Acerca de la “conversión”

The Conversion of Saul, by CaravaggioEn el lenguaje teológico cristiano el término conversión (del latín convertere) expresa un proceso rico y múltiple que va desde la incredulidad a la fe; desde el estado de pecado al de reconciliación; desde el distanciamiento espiritual a un renovado fervor; etc. La historia del cristianismo está llena de ejemplos y relatos de conversión; el que describe san Agustín en sus Confesiones es un clásico.

La conversión significa, ante todo, “dar la espalda” al pecado para volverse de nuevo a Dios. El Evangelio desde el comienzo presenta la lucha contra el pecado como una exigencia indispensable para poder seguir al Maestro. Y, siguiendo la propia enseñanza del Señor, es inseparable de la fe en la misericordia paterna de Dios, y de la decisión de tomar voluntariamente la propia cruz. Supone, pues, un cambio de la mente y del corazón (metanoia), un abandono de las falsas seguridades personales y la aceptación del don divino que invita a seguir y a servir plenamente a Cristo con un amor fiel.

Por eso mismo, si es sincera, la conversión del cristiano como rechazo del pecado se traduce en manifestaciones externas: un cambio de actitudes y comportamientos.

¿Te animas?

Un comentario en “Acerca de la “conversión”

  1. La primera palabra de Cristo en el Evangelio, cuando inicia su ministerio de predicación, es una llamada a la conversión: “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio” (Marcos 1,15; véase Mateo 4,17).

    Llegar a arrepentirse entraña muchas cosas y no equivale simplemente a sentir vergüenza, incomodidad o culpa. El genuino arrepentimiento va siempre de la mano del conocimiento de sí. La Biblia suele describir este proceso en términos de una luz que lleva a la persona a descubrir algo que no veía. Lo descubierto tiene que ver con los actos pasados y la condición presente; tiene que ver con lo que uno es y con quién es Dios; tiene que ver en fin con la humildad, la confianza y la esperanza. No es algo tan sencillo, burdo e inútil como un dedo que acusa y hunde en desesperación. Es un acto bien compuesto, profundamente respetuoso y humano, por el que la persona a la vez se conoce mejor y empieza a ser mejor.

    La palabra conversión alude a un cambio de dirección o de rumbo. El rumbo nuevo brota de una luz nueva, una luz que muestra lo que yo no veía antes.

    Conocerse, pues, es muy importante. Y esto tiene mucho sentido. Si lo único que yo tuviera para conocerme fuera mi razonar, ¿cómo conocería si razono bien? Y si digo que la autoevidencia es la luz que me lleva a razonar bien, ¿cómo sé si hay cosas que son evidentes pero no las he encontrado, cosas que tal vez me muestran que mis anteriores evidencias estaban equivocadas? Y otro tanto de nuestros “sentimientos,” que a veces no son sino prejuicios, o de nuestras apreciaciones. ¿No nos ha pasado muchas veces que las apariencias engañan o que la famosa “primera impresión” que tenemos de alguien luego resulta errada?

    Conocerme es buscar un cielo mejor y una luz que no tengo pero sí requiero. La presente no es una obra para demostrar que Dios existe o que Cristo es el Camino; más bien, sobre la base de esas grandes afirmaciones, que muchos confesamos con gozo y que de muchos modos hemos anunciado también, aquí descubrimos que ninguna luz puede guiarnos mejor que la luz de Cristo.

    Encontrarse de veras con Cristo y llegar a conocerse vienen a ser sinónimos. Además, es muy distinto llegar al conocimiento de sí mismo con la luz de Cristo o sin ella. Como bien anota Santa Catalina de Siena, el solo conocimiento de nosotros fácilmente conduce a la desesperación. Descubrir que en el fondo de mi existencia he sido siempre una egoísta y que todo el mundo es en el fondo egoísta no me libera por sí solo del egoísmo.

    Muy distinto es el desenlace cuando es a la luz de Cristo. No es que mi verdad se atenúe o disfrace, no es que queden maquillados mis errores o escondidas mis incoherencias, sino que todo ello queda integrado en un plan más amplio que finalmente se resuelve en anuncio de conversión, misericordia y obras de vida nueva.

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