Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar con el trabajo

san-jose-y-jesusSeguimos meditando sobre san José. Propongo para hoy este texto de san Josemaría en el taller de José (nn.45-49):

La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía.

Dios nos saca de las tinieblas de nuestra ignorancia, de nuestro caminar incierto entre las incidencias de la historia, y nos llama con voz fuerte, como un día lo hizo con Pedro y con Andrés: (…) seguidme y yo os haré pescadores de hombres, cualquiera que sea el puesto que en el mundo ocupemos.

El que vive de fe puede encontrar la dificultad y la lucha, el dolor y hasta la amargura, pero nunca el desánimo ni la angustia porque sabe que su vida sirve, sabe para qué ha venido a esta tierra. (…) Yo soy la luz del mundo –exclamó Cristo–; el que me sigue no camina a oscuras, sino que poseerá la luz de la vida.

Para merecer esa luz de Dios hace falta amar, tener la humildad de reconocer nuestra necesidad de ser salvados, y decir con Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú guardas palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Si actuamos de verdad así, si dejamos entrar en nuestro corazón la llamada de Dios, podremos repetir también con verdad que no caminamos en tinieblas, pues por encima de nuestras miserias y de nuestros defectos personales, brilla la luz de Dios, como el sol brilla sobre la tempestad.

La fe y la vocación de cristianos afectan a toda nuestra existencia, y no sólo a una parte. Las relaciones con Dios son necesariamente relaciones de entrega, y asumen un sentido de totalidad. La actitud del hombre de fe es mirar la vida, con todas sus dimensiones, desde una perspectiva nueva: la que nos da Dios. (…)

Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en la que habéis nacido y a la que amáis.

El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la tierra. Con él aparecen el esfuerzo, la fatiga, el cansancio: manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra existencia humana actual, y que son signos de la realidad del pecado y de la necesidad de la redención. Pero el trabajo en sí mismo no es una pena, ni una maldición o un castigo: quienes hablan así no han leído bien la Escritura Santa.

Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad.

Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: Procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra. Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora.

Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia, que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara.

Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus promesas. Es justo que se nos diga: ora comáis, ora bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios.

El trabajo profesional es también apostolado, ocasión de entrega a los demás hombres, para revelarles a Cristo y llevarles hacia Dios Padre, consecuencia de la caridad que el Espíritu Santo derrama en las almas. (…)

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4 comentarios en “Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar con el trabajo

  1. Ya llevo varios días haciendo la oración con lo que pone en el blog. Gracias. Cuando una está un poco “sequilla” los argumentos y las palabras se convierten en una verdadera charla-reflexión con Dios y los propósitos salen mas fácilmente.
    Hay unas conocidas palabras del Fundador del Opus Dei que encierran una brevísima y esencial delimitación del concepto de santificación del trabajo, en forma de consejo práctico: «Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo» . Es decir, la actividad de trabajar se hace santa cuando se realiza por un motivo sobrenatural . Pero no ha de entenderse esta afirmación como una especie de «moral de las solas intenciones»; . Es decir, la primacía recae sobre el motivo, sobre el porqué se realiza el trabajo, cuando es seriamente asumido como causa final que, como tal, influye decisivamente en la actividad eficiente y, a través de ésta, en el resultado material y formal del trabajo.
    Por eso, parte esencial de esa obra –la santificación del trabajo ordinario– que Dios nos ha encomendado, es la buena realización del trabajo mismo, la perfección también humana, el buen cumplimiento de todas las obligaciones profesionales y sociales. No es posible, en efecto, que un motivo sobrenatural seriamente asumido no tienda “per se” a un trabajo humanamente perfecto: lo contrario sería una imposible negación del principio según el cual lo sobrenatural es elevación de lo natural, y no algo simplemente yuxtapuesto a la naturaleza.
    El «motivo sobrenatural», como esencia del trabajo santificado, tiende, pues, a la perfección natural de la obra realizada, dentro de las posibilidades y limitaciones de la persona. Un trabajo santificado puede ser humanamente defectuoso, pero sólo tal imperfección no sólo no podrá ser consecuencia de la intención de la persona, ni directa ni indirectamente, sino que será directamente contraria a esa intención. En este contexto, se entiende la importancia cristiana de la formación profesional, como exigencia de la llamada universal a la santidad .
    Si la raíz de la santificación del trabajo está en la intención (en el sentido estricto al que acabo de hacer referencia), es evidente que todo trabajo es santificable : Desde el cultivo de los saberes más abstractos hasta las habilidades artesanas, todo puede y debe conducir a Dios. Porque no hay tarea humana que no sea santificable, motivo para la propia santificación y ocasión para colaborar con Dios en la santificación de los que nos rodean . Ya en el mismo orden natural, la dignidad del trabajo depende no tanto de lo que se hace, cuanto de quien lo ejecuta que, en el caso del hombre, es un ser espiritual, inteligente y libre .
    La dignidad natural del trabajo radica, pues, en la dignidad espiritual de la persona humana, y será mayor o menor en función de la mayor o menor calidad o bondad que ese trabajo tenga en cuanto acción espiritual. Ahora bien, esta calidad o bondad depende esencialmente de la libertad: del amor –no como pasión o sentimiento– sino como amor electivo del fin, en cuanto acto propio de la libertad . Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido. Y puede amar a Dios, que nos abre las puertas del cielo, que nos constituye miembros de su familia que nos autoriza a hablarle también de tú a Tú, cara a cara.
    Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, para él. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor y como la caridad comporta e informa todas la virtudes naturales y sobrenaturales, hacer el trabajo por amor a Dios y a los demás por Dios lleva consigo, de modo más o menos explícito, el ejercicio de todas las virtudes :Todos los actos perfectos de las virtudes cristianas no tienen otro origen que el amor, ni pueden ordenarse otro fin que el amor .El trabajo es santo, se santifica, cuando está imperado e informado por el amor a Dios y a los demás por Dios . Ésta es la sustancia de aquel «motivo sobrenatural» que basta poner al trabajo para santificarlo; y se entiende aún mejor que esa intención tiende per se a la perfección humana del trabajo mismo: No podemos ofrecer al Señor algo que, dentro de las pobres limitaciones humanas, no sea perfecto, sin tacha, efectuado atentamente también en los mínimos detalles: Dios no acepta las chapuzas. No presentaréis nada defectuoso , nos amonesta la Escritura Santa, pues no sería digno de Él (Lev 22,20). Por eso, el trabajo de cada uno, esa labor que ocupa nuestras jornadas y energías, ha de ser una ofrenda digna para el Creador, operatio Dei , trabajo de Dios y para Dios: en una palabra , un quehacer cumplido, impecable .
    Son innumerables las íntimas conexiones teológicas de todo esto: la entera antropología cristiana el ser y vivir hacia el Padre, en Cristo por el Espíritu Santo entrañada en la realidad del trabajo de los hombres, de los hijos de Dios en Cristo: Estando plenamente metido en su trabajo ordinario, entre los demás hombres, sus iguales, atareado, ocupado, en tensión, el cristiano ha de estar al mismo tiempo metido totalmente en Dios, porque es hijo de Dios . Es «en Cristo», Unigénito del Padre, como el cristiano es hijo de Dios, y es realizado en Cristo como su trabajo, no es sólo dominio sobre la creación, sino además realidad santa y santificadora, instrumento de corredención» .

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