La alegría que brinda la fe

alegria7Llevamos unos días escribiendo de la alegría. Ya sabemos qué es la alegría y qué relación tiene con el amor. Vimos que si queremos conocer la alegría tenía que aumentar nuestro amor, cultivarlo como hacen los enamorados. Pensar cada día qué detalle de cariño vamos a tener con nuestro Amor.

Pero, ¿y la fe?, ¿qué relación tiene la alegría y la fe del cristiano? ¿Podemos hablar de una alegría del creyente? Sí, también la fe es fuente de alegría para el cristiano. Cada verdad de fe que se nos dice en el Evangelio, nos anuncia de algún modo cómo permanece con nosotros el Dios que amamos, y por qué caminos llegamos hasta Él: “esto os lo digo para que yo me alegre en vosotros y vuestra alegría se plena” [Jn 15,11]. Sería suficiente para un cristiana amar estas verdades y vivir en ellas por la fe para, como dice san Pablo, tener un motivo suficiente de estar siempre alegres en el Señor.

La alegría tiene su origen en el amor de dos maneras: una, cuando logramos la posesión de aquello que amamos; y otra, por que la persona que amamos posee aquello que la hace feliz. Esto es típico del amor de desinteresado de una madre o de un amigo por el que se alegran cuando la otra persona amada se encuentra bien aunque no disfruten de su presencia [cfr. Santo Tomás].

Pues bien, ¿acaso no podemos alegrarnos de la alegría divina, de la alegría que siente el Dios que amamos? Claro que sí, si vivimos bien el primer mandamiento, podemos alegrarnos de que Dios es Dios, si le amamos con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas, llega un momento en que experimentaremos una profunda alegría al pensar en la existencia y felicidad de Dios: contemplar el nacimiento eterno del Verbo, Hijo Unigénito del Padre, en el eterno soplo de amor del Espíritu Santo, Amor personificado entre el Padre y el Hijo; y contemplar que Dios es eternamente Padre, Hijo y Espíritu Santo, comunidad perfecta tres Personas, cuya existencia significa un conocimiento y un amor infinitos; y pensar que Dios es todo, Vida, Amor, Verdad, el Ser mismo, la Vida misma, lo absoluto, y clamar en el gloria gozosos por ello: por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te damos gracias, que es como decir, nos llenamos de alegría por ser como eres Dios nuestro, Gracias!

Y más aún si concretamos más al mirar como discípulos a nuestro Maestro y Señor Jesucristo. La alegría del discípulo nace de la certeza de que su Señor está sentado a la diestra de Dios, que ocupa un lugar en la gloria del Padre, y gobierna la historia con el poder de su reinado eterno.

Esta alegría que nace de la fe es un gran acto de desprendimiento personal, el acto más opuesto al egoísmo, porque presupone un gran amor, amor que hace posible una fidelidad de pensamiento y de búsqueda de su rostro que de otro modo no sería posible. Nuestra naturaleza inquieta y tan concentrada en sí misma, en sus luchas y necesidades, en sus miedos e influencias del maligno, y los dolores y tristezas de este mundo que a veces nos cercan tan estrechamente que nos dificulta ver otra cosa, haciéndonos perder la alegría peldaño a peldaño, casi sin darnos cuenta, nos alejan de las palabras del Maestro: “Si me amaraís, os alegraríais…”

Esto fue lo que hicieron los santos, mantenerse inmersos en todo momento en la alegría de Jesús glorificado, no se explica de otro modo esa serenidad en sus vidas, su buen ánimo en todas las situaciones, preocupaciones, disgustos, fracasos, y no obstante nunca les abandonó la alegría: “reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones” [2 Cor 7,4]. ¿Cómo es posible esto? Porque contemplaba la gloria y alegría del Señor, su verdadero hogar se encontraba ya, de algún modo, en el Cielo, donde “está Cristo sentado a la diestra de Dios” [Col 3,1], esta visión resplandece como una certeza de una victoria ya alcanzada.

Dice san Juan que esta fe tiene el poder de vencer al mundo [1 Jn 5,5]. Si amamos a Dios, esta fe es nuestra indestrutible alegría.

 

4 comentarios en “La alegría que brinda la fe

  1. La fe, don sobrenatural, suscita la esperanza auténtica, y de ahí a la alegría, don del Espíritu Santo, hay un pequeñísimo paso. La existencia creyente se acompasa por el fruto espiritual de una alegría, de un gozo, que nadie nos puede arrebatar porque su origen es el Señor que está vivo y actuante, salvando y redimiendo, santificando.

    Muchas pueden ser las dificultades y hasta las persecuciones; grande el pecado que nos abate o que parece triunfar en la mundanidad, pero ni el pesimismo ni la angustia pueden hallar cobijo en el corazón cristiano.

    Ciertamente es una alegría distinta y superior, alejada de la superficialidad de quien está vacío; ni tampoco es el optimismo ingenuo que ignora la verdad y proyecta una realidad desde una febril imaginación. La alegría que brota de Cristo y nos da el Espíritu Santo es realista, serena, pacífica, eficaz.

    La fe nos conduce a la alegría, la fe es alegre, gozosa, y su premio es la bienaventuranza, o sea, la felicidad, la dicha, la sonrisa eterna. Aquí nos encontramos cómo la fe da un tono y una pauta constante a nuestro vivir en cristiano. Vivir la fe -y renovarla- es vivir en la alegría nueva del Señor.

    “La vida cristiana no puede existir sin alegría. Si el desarrollo de la vida cristiana comprende otras notas, otras lecciones, además de la alegría (comprende la cruz, la renuncia, la mortificación, el arrepentimiento, el dolor, el sacrificio, etc.), no está privada de consuelo, de una animación profunda, de un gozo, que no debería nunca faltar, y no falta nunca cuando nuestra alma está en gracia de Dios.

    Cuando Dios está con nosotros, ¿podemos estar tristes? ¿Podemos sentir amargura y desesperación? No: la alegría de Dios debe ser siempre, al menos en el fondo, una prerrogativa del alma.

    Sí, nosotros los cristianos no deberíamos sentirnos más desdichados que los demás por haber aceptado llevar el yugo de Cristo: ese yugo que Él lleva con nosotros y que por ello lo llama “suave y ligero” (Mt 11,30); sino más dichosos, precisamente porque tenemos motivos magníficos y seguros para estarlo. La salvación que Cristo nos ha merecido, y con ella la luz sobre los más arduos problemas de nuestra existencia, nos autoriza a mirarlo todo con optimismo.

    Estamos en mejores condiciones que los ciegos ante la luz evangélica, para mirar el panorama del mundo y de la vida con gozosa admiración y disfrutar de cuanto nos dispensa la existencia, incluso de las pruebas que tanto abundan en ella, con una serenidad consciente y sabia. El cristiano es afortunado. El cristiano sabe encontrar las razones de la bondad de Dios en cada acontecimiento, en cada situación de la historia y de la experiencia; y sabe que “todas las cosas se resuelven bien para aquellos que viven en la benevolencia de Dios” (cf. Rm 8,28). El cristiano debe dar siempre testimonio de una seguridad superior, que permita a los demás entrever de dónde saca esa serena superioridad espiritual: de la alegría de Cristo.

    Hoy, afortunadamente, esta actitud de alegre vigor se va difundiendo entre los cristianos modernos; son más desenvueltos y más alegres que antes; y está bien. Pero con una condición que les preserve de caer en un naturalismo triunfalista, pronto a convertirse en pagano e ilusorio; la condición está en que saque de la fe, y no sólo de las afortunadas contingencias del bienestar temporal, la alegría interior y la serenidad exterior. Cristo es nuestra felicidad”

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