¿Por qué estamos obligados a la alegría?

alegriaSobre todo, tenemos que convencernos de que la alegría es una de las mayores obligaciones del cristiano.

¿Por qué estamos obligados a la alegría?

En primer lugar, es una obligación para con nuestro Creador, pues hemos sido creados para la alegría. Nos ha dado la facultad de alegrarnos, nos ha hecho criaturas alegres, y nuestra alegría debería ser el primer tributo que le debemos. Cuando alguien nos hace un regalo, lo primero que espera –incluso antes que nuestro agradecimiento-, es la alegría en nuestro rostro, es esta alegría lo que le hace sentirse verdaderamente pagado. En la alegría profunda hay siempre sinceridad, y por eso “Dios ama al que da con alegría” (2 Corintios 9,7).

La alegría del cristiano es, también, obligación para con nuestro Dios, porque es la prueba más evidente de su Verdad. Nuestra alegría atestigua por sí misma que nuestro Dios está vivo y que actúa en nuestras vidas… El hombre moderno necesita pruebas para creer, y no existe mejor prueba que la alegría cristiana. En ocasiones puede resultar hasta más convincente que el amor. Porque el amor puede falsear, pero la alegría profunda e inconmovible –ese gaudium cum pace, del que venimos hablando-, no engaña: solo lo verdadero y auténtico tiene el poder de brindar este tipo de alegrías. Y lo que brinda alegría tiene la garantía de lo auténtico.

Decía Nietzsche: “más salvados tendrían que parecer los salvados para hacerme creer en su Salvador”. Y no le faltaba razón, porque esa es la cuestión, esta es la gran prueba, el test del cristiano. Por medio de la alegría, más aún, me atrevería a decir que: sólo a través de ella, los cristianos pareceremos salvados ante el mundo.

Por todo esto, la alegría es, en primer lugar, una obligación para con nuestro Dios.

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6 comentarios en “¿Por qué estamos obligados a la alegría?

  1. Encontrar y conservar la alegría espiritual surge del encuentro con el Señor, que pide que le sigamos, que nos decidamos con determinación, poniendo toda nuestra confianza en Él. No tengamos miedo de arriesgar nuestra vida abriéndola a Jesucristo y su Evangelio; es el camino para tener la paz y la verdadera felicidad dentro de nosotros mismos, es el camino para la verdadera realización de nuestra existencia de hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza.

    La alegría es fruto de la fe, es reconocer cada día su presencia, su amistad: «El Señor está cerca» (Flp 4,5); es volver a poner nuestra confianza en Él, es crecer en su conocimiento y en su amor. Creemos que Él siempre fue fiel a la alianza que ha sellado con nosotros el día de vuestro Bautismo. Que jamás nos abandonará. Dirijamos a menudo nuestra mirada hacia Él. En la cruz entregó su vida porque nos ama. La contemplación de un amor tan grande da a nuestros corazones una esperanza y una alegría que nada puede destruir. Un cristiano nunca puede estar triste porque ha encontrado a Cristo, que ha dado la vida por él.

    La Liturgia en particular, es el lugar por excelencia donde se manifiesta la alegría que la Iglesia recibe del Señor y transmite al mundo. Cada día, en la Eucaristía, los cristianos celebramos el Misterio central de la salvación: la muerte y resurrección de Cristo. Este es un momento fundamental para el camino de cada discípulo del Señor, donde se hace presente su sacrificio de amor; es cuando nos encontramos al Cristo Resucitado, escuchamos su Palabra, nos alimentamos de su Cuerpo y su Sangre. La alegría cristiana nace del saberse amados por un Dios que se ha hecho hombre, que ha dado su vida por nosotros y ha vencido el mal y la muerte; es vivir por amor a Él. Santa Teresita del Niño Jesús, joven carmelita, escribió: «Jesús, mi alegría es amarte a ti» (Poesía 45/7).

    La alegría está íntimamente unida al amor; ambos son frutos inseparables del Espíritu Santo (cf. Ga 5,23). El amor produce alegría, y la alegría es una forma del amor. La Madre Teresa de Calcuta, recordando las palabras de Jesús: «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35), decía: «La alegría es una red de amor para capturar las almas. Dios ama al que da con alegría. Y quien da con alegría da más».

    Pensando en los diferentes ámbitos de nuestra vida, digo que amar significa constancia, fidelidad, tener fe en los compromisos. Y esto, en primer lugar, con las amistades. Nuestros amigos esperan que seamos sinceros, leales, fieles, porque el verdadero amor es perseverante también y sobre todo en las dificultades. Y lo mismo vale para el trabajo, los estudios y los servicios que desempeñamos. La fidelidad y la perseverancia en el bien llevan a la alegría, aunque ésta no sea siempre inmediata.

    Para entrar en la alegría del amor, estamos llamados también a ser generosos, a no conformarnos con dar el mínimo, sino a comprometernos a fondo, con una atención especial por los más necesitados. El mundo necesita hombres y mujeres competentes y generosos, que se pongan al servicio del bien común. Esforcémonos por estudiar con seriedad; cultivar nuestros talentos y ponerlos al servicio del prójimo. Busquemos el modo de contribuir, allí donde estemos, a que la sociedad sea más justa y humana. Que toda nuestra vida esté impulsada por el espíritu de servicio, y no por la búsqueda del poder, del éxito material y del dinero.

    A propósito de generosidad, tengo que mencionar una alegría especial; es la que se siente cuando se responde a la vocación de entregar toda la vida al Señor. No tengamos miedo de la llamada de Cristo a vivir una vocación. Tenemos la certeza de que colma de alegría a los que, dedicándole la vida desde esta perspectiva, responden a su invitación a dejar todo para quedarse con Él y dedicarse con todo el corazón al servicio de los demás. Del mismo modo, es grande la alegría que Él regala al hombre y a la mujer que se donan totalmente el uno al otro en el matrimonio para formar una familia y convertirse en signo del amor de Cristo por su Iglesia.

    Hagamos que crezca en nuestra vida la comunión fraterna. Hay vínculo estrecho entre la comunión y la alegría. No en vano San Pablo escribía su exhortación en plural; es decir, no se dirige a cada uno en singular, sino que afirma: «Alegraos siempre en el Señor» (Flp 4,4). Sólo juntos, viviendo en comunión fraterna, podemos experimentar esta alegría.

    La voluntad de Dios es que nosotros seamos felices. Por ello nos ha dado las indicaciones concretas para nuestro camino: los Mandamientos. Cumpliéndolos encontramos el camino de la vida y de la felicidad. Aunque a primera vista puedan parecer un conjunto de prohibiciones, casi un obstáculo a la libertad, si los meditamos más atentamente a la luz del Mensaje de Cristo, representan un conjunto de reglas de vida esenciales y valiosas que conducen a una existencia feliz, realizada según el proyecto de Dios. Cuántas veces, en cambio, constatamos que construir ignorando a Dios y su voluntad nos lleva a la desilusión, la tristeza y al sentimiento de derrota. La experiencia del pecado como rechazo a seguirle, como ofensa a su amistad, ensombrece nuestro corazón.

    Pero aunque a veces el camino cristiano no es fácil y el compromiso de fidelidad al amor del Señor encuentra obstáculos o registra caídas, Dios, en su misericordia, no nos abandona, sino que nos ofrece siempre la posibilidad de volver a Él, de reconciliarnos con Él, de experimentar la alegría de su amor que perdona y vuelve a acoger.

    Recurramos a menudo al Sacramento de la Penitencia y la Reconciliación! Es el Sacramento de la alegría reencontrada. Pidamos al Espíritu Santo la luz para saber reconocer nuestro pecado y la capacidad de pedir perdón a Dios acercándonos a este Sacramento con constancia, serenidad y confianza. El Señor nos abrirá siempre sus brazos, nos purificará y nos llenará de su alegría: habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte (cf. Lc 15,7).

    Que la Virgen María nos acompañe en este camino. Ella acogió al Señor dentro de sí y lo anunció con un canto de alabanza y alegría, el Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador» (Lc 1,46-47). María respondió plenamente al amor de Dios dedicando a Él su vida en un servicio humilde y total. Es llamada «causa de nuestra alegría» porque nos ha dado a Jesús. Que Ella nos introduzca en aquella alegría que nadie nos podrá quitar.

  2. ¡Hola, blogguero!
    El equipo de Clicheados estuvo viendo tu blog, y ciertamente te recomendamos intentar probar con otro formato de legra… es una recomendación, simplemente, pero ten en cuenta que una fuente un tanto más grande podría hacer más amena la lectura.
    Saludos, y nos estamos leyendo.

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