Ojo con la tibieza, ese sutil y mortal enemigo del afán de santidad

3087__43861eec09275Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. Como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así te anhela mi alma, Dios mío… (Sal 41). El ciervo que busca saciar su sed en la fuente es figura del deseo de quien aspira a seguir al Señor de cerca, de quien aspira a la santidad… Pero tú y yo: ¿queremos sinceramente ser santos?, ¿tenemos deseos de una amistad creciente con el Señor?, ¿queremos acercarnos más a Él a través de nuestras ocupaciones  profesionales, deberes familiares y sociales?

Si has dicho que sí, no olvides que estos deseos de santidad deben traducirse en el deseo de cumplir la voluntad de Dios en todo, aun en lo más pequeño; en la esperanza eficaz de acercar almas al Señor; en una lucha interior sincera, concreta.

El enemigo principal de la santidad no es tanto el pecado, que lo es. Existe otro enemigo peor, por ser más sutil y pasar inadvertido. Es esencial mantenerse alerta para detectarlo con prontitud: la tibieza. Esa enfermedad del alma que afecta a la inteligencia y a la voluntad, y que se puede presentar en cualquier etapa de la vida interior. Es un mal que deja al cristiano con una vida interior triste, pobre, sin fuerza apostólica. La voluntad, a causa de las frecuentes faltas de correspondencia a la gracia y de dejaciones culpables, se debilita. Y la inteligencia -por tantos descuidos en detalles de amor- deja de ver con claridad a Cristo en el horizonte de su vida: aparece como algo lejano.

Si no reaccionamos a tiempo, la vida interior sufre un obscuro cambio: como ya no se tiene por centro a Jesucristo, las prácticas de piedad se van quedando como vacías, sin alma, sin amor. Cuestan más, porque se hacen por rutina, no por amor. El alma se siente débil para luchar; aparece una cierta desesperanza al comprobar el desengaño de tantos esfuerzos por quitar defectos y por superar obstáculos que continúan. Crece el temor a lo desagradable, el sacrificio ya no tiene sentido, se da entrada al pecado venial, quitándole importancia. Falta lucha, y poco a poco se va aceptando un modo de pensar, querer y obrar enfermizo, indiferente, a ras de tierra… Como dice san Josemaría: «Eres tibio, si haces perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor; si buscas con cálculo o ‘cuquería’ el modo de disminuir tus deberes; si no piensas más que en ti y en tu comodidad; si tus conversaciones son ociosas y vanas; si no aborreces el pecado venial; si obras por motivos humanos» (Camino, n. 331).

La tibieza suele empezar suavemente y prosigue como por un plano inclinado descendente. Primero es el descuido habitual de las mortificaciones pequeñas, después el desorden y la rutina en el plan de vida, que ocupa un segundo lugar frente a la importancia desmesurada que se da, por ejemplo, al trabajo profesional. Luego vienen los propósitos incumplidos, la poca vibración apostólica, la frialdad en el trato con Dios y en la caridad, etc… Por último, llegan las compensaciones en faltas de desprendimiento (compras innecesarias), pequeños apegamientos del corazón.

Son todas estas manifestaciones efectos de que se está tratando, quizá solapadamente, de compaginar la santidad con una vida frívola, mundana. Se ha olvidado que es, en la lucha en lo pequeño, donde el alma se fortalece y se dispone para oír las continuas inspiraciones y mociones del Espíritu Santo.

Puede que no existan especiales dificultades cuando hace su aparición la tibieza, pero si existen, se atribuyen a circunstancias externas –falta de tiempo, clima, ambiente–, sin buscar su origen en la raíz verdadera: en que quizá se reza poco, en que se cuenta apenas con los medios sobrenaturales, en que el Señor, en definitiva, no es ya el centro de la vida. Otras cosas han ocupado su lugar.

A veces, se despliega una gran actividad externa en el campo profesional, social o cultural, para escapar del vacío interior; es como si pensara: si no llego a la meta en un campo, tendré que aplicar las energías a otro más asequible. En esos momentos, lo verdaderamente revelador es preguntarse qué se persigue con toda esa actividad: ¿qué busco?, ¿a Dios o a mí mismo? Quizás así, en el fondo de todo, pueda ver con claridad que algo ocupa el puesto en el que antes estaba el Señor.

Si llega este momento, será más necesario que nunca advertir que el Señor siempre «vale la pena», que nada importa si no está Él. Es el momento de rezar más, de ser humilde, de recomenzar, de cuidar con especial esmero la Confesión contrita; de buscar el diálogo personal con el Señor, de recuperar las mortificaciones pequeñas, de pedir luces al Espíritu Santo… Es el momento oportuno de examinar la rectitud de intención, que se mide, sobre todo, por la docilidad con que se reciben y se ponen en práctica las indicaciones o sugerencias que nos dan en la dirección espiritual.

Ha llegado el momento de reaccionar como dice san Josemaría:

“El cristiano es un apasionado del Amor, que se crece ante las dificultades, sabiendo que, al vencerlas, se acerca al objeto de sus amores. «Me alzaré y rodearé la ciudad: por la calles y las plazas buscaré al que amo (Ct 3, 2)… Y no sólo la ciudad: correré de una parte a otra del mundo –por todas las naciones, por todos los pueblos, por senderos y trochas- para alcanzar la paz de mi alma. Y la descubro en las ocupaciones diarias, que no me son estorbo; que son –al contrario– vereda y motivo para amar más y más, y más y más unirme a Dios.

»Y cuando nos acecha –violenta– la tentación del desánimo, de los contrastes, de la lucha, de la tribulación, de una nueva noche en el alma, nos pone el salmista en los labios y en la inteligencia aquellas palabras: con Él estoy en el tiempo de la adversidad (Sal 90, 15). ¿Qué vale, Jesús, ante tu Cruz, la mía; ante tus heridas, mis rasguños? ¿Qué vale, ante tu Amor inmenso, puro e infinito, esta pobrecita pesadumbre que has cargado Tú sobre mis espaldas? Y los corazones vuestros, y el mío, se llenan de una santa avidez, confesándole –con obras– que morimos de Amor (cfr. Ct 5, 8).

»Nace una sed de Dios, un ansia de comprender sus lágrimas; de ver su sonrisa, su rostro… Considero que el mejor modo de expresarlo es volver a repetir, con la Escritura: como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así te anhela mi alma, ¡oh Dios mío! (Sal 41, 2). Y el alma avanza metida en Dios, endiosada: se ha hecho el cristiano viajero sediento, que abre su boca a las aguas de la fuente (cfr. Eclo 26, 15)» (Amigos de Dios, n. 310).

 – ejemplo del alumno, fuera de clase por no hacer nada…

 

 

2 comentarios en “Ojo con la tibieza, ese sutil y mortal enemigo del afán de santidad

  1. Se podría definir la tibieza como: Una carencia del fervor en el amor. Al comenzar se amaba, pero ese amor ha decaído, consiste, pues, en un relajamiento espiritual; frena las energías de la voluntad, inspira horror al esfuerzo y retarda pesadamente los movimientos del vivir cristiano. Se le ha clasificado como una forma de desidia espiritual, de pereza espiritual.
    La tibieza no está en esas almas que, por sorpresa, cometen algunas faltas o imperfecciones y en seguida se humillan y reaccionan; esto es miseria humana, sino más bien estriba en esos estados de indiferencia ante el bien. Tibios son los que pierden toda sensibilidad espiritual y adolecen de posibilidades para reaccionar contra el mal o la imperfección, viviendo en ella con la tranquilidad y gusto con que viven los peces en el agua.

    Muchos autores han comparado la vida espiritual a un río con mucha corriente de agua. Si la persona desea cruzarlo, deberá nadar constantemente, aunque ello le implique esfuerzo y sacrificio. Si se deja de nadar, aunque sea un momento, habrá un retroceso; la corriente lo llevará hacia atrás, quién sabe hasta dónde. Así sucede en la vida espiritual; por la falta de constancia en el amor, en la lucha, en la oración, en el apostolado, se cae fácilmente en la tibieza espiritual.

    A estas situaciones no se llega de improviso. Son muy raros tales casos y en ellos quedan muchas reservas de renovación inmediata. No. Todo ha comenzado imperceptiblemente, sin darle casi importancia, por detalles mínimos, y así, poco a poco, se va llegando a estados que comprometen la misma salvación eterna. Almas que fueron llamadas por Dios a un grado de santidad, a una donación generosa; almas que en un principio se entregaron sin reservas, pero que abandonaron la lucha por la perfección y fueron cayendo, poco a poco, en estados de tibieza y de pecado, hasta formarse un hábito.

    Para salir de un estado de tibieza resulta tremendamente difícil.
    Se me ocurre algo que puede ayudar: hay que emprender el camino auténtico, ahora doblemente difícil. Habrá que desandar por donde se fue entibiando: el camino de las cosas pequeñas, sin esperar las grandes aparatosidades. Camino tremendo, si no fuese Cristo delante.

     La tibieza no tiene otra solución que Dios mismo. Es decir, sólo la gracia de Dios nos hará salir de ella; Dios deberá iluminar la mente del tibi@ hasta darse cuenta de cómo está. La esencia de la tibieza y su gravedad consiste en que el alma se encuentra cómoda consigo misma, no quiera cambiar. “Si todo va estupendamente, ¿Para qué arriesgarse a lo desconocido? ¿Para qué luchar?”. Por eso hay que orar, sacrificarse y motivar pidiendo a Dios abra la inteligencia para comprender que existen estados de vida espiritual más perfectos, más bellos, más hermosos. No podemos perder la esperanza en la misericordia de Dios. Hay que volver a amar como se amó. Intentar redescubrir aquel amor de los inicios, e irle proponiéndose metas nuevas en su vida apostólica, en la vida de oración, en la vida de entrega a los demás…
    Propongamos pequeñas metas para lograr de ese amor, que no ha muerto, un nuevo comienzo, un volver a arder como una llama, incendiando a ese corazón nuevamente. Recordarle con la Sagrada Escritura: “Date cuenta, pues, de dónde has caído, arrepiéntete y vuelve a tu conducta primera.” (Apoc 2,5).

     Al alma tibia es recomendable una vida de oración y de sacramentos más asidua para lograr encontrarse realmente con Dios, y así Dios le pueda quitar esa venda que le impide ver con claridad.

    Termino; las personas tibias necesitan llevar una vida más ordenada, priorizada según una escala de valores cristianos. Se debe volver a educar a esa alma haciéndole ver cómo en la vida hay muchas cosas, pero unas tienen más importancia respecto a otras; esta constatación exige una recuperación de los valores, alterados o cambiados por la tibieza. No tengamos temor a algún tipo de sacrificio, porque uno de los síntomas de la mediocridad lo constituye el horror al sacrificio como son las distracciones, gustos, aunque sean legítimos, para fortalecer la voluntad.

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