La alegría de la esperanza

esperanza

Hemos hablado de la alegría que brinda el amor y la fe. Pero ¿qué pasa con la esperanza? ¿También la esperanza es fuente de alegría? Fácilmente intuimos que sí.

Si hay un gozo en la posesión de aquello que amo, también lo habrá en la participación futura -esperada-  de ese amor que me está reservado. Este es el gozo de los enamorados, de los novios. Este gozo procede de la esperanza, que nos permite vivir en la espera de disfrutar un día plenamente de ese amor que nos está reservado.

La esperanza en una cuestión de saber esperar. ¿Te has fijado lo distinto que sería decir en el Credo: “espero… en la vida del mundo futuro” a decir “tengo esperanza en…”? Es muy distinto esperar algo a tener solo esperanza. Por ejemplo, si estamos en una estación de tren y vemos a un conocido sentado en un banco, al preguntarle qué hace nos responderá que espera el tren, pero no dirá que tiene esperanza de tomar el tren. Hay una seguridad en la espera que no hay en la esperanza. Porque el que espera está seguro, el que tiene esperanza no lo está totalmente.

¿De que seguridad se trata? Se trata de la seguridad de la fe. Esa seguridad es una forma de posesión anticipada, que hace de mi espera algo alegre. Estar seguro de que el tren llegará a la hora determinada es fuente de alegría, de una alegría anticipada.

La esperanza cristiana es mucho más una espera segura que una esperanza, y por eso es fuente de alegría. Porque la posesión es algo esencial para la alegría, sea la posesión presente, sea la segura posesión futura. En efecto, vivir en espera de alcanzar un día la posesión del bien amado es fuente de alegría anticipada, como si ya lo poseyeramos de algún modo: “me alegró lo que me decían: ¡vamos a la casa del Señor!” [Salm 121,1].

La seguridad de la fe es la que llena de alegría la espera: “vivid alegres con la esperanza” [Rom 12,12], porque un día –parece decirnos san Pablo-, un día poseeremos con toda la plenitud a este Dios nuestro, amor infinito…, Y al que ahora poseemos solo a través de la tenue luz de la fe, lo veremos en su claridad infinita, sin sombras ni penumbras: “la esperanza es segura y firme áncora que penetra hasta detrás de los velos” [Heb 6,19], “la esperanza no quedará confundida” [Rom 5,5]. La esperanza no confunde ni defrauda por eso siempre brida alegría.

2 comentarios en “La alegría de la esperanza

  1. Caminemos con esperanza! Esta es la gran invitación que el Papa está haciendo a todos los cristianos que nos ha tocado la suerte de comenzar este nuevo milenio de la humanidad, este nuevo milenio de la cristiandad. La condición de los cristianos es ir como peregrinos en medio del mundo hacia la patria prometida.
    Caminar es el modo común de vivir del cristiano. No podemos darnos el lujo de quedarnos sentados ni cruzado de brazos. Dios nos ha dado la vocación de peregrinos, de caminantes. Y hoy menos que nunca podemos acobardarnos frente a la gran tarea de colaborar con nuestra fe y con nuestro esfuerzo en la transformación de nuestra sociedad tan maltrecha y tan golpeada, por una sociedad nueva, donde todos los hombres puedan vivir con dignidad, en un marco de justicia, de tranquilidad y de armonía, donde nadie se quede afuera, ni porque se le falte respeto sus derechos, ni porque se quede con los brazos cruzados. “Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia – dice el Papa – como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo”.
    Hay que adentrarse, Hay que remar mar adentro, con coraje, con fe pero sobre todo con una gran esperanza, ya que sabemos que nuestros Dios no nos va fallar porque él es fiel a su palabra y lo que dice lo hace. “El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre,- sigue diciendo el Papa – realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos”. ¡Si, en sus instrumentos!, poniendo nuestros brazos, nuestras piernas, nuestras inteligencias, nuestra voluntad y sobre todo nuestro corazón, con entrega generosa, sin recortes ni egoísmos, sin miedo ni desesperación.
    Es muy importante no dudar, no titubear ante esta importante hora a la que Dios nos llama, con la conciencia de que asumimos una importante responsabilidad histórica: no podemos fallar, no le podemos fallar a Dios que espera de nosotros, no le podemos fallar a las futuras generaciones que no nos tienen más que a nosotros. “Cristo… ahora nos invita una vez más a ponernos en camino: « Id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo » (Mt 28,19).
    El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos” sigue exhortándonos el Vicario de Cristo. “Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a partir animados por la esperanza « que no defrauda » (Rm 5,5).”

    “Nos acompaña en este camino la Santísima Virgen, a la que hace algunos meses, junto con muchos Obispos llegados a Roma desde todas las partes del mundo, he confiado el tercer milenio. Muchas veces en estos años la he presentado e invocado como « Estrella de la nueva evangelización ». La indico aún como aurora luminosa y guía segura de nuestro camino. « Mujer, he aquí tus hijos », le repito, evocando la voz misma de Jesús (cf. Jn 19,26), y haciéndome voz, ante ella, del cariño filial de toda la Iglesia”.
    El símbolo de la Puerta Santa se cierra a nuestras espaldas, pero para dejar abierta más que nunca la puerta viva que es Cristo.
    “Que Jesús resucitado, el cual nos acompaña en nuestro camino, dejándose reconocer como a los discípulos de Emaús « al partir el pan » (Lc 24,30), nos encuentre vigilantes y preparados para reconocer su rostro y correr hacia nuestros hermanos, para llevarles el gran anuncio: « ¡Hemos visto al Señor! » (Jn 20,25). “
    Y porque hemos visto al Señor, nos aventuramos a vivir intensamente centrados en Jesucristo, en un espíritu comunitario cada vez más auténtico, trabajando con ahínco cada día en la santidad personal, en un clima de profunda oración y con un testimonio palpable de fe y caridad, movidos por la Esperanza en el que está vivo y está entre nosotros, Jesucristo Resucitado.

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