«No puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre» (san Agustín)

iglesiaComo cristianos hemos de tener muy en cuenta que no podemos llegar a ser buenos hijos de Dios, si no lo somos también de la Iglesia, porque «no puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre» (san Agustín). Es difícil tener un gran amor a Cristo sin un gran amor a su Cuerpo Místico: la Iglesia: «Tener espíritu católico implica que ha de pesar sobre nuestros hombros la preocupación por toda la Iglesia, no sólo de esta parcela concreta o de aquella otra; y exige que nuestra oración se extienda de norte a sur, de este a oeste, con generosa petición.
»Entenderás así la exclamación –la jaculatoria– de aquel amigo, ante el desamor de tantos hacia nuestra Santa Madre: ¡me duele la Iglesia!»
(san Josemaría en Forja, n. 583).

Este amor a la Iglesia nos lleva a mirarla con ojos de fe, que ven el misterio profundo que en Ella se encierra. Por eso, un buen hijo de la Iglesia no puede escuchar impasible críticas al Papa, a los obispos, sacerdotes o religiosos. Y, si alguna vez se ven culpas y errores en los que debían ser más ejemplares no achacará a la Iglesia las faltas y debilidades de algunos de ellos: «Ojalá no caigas, nunca, en el error de identificar el Cuerpo Místico de Cristo con la determinada actitud, personal o pública, de uno cualquiera de sus miembros.
»Y ojalá no des pie a que gente menos formada caiga en ese error.
»–¡Mira si es importante tu coherencia, tu lealtad!
» (san Josemaría en Surco, n. 356).

Hasta el fin de los tiempos habrá santos y pecadores en la Iglesia; todos pertenecen a ella, aunque de diverso modo (LG 8). Los pecadores pertenecen a la Iglesia por el carácter bautismal (y de la Confirmación), por la fe y la esperanza…, y por el auxilio que les llega por la comunión de los santos:

la Iglesia «sigue viviendo en sus hijos que no poseen ya la gracia. Lucha en ellos contra el mal que los corroe; se esfuerza por retenerlos en su seno, por vivificarlos continuamente al ritmo de su amor. Los conserva como se conserva un tesoro del que no se desprende uno más que cuando se ve obligado a ello. Y no es que quiera cargar con un peso muerto. Tan solo espera que a fuerza de paciencia, de mansedumbre, de perdón, el pecador que no se haya separado totalmente de ella volverá para vivir en plenitud; que la rama adormecida, gracias a la poca savia que en ella quedaba, no será cortada ni arrojada al fuego eterno, sino que tendrá tiempo para volver a florecer» (Teología de la Iglesia, p. 258).

La Iglesia no se olvida ni un solo día –como buena Madre- de pedir por sus hijos enfermos, y les espera con infinita paciencia pues sabe que por el Bautismo, son portadores de una esperanza de reconciliación que ni aun los pecados más graves puede borrar. El pecado que la Iglesia encuentra en su seno no es parte de ella; es la siembra del enemigo contra el que luchará hasta el final de los tiempos, y normalmente por medio del sacramento del Perdón. Sí pertenecen a ella sus hijos manchados por el pecado, pero no sus manchas. Hay que saber distinguir entre la santidad de la Iglesia y los pecados que cometemos sus miembros.

Ama a la Iglesia porque es santa y fuente de santidad en el mundo. Porque nos brinda inagotablemente los medios para encontrar a Dios. Porque es la causa de la existencia de tantos santos a lo largo de los siglos. Porque no hay miseria humana que no haya despertado en la Iglesia vocaciones para remediarla, hasta el heroísmo. Y también porque hay padres y madres de familia que gastan callada y heroicamente su vida, sacando adelante la familia como cumplimiento de la vocación matrimonial que han recibido de Dios; y muchos son también los hombres y mujeres que, en medio del mundo, se han entregado por entero al Señor, en la virginidad o el celibato, santificándose en sus respectivas profesiones y ejerciendo un apostolado eficaz entre sus compañeros.

(El barco y el billete de tercera: llamada universal a la santidad)

La Iglesia es santa por la acción constante en Ella del Espíritu Santo, y no por el comportamiento de los hombres. Por esto, aun en los momentos más graves, «si las claudicaciones superasen numéricamente las valentías, quedaría aún esa realidad mística –clara, innegable, aunque no la percibamos con los sentidos– que es el Cuerpo de Cristo, el mismo Señor Nuestro, la acción del Espíritu Santo, la presencia amorosa del Padre» (san Josemaría en Amar a la Iglesia 47).

Así que ya lo sabes, vete concretando una oración y –alguna que otra mortificación en esta cuaresma- pidiendo por Ella: algún misterio del Rosario, horas de estudio o de trabajo, el dolor, las contrariedades…, y así tendrás siempre presente ese amor de un buen hijo de la Iglesia

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2 comentarios en “«No puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre» (san Agustín)

  1. La Iglesia es nuestra Madre. «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos los discípulos reunidos en el mismo lugar.
    De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban.»
    (Hechos de los Apóstoles 2,1-2)

    Los primeros cristianos, alentados por la fuerza del Espíritu Santo, hablaban con gran valentía de Jesús. Fueron, por todo el mundo anunciando el evangelio, tal y como Jesús se lo mandó. Cuantos creían en la palabra de los Apóstoles se convertían y se bautizaban, haciéndose discípulos de Jesús. La gente, más tarde, empezó a llamarlos cristianos; es decir, seguidores de Cristo.
    También hoy, la Iglesia anuncia el evangelio y celebra los misterios de la fe…Para que los que aún vivimos en este mundo, por la fe y los sacramentos, nos convirtamos en discípulos de Jesús y en él encontremos la salvación y la vida.

    Te damos gracias, Señor
    porque nos ha hecho renacer por el Bautismo
    y ahora somos verdaderamente hijos tuyos.
    Te damos gracias, Padre, por la Iglesia, que es nuestra madre.
    Por ella hemos recibido la fe y podemos caminar a tu encuentro
    unidos como hermanos y formando una sola familia.
    Te damos gracias, Jesús, porque tú nos reúnes y nos guías
    como el pueblo de Dios que hoy peregrina por este mundo
    hasta llegar a la casa del cielo, que es nuestra patria definitiva.
    Te damos gracias, Espíritu Santo, porque tú nos das da la fuerza
    para avanzar superando las dificultades del camino
    y sabemos que nunca nos vas a fallar.

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