La alegría cristiana

alegria cristiana“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Cuando Dios nos hace esta promesa de de amor, está queriendo brindarnos alegría. ¿Por qué? Pues porque el amor de Dios no es solo presencia sino posesión, su amor –a diferencia de otros amores- incluye la posesión: “si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” [Jn 14,23]. Dios está en aquel que le ama, por el único hecho de ser amado. De algún modo este primer y mayor Mandamiento es una promesa de alegría, alegría que hace posible el cumplimiento de los demás mandamientos.

El amor a Dios es seguido necesariamente por la alegría”, afirma santo Tomás de Aquino. El que ama se alegra por la presencia del Amigo: “el que vive en caridad permanece en Dios y Dios en él” [1 Jn 4,16].

Así lo entendieron los santos: “¿no es la tristeza el peor de nuestros pecados?” [santa Catalina de Siena]; “Un santo triste es un triste santo” [santa Teresa]. Podríamos afirmar que no alegrarse es como el gran pecado del Nuevo Testamento, pues si allí donde está el amor de Dios hay posesión, y también ha de haber alegría; y si no la hay, podría inferirse que es como si no estuviera Dios. Por eso, un santo triste sería algo así como un santo sin amor de Dios, y esto es algo absurdo.

En efecto, un cristiano que no ame a Dios es algo inexcusable, y por lo mismo, un cristiano al que no ofrezca alegría el amor de Dios es que no se ha enterado, que no ha comprendido lo que ese amor le brida. Para un cristiano la alegría debería ser algo natural, porque la alegría es el acto esencial de las más importante virtude del cristianismo: el amor o caridad.

Cristianismo y alegría deberían ser realidades consustanciales: “enseñadles que su única obligación en el mundo es la alegría”, repetía Paul Caludel. Si mi única obligación es el amor, resultará que la alegría es la consecuencia necesaria de mí ser cristiano. Por eso san Pablo podrá exigirme que siempre esté alegre: “alegraos siempre en el Señor, os lo repito: alegraos… El Señor está próximo” [Fil 4,4].

Los pueblos sin Dios son pueblos tristes. Pero el cristiano, aunque tenga mil razones para sentirse mal, tiene siempre por lo menos una razón para estar alegre: Dios está con él: “y vendremos a él y haremos morada en él … Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”… Siempre nos es posible alegrarse en el Señor. Y el poder adorar y rogar, dolernos de nuestros pecados y alegrarnos de su infinita misericordia con nosotros, son otros tantos bienes de nuestra fe que podemos disfrutar.

 

4 comentarios en “La alegría cristiana

  1. No hace mucho empecé a frecuentar una casa del Opus Dei en Palencia. Una de las cosas que más me ha impresionado es la alegría que se respira y se contagia en ella. desde la primera visita, ya fueran miembros, simpatizantes, sacerdotes,…, todos quienes me han recibido en cualquier momento, me han regalado una cálida y sincera sonrisa.
    Este simple gesto me plantea mi alegría cristiana de cada día. Una de las cosas que hay que fortalecer a través de la confianza, la presencia y el abandono en Dios, su amor y su misericordia.
    Así que puede ser un buen lema para esta semana: trabajar la alegría de sentirse cristiano y amado y salvado por Jesucristo.
    Gracias por la entrada y buen comienzo de semana a todos!!

  2. Nuestro corazón es el centro de nuestros deseos y nuestra voluntad (Éxodo 35:5; Deuteronomio 8:2; Romanos 2:5). Además, es de dónde viven nuestros sentimientos (Provervios 14:30; 23:17).

    Esto significa que para amar a Dios con nuestro corazón necesitamos fundamentar nuestros deseos en Su Palabra, rendir nuestra voluntad a la voluntad de Dios y guiar nuestros sentimientos a través de Su verdad. Y ésto no es fácil. Hacer la voluntad de Dios por encima de lo que nosotros nos gusta no siempre trae felicidad – pero siempre traerá gozo. Cuando entendemos que no vivimos para nosotros, lo que nosotros queremos no es lo importante. Después de todo, cuando amamos, nos olvidamos de lo que queremos para agradar a la otra persona.

    Nuestra alma es nuestro “yo” inmaterial – el centro de nuestra personalidad y nuestro carácter (Mateo 10:28; Juan 12:25). Quién tú eres es lo que se conoce como “alma.” Cuando miras a una persona, no estás viendo a la persona – estás viendo en dónde está la persona: su cuerpo. No puedes ver lo que hace a una persona ser esa persona – porque esa parte no es material. Su personalidad, su carácter, su forma de ser – todo esto es el alma y no hay características físicas para describirla. Si toman tu alma y la ponen en el cuerpo de tu amigo o amiga, vas a seguir siendo tú – pero en el cuerpo de tu amigo/a; porque no eres tu cuerpo: ¡eres tu alma!

    Por lo tanto, amamos a Dios con nuestra alma cuando nos dedicamos a Dios de forma que Él moldee nuestro carácter al suyo, para que nuestra personalidad lo refleje en todo lo que digamos y hagamos. Nuestra mente es el centro de nuestra razón y nuestros pensamientos (Romanos 14:5; Filipenses 4:8; Colosenses 3:2). Es el portero de nuestro ser – lo que guarda nuestro corazón y vigila las acciones de nuestra alma.

    La forma de amar a Dios con nuestra mente es sencilla. Amamos a Dios con nuestra mente cuando la exponemos a la verdad: Su Palabra (Juan 17:17) y la persona de Jesús (Juan 14:6; 18:37) ¿Por qué hay que amar a Dios con las tres? El corazón, el alma y la mente trabajan juntos. ¡Es a través de esta integración que amamos a Dios como Él quiere ser amado! ¿Cómo se integran?

    Primero, la mente recibe.
    Por esto es tan importante conocer la Verdad de Dios. Es en la mente donde decidimos qué es lo correcto y qué no. Es en la mente que aceptamos o rechazamos ideas, información y todo lo demás que recibe. Si no tenemos una medida correcta de lo que es verdad, entonces no sabremos reconocer lo que no es verdad. Para poder conocer la mentira, primero hay que conocer la verdad. No se puede saber cuando una línea es curva, sin antes saber cómo es una línea recta.

    Segundo, el corazón cree.
    Una vez nuestra mente acepta algo, el corazón lo cree como cierto – aunque no lo sea. Si nuestra mente no conoce la verdad, nuestro corazón creerá mentiras. Piénsalo. ¿Nunca has creído en algo que no era verdad? Es nuestro corazón el que se duele cuando nos damos cuenta que creíamos en una mentira. Por esto es que la Biblia nos dice que guardemos nuestro corazón. Guardar nuestro corazón no es cerrarlo ante todo – es ser sabios sobre qué entra en él.

    Tercero, el alma vive.
    Cuando nuestro corazón cree, nosotros vivimos según esas creencias. Nuestra personalidad, nuestro carácter y todo nuestro ser tomará decisiones y acciones a base de ello. Cuando la Palabra nos dice que del “corazón mana la vida” es porque, una vez el corazón se convence de algo, el alma lo vive y lo expresa.

    Al estar tan integrados nuestro corazón, alma y mente, es certero decir que: o amamos a Dios con TODO lo que somos – o no amamos a Dios. Para amar a Dios, tenemos que amarlo de la forma que Él quiere ser amado, no como nosotros queramos amarlo. La forma correcta de amar a Dios es con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente – ¡incluyendo todo lo que eso implica!

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