contestar: yo no sé si todos los que cacarean que la verdad no existe, sino que sólo hay verdades subjetivas, la de cada cual; si todos esos, a los que les cuesta aceptar que esto es un vaso y no una estrella ni una jirafa, lo dicen en serio, o hacen únicamente un paripé más o menos rentable e interesado. Pero lo que sí sé -en cambio- es que nosotros, los cristianos, lo tenemos clarísimo. El Señor lo pudo haber dicho más alto, pero no más claro: “Yo soy la verdad. Y la vida. Y el camino”. Por consiguiente, el cristiano que no distinga esa verdad en la realidad de cada día: en la fe y en la esperanza, en la alegría y en la duda y en la tribulación, en el aborto y en la ley de educación, en la discoteca y en los tribunales de Justicia, en el periódico y en la radio y en la tele y en Internet, en casa y en el trabajo; es decir, que no reconozca lo que hace referencia nítida a Él y lo que de Él se aparta; lo que está de acuerdo con su Palabra y lo que no; será porque no quiere o porque no le interesa. Así de claro. De Él tenemos su Palabra-Noticia esplendorosa, escrita en el Evangelio y resumida en las Bienaventuranzas. Animo a leerlo todos los días un ratito.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s