“Cuando el bien de todos se convierte en el bien de cada uno, y el bien de cada uno se convierte en el bien de todos.”

Venice,ItalyComunión de los santos. Un motivo para la lucha personal es la consideración del bien que se hace a los demás cuando combatimos, y el mal que también se obra cuando nos dejamos llevar por la tibieza y la desgana. El dogma de la Comunión de los Santos es una extraordinaria ayuda para seguir adelante, también si el camino se vuelve más empinado, pues, si padece un miembro, todos los miembros padecen con él; y, si un miembro es honrado, todos los otros a una se gozan (1 Co 12, 26). De ahí el valor que pueden tener si se ofrecen por los demás: la oración, ofrecer la aridez en el cumplimiento de las normas de piedad, el cansancio, el trabajo, el estudio, las pequeñas incomodidades de cada día, pueden convertirse en ocasión de ayuda para quienes se encuentran en dificultad en cualquier lugar del mundo: «Tendrás más facilidad para cumplir tu deber al pensar en la ayuda que te prestan tus hermanos y en la que dejas de prestarles, si no eres fiel» (Camino, n. 549).

Ésta es la Comunión de los Santos que profesamos en el Credo; el bien de todos se convierte en el bien de cada uno, y el bien de cada uno se convierte en el bien de todos. De una manera misteriosa pero real, con nuestra santidad personal estamos contribuyendo a la vida sobrenatural de todos los miembros de la Iglesia. Todos los días damos mucho y recibimos mucho. Nuestra vida es un intercambio continuo en lo humano y en lo sobrenatural.

Qué alegría da pertenecer a la Iglesia, tener esta visión universal (sí, universal, aunque tu vida transcurra en un pueblecito o en la habitación de un hospital), y como nos ayuda a salir de nosotros mismos y centrarnos en Dios y en los demás.

También será motivo de esperanza la ayuda de quienes nos han precedido en el Reino, especialmente de los santos, pues al entrar «en la alegría» de su Señor, han sido «constituidos sobre lo mucho» (Mt 25, 21).

Madre Nuestra, acudimos hoy a tu su intercesión: ruega por nosotros y por el mundo entero ¡Amén!

Fuente: Para Llegar a Puerto, de F. Fdez. Carvajal

3 comentarios en ““Cuando el bien de todos se convierte en el bien de cada uno, y el bien de cada uno se convierte en el bien de todos.”

  1. Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos el mismo himno de alabanza a nuestro Dios. En efecto, todos los que son de Cristo, que tienen su Espíritu, forman una misma Iglesia y están unidos entre sí en Él. La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales.

    Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad […] No dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra […] Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad.

    «No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida» (Santo Domingo, moribundo, a sus frailes: Relatio iuridica 4; cf. Jordán de Sajonia, Vita 4, 69). “Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra” (Santa Teresa del Niño Jesús)

    No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de fuente y cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios.
    Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios; en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también, ser sus compañeros y sus condiscípulos (Martirio de san Policarpo 17, 3: SC 10bis, 232 (Funk 1, 336)). «La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció sufragios por ellos; “pues es una idea santa y piadosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados” (2 M 12, 46)”» .Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor.

    Todos los hijos de Dios y miembros de una misma familia en Cristo, al unirnos en el amor mutuo y en la misma alabanza a la Santísima Trinidad, estamos respondiendo a la íntima vocación de la Iglesia. Este término designa también la comunión entre las “personas santas” en Cristo que ha “muerto por todos”, de modo que lo que cada uno hace o sufre en y por Cristo da fruto para todos.

    “Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones” (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 30).
    (Fuente : el Catecismo)

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