San José, mi Padre y Señor

san-jose-y-jesusSan José, mi Padre y Señor, resulta una figura entrañable del Evangelio. En su vida destacan dos aspectos complementarios. Siendo inmenso el valor sobrenatural de su existencia, sin embargo, nunca dejó de ser una vida “sencilla, normal y ordinaria, hecha de años de trabajo siempre igual, de días humanamente monótonos, que se suceden los unos a los otros” (así lo sentía san Josemaría: “Lo he pensado muchas veces (…) y ésta es una de las razones que hace que sienta por él una devoción especial”).

Vamos a dedicar algunas entradas a san José, pero lo que nos interesa es descubrir la persona a través del personaje, trataremos de leer entre líneas para captar y comprender las “lecciones” que Dios nos quiere transmitir a través de su vida sencilla, descubrir esos destellos de misterio divino que esconde su vida.

De entrada -y siguiendo en esto a san Josemaría en su homilía en el taller de José-, podemos destacar tres rasgos de fondo, en los que –a través de la figura de José– está hablándonos Dios:

1) su fortaleza, o mejor, su fuerte personalidad, pues el Patriarca, en su existencia diaria, cara a Dios, “sabe enfrentarse con los problemas, salir adelante en las situaciones difíciles, asumir con responsabilidad e iniciativa las tareas que se le encomiendan“;

2) su castidad –signo de amor verdadero–, y su juventud: “Joven era el corazón y el cuerpo de San José cuando contrajo matrimonio con María, cuando supo del misterio de su Maternidad divina, cuando vivió junto a Ella respetando la integridad que Dios quería legar al mundo, como una señal más de su venida entre las criaturas“;

3) su lealtad con Dios (“supo vivir, tal y como el Señor quería“), manifestada en su fidelidad a la vocación-misión recibida, vocación de hombre corriente, elegido “para obrar cosas grandes“.

Esos rasgos de fondo que brillan en la vida de José, esas cualidades humanas de su vida están sostenidas por el entramado de las virtudes teologales: “Fe, amor, esperanza: estos son los ejes de la vida de San José y los de toda vida cristiana. La entrega de San José aparece tejida de ese entrecruzarse de amor fiel, de fe amorosa, de esperanza confiada“. Para que tú y yo aprendamos que no ha de ser de otro modo en nuestra vida interior, si queremos mantenernos fieles: “Cuando se desea sinceramente vivir de fe, de amor y de esperanza, la renovación de la entrega no es volver a tomar algo que estaba en desuso. Cuando hay fe, amor y esperanza, renovarse es –a pesar de los errores personales, de las caídas, de las debilidades– mantenerse en las manos de Dios: confirmar un camino de fidelidad“.

Vamos tú y yo, en esta Cuaresma, a poner en ejercicio en la existencia ordinaria y corriente, en las circunstancias normales de la jornada estas tres virtudes: la fe, la esperanza y la caridad; sabiendo que en ello radica la esencia de la conducta de un alma cristiana.

2 comentarios en “San José, mi Padre y Señor

  1. Fe, esperanza, caridad, prudencia, justicia, fortaleza y templanza. A ver si hoy el Espíritu Santo me ayuda a explicar al menos una , la primera: la fe.

    Un poeta, Trilussa, que también quiso hablar de la fe, en una de sus poesías ha dicho: “Aquella ancianita ciega que encontré
    la noche que me perdí en medio del bosque,
    me dijo: Si no conoces el camino,
    te acompaño yo que lo conozco.
    Si tienes el valor de seguirme,
    te iré dando voces de vez en cuando hasta el fondo, allí donde hay un ciprés,
    hasta la cima donde hay una cruz. Yo contesté: Puede ser… pero encuentro extraño
    que me pueda guiar quien no ve…
    Entonces la ciega me cogió de la mano
    y suspirando me dijo: ¡Anda!… Era la fe”.

    Nuestra respuesta generosa al Señor es muy importante.
    Como poesía, tiene su gracia. En cuanto teología, es defectuosa. Defectuosa porque cuando se trata de fe, el gran director de escena es Dios; pues Jesús ha dicho: ninguno viene a mí si el Padre mío no lo atrae. San Pablo no tenía la fe; es más, perseguía a los fieles. Dios le espera en el camino de Damasco: “Pablo –le dice– no pienses en encabritarte y dar coces como un caballo desbocado. Yo soy Jesús a quien tú persigues. Tengo mis planes sobre ti. Es necesario que cambies”. Se rindió Pablo; cambió de arriba a abajo la propia vida. Después de algunos años escribirá a los filipenses: “Aquella vez, en el camino de Damasco Dios me aferró; desde entonces no hago sino correr tras El para ver si soy capaz de aferrarle yo también, imitándole y amándole cada vez más”.

    Esto es la fe: rendirse a Dios, pero transformando la propia vida. Cosa no siempre fácil. Ahí está, no hay que decir: Sí, pero; sí, luego. Hay que decir: ¡Señor, sí! ¡Enseguida! Esta es la fe. Responder con generosidad al Señor. Pero, ¿quién dice este sí? El que es humilde y se fía enteramente de Dios”.

    Así es en la fe. No se trata sólo de creer las cosas que Dios ha revelado, sino creerle a Él, que merece nuestra fe, que nos ha amado tanto y ha hecho tanto por amor nuestro.
    Claro que es difícil también aceptar algunas verdades, porque las verdades de la fe son de dos clases: unas, agradables; otras son duras a nuestro espíritu. Por ejemplo, es agradable oír que Dios tiene mucha ternura con nosotros, más ternura aún que la de una madre con sus hijos, como dice Isaías. Qué agradable es esto y qué acorde con nuestro modo de ser.

    Pero hay una dificultad, la Iglesia. San Pablo preguntó: ¿Quién eres, Señor?
    —Soy ese Jesús a quien tú persigues. Una luz, un relámpago le pasó por la inteligencia. Yo no persigo a Jesús, ni siquiera lo conozco; persigo a los cristianos, eso sí. Se ve que Jesús y los cristianos, Jesús y la Iglesia, son una misma cosa: indivisible, inseparable.
    Leamos a San Pablo: Corpus Christi quod est Ecclesia. Cristo e Iglesia son una sola cosa. Cristo es la Cabeza, nosotros, la Iglesia, somos sus miembros. No es posible tener fe y decir creo en Jesús, acepto a Jesús, pero no acepto la Iglesia. Hay que aceptar la Iglesia, tal como es; cuando el Papa, cuando los obispos y los sacerdotes presentan la doctrina, no hacen más que ayudar a Cristo. No es una doctrina nuestra, es la de Cristo, sólo tenemos que custodiarla y presentarla.

    El Papa Juan entre otras cosas, dijo: Esperamos que con el Concilio la Iglesia dé un salto hacia adelante. Todos lo esperábamos. Un salto hacia adelante, pero ¿por qué caminos? Lo dijo enseguida: sobre las verdades ciertas e inmutables. Ni siquiera le pasó por la cabeza al Papa Juan que eran las verdades las que tenían que caminar, ir hacia adelante, y después cambiar, poco a poco. Las verdades son esas; nosotros debemos andar por el camino de estas verdades, entendiéndolas cada vez mejor, poniéndonos al día, presentándolas de forma adecuada a los nuevos tiempos.
    También el Papa Pablo VI, tenía la misma preocupación. Lo primero que hice en cuanto fui Papa, fue entrar en la capilla privada de la Casa Pontificia; en ella, al fondo, el Papa Pablo hizo colocar dos mosaicos, uno de San Pedro y otro de San Pablo: San Pedro muriendo y San Pablo muriendo también. Pero debajo de San Pedro figuran estas palabras de Jesús: Oraré por ti, Pedro, para que no desfallezca tu fe. Y debajo de San Pablo, que está recibiendo el golpe de la espada: He cumplido mi carrera, he conservado la fe. Pablo VI dijo: Después de quince años de pontificado puedo dar gracias al Señor porque he defendido la fe y la he conservado.

    Pidamos tu y yo a S. José, que nos ayude a vivir la fe como él la vivió en todas las circunstancias de su vida. Santa María sonreirá al ver el esfuerzo que hacemos y nos dará la gracia suficiente para vivir la fe y la fidelidad hasta la muerte.

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