Pero ¿de qué alegría estamos hablando?

161-alegriaLos cristianos necesitamos de la alegría más que nadie. La tristeza es mala para todos, pero para nosotros es nefasta.

No se trata de una alegría cualquiera. No es esa alegría que se confunde fácilmente con lo placentero. No negaremos que en el hombre se une cierta alegría a toda forma de placer, pero la alegría cristiana bien entendida es algo más que eso, es de otra naturaleza. Mientras el placer es de naturaleza sensorial, la verdadera alegría es de naturaleza espiritual. Mientras que el placer al ser de naturaleza sensorial, tiene su fuente en la sensación; la verdadera alegría procede de una apreciación de la inteligencia.

Todos hemos experimentado ese tipo de alegrías: no son sensibles, ni van acompañadas de placer y que solo vibran en la profundidad de nuestro espíritu: son las alegrías del pensamiento y de la contemplación, de la propia entrega y del sacrificio. De esta alegría es de la que hablamos aquí: de la alegría “cristiana”: del “gaudium cum pace”

La alegría “cristiana” es la más espiritual de las espirituales. Es una alegría profunda, más profunda que el dolor profundo, y sucede que solo habita en esa profundidad.

Esta alegría es capaz de persistir en medio de toda clase de pruebas e, incluso, de sufrimientos. Es una alegría de eternidad que anhela eternidad. Que atestigua la grandeza del hombre y la libertad innata a su naturaleza, pues revela que es capaz de elevarse sobre la momento presente por difícil que esta pueda parecer.

Es la que experimentaron los Apóstoles cada vez que sufrían por el nombre de Jesús [Hech 5,41], la alegría que les daba alas a los primeros discípulos al ser irremediablemente probados.

En definitiva, hablamos de la alegría que nace de la naturaleza de la Encarnación y la Redención, de la alegría que nació con Jesús y que, como su amor, fue más fuerte que la muerte.

4 comentarios en “Pero ¿de qué alegría estamos hablando?

  1. No podemos dar ejemplo ni llamarnos cristianos, si no damos ejemplo al mundo, si no transmitimos una alegría profunda (interior y exterior). El cristiano no puede tener el rostro arisco, no puede tener en su corazón sentimientos intolerantes o pesimistas. Nuestro primer motivo de alegría es la esperanza y la fe en Dios, el amor que nos tiene y el que le demos debe hacer brotar de nuestro corazón una alegría sincera, completa, “de dientes para adentro”.

    La tristeza solo cabe en quien ha perdido la esperanza, en quien ha sido abandonado. Y Dios nunca nos abandona, y estar en comunión con Él en el cielo es una promesa que debe alegrarnos permanentemente.

    El apostolado de la alegría es convincente, porque es un testimonio directo de quien se ha olvidado de sus propios problemas para preocuparse por los demás, y muy especialmente por haber puesto su corazón en Dios.

    Como católicos podemos ser atacados en muchas formas: por nuestra veneración hacia la Santísima Virgen, por el crucifijo que podemos llevar en el pecho, entre otras muchas. Pero algo que nunca nadie puede atacar, una espada cuyo filo es suave, pero ante la cual no hay escudo, es la alegría. Nadie puede reclamarnos el que seamos alegres, nadie nos dirá “¡Incongruente!” si fuimos amables y sonreímos con el pobre hombre que pide dinero en las calles. Nadie nos reclamará por pasar una tarde en un hospital llevándole alegría a los enfermos.

    La alegría es propia de los enamorados. Cuando alguien pasa por ahí canturreando y con una sonrisa en los labios, con un semblante pacífico, pensamos fácilmente “ah, son las cosas del amor”. Pues los católicos tenemos muchas y muy buenas razones para tener esa alegría propia de los enamorados.

    “La alegría es el amor disfrutado; es su primer fruto. Cuanto más grande es el amor, mayor es la alegría (SANTO TOMÁS, Suma Teológica). Dios es amor (1, 4,8) enseña San Juan; un Amor sin medida, un Amor eterno que se nos entrega. Y la santidad es amar, corresponder a esa entrega de Dios al alma. Por eso, el discípulo de Cristo es un hombre, una mujer, alegre, aun en medio de las mayores contrariedades: Y Yo os daré una alegría que nadie os podrá quitar (Juan 16, 22). “Un santo triste es un triste santo” se ha escrito con verdad. Porque la tristeza tiene una íntima relación con la tibieza, con el egoísmo y la soledad. El Señor nos pide el esfuerzo para desechar un gesto adusto o una palabra destemplada para atraer muchas almas hacia Él, con nuestra sonrisa y paz interior, con garbo y buen humor. Si hemos perdido la alegría, la recuperamos con la oración, con la Confesión y el servicio a los demás sin esperar recompensa aquí en la tierra.”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s