Mi pequeño Gran Guerrero

Picture1Ha muerto de cáncer, Andrés Eduardo, un niño de 5º de primaria del colegio. A continuación copio una carta de despedida de un primo suyo:

“Andrés Eduardo, es impresionante ver como has venido a enseñarnos de la vida, desde que tan solo tenías semanas de nacido, viniste a luchar por vivir, y a demostrarnos que todo es posible.

Un héroe, un guerrero, un niño que con su espíritu venció cualquier adversidad en el camino; un angelito en la tierra que vino a unir y a enseñarnos a vivir. Mi pequeño gran guerrero, nos has enseñado a luchar hasta el final, ya que la vida es un milagro y todos los días despertarnos conscientes de ello para realmente apreciarla.

¡Andrew Malandrew*, contigo siempre primo! no existe en la tierra nada que apague tu luz, nada que apacigüe el espíritu de lucha, de alegría y amor con el que nos has alimentado. Son tantas las cosas que quiero decirte, pero se me ahoga el corazón en llanto. Has sido la estrella fugaz de nuestras vidas; el arcoiris que acompaña al sol luego de la lluvia, rápido pero hermoso, corto pero memorable. Un verdadero capitán, un pequeño gran guerrero.

Deposito en mi fe y mi corazón ciegamente, sé que el cielo está de fiesta por tu llegada, y sinceramente los envidio, pero sé que nos estarás esperando con tus ocurrencias y chistes para cuando sea nuestra hora.

Carajito te amo, gracias por haber venido, gracias por haber estado, gracias por tu risa y por todo lo que hiciste en esta tierra. Tu legado es único, y lo que hagamos con él será en tu nombre. Nos hiciste muy felices.

Llegó la hora de correr, saltar y descansar. Sé que lo vas a disfrutar como nadie; solo quiero pedirte un último favor, no te olvides de ninguno de nosotros… Con una brisa, un amanecer o un cielo estrellado es suficiente para saber que estás ahí.

Descansa en paz mi pequeño Gran Guerrero Andrew

Tu primo

* así le llamaban cariñosamente

Un comentario en “Mi pequeño Gran Guerrero

  1. En principio quiero unirme al dolor de la familia, Colegio,
    compañeros y amigos y puedo deciros que “habéis tenido la suerte” de que el tiempo de su enfermedad os ha ofrecido momentos para la reflexión y la oportunidad para decir todas esas cosas que no se habíais dicho todavía. Se os ha ofrecido la posibilidad de retractarse de lo que uno se arrepiente y de concentrar la energía amorosa en los que se van.
    El tiempo repara: permite que cada uno se recupere a su ritmo de la conmoción y el aturdimiento, de la rabia que se siente hacia el destino, sí…, incluso hacia el niño que agoniza. Se necesita tiempo para tratar con Dios y para reaccionar ante las numerosas pérdidas a las que preceden a la separación final. Las pequeñas muertes son la pérdida del hermoso cabello de los niños a los que les administran quimioterapia, a una hospitalización que nos separa de ellos cuando ya no se los puede cuidar en casa, su incapacidad para caminar, o jugar a la pelota, traer amigos a casa, bromear, reír y hacer planes para el futuro. Si esas pérdidas se pueden llorar en el momento en que ocurren, el final, el duelo, es mucho más fácil.
    Y luego llega, naturalmente, el dolor final preparatorio, que es silencioso y va más allá de las palabras; es cuando al fin nos enfrentamos a la realidad de que nunca hará una carrera, no se podrá esperar nietos. Los padres lloran y se entristecen por esas cosas que «nunca pasarán». Por su parte, nuestros pequeños pacientes también se despiden y cada vez tienen menos necesidad de ver gente, para poder abandonar la vida. Cuándo llevarlos a casa y simplemente cuidarlos con cariño hasta que pasen por la transición final que llamamos muerte.
    Muchos de los que han perdido un pequeño con una muerte repentina no han tenido el privilegio de contar con ese tiempo extra. No han tenido que pasar por la angustia y la agonía de un largo y doloroso tratamiento médico; no han tenido que preocuparse por el modo en que esta muerte vaya a afectar a sus hermanos, a los que demasiadas veces se relega a un segundo plano, cuando se mima al niño enfermo con cosas materiales, y todo tipo de desesperados intentos de «disimular», que a veces beneficiarían más a los que sobreviven que al niño enfermo.
    Espero que, al leer estas líneas, no tengáis problemas con los hijos que quedan, les dediquéis tiempo y cariño antes de que sea demasiado tarde. Confío asimismo en que nunca permitiréis que nadie os dé somníferos ni calmantes en momentos como éstos, pues perderíais la oportunidad de experimentar todos vuestros sentimientos, tales como llorar todo lo que necesitéis, para poder vivir otra vez, no sólo por vuestro propio bien, sino también por el de vuestra familia y de los que os rodean.
    Sé por experiencia que las personas a las que se les informa de la muerte repentina de un ser querido se recuperan mejor si pueden exteriorizar su angustia y su pena en un entorno seguro y sin testigos lo antes posible después de la inesperada muerte. Por ello aconsejaría a las unidades de urgencia de los hospitales que habiliten una sala en la que la gente pueda manifestar su dolor, y que lo anime a llorar cuanto quiera y a dar rienda suelta a su angustia y dolor, y para que se libere todo sufrimiento y pueda volver a empezar a vivir.
    Tened presente que Dios nunca manda a sus hijos más de lo que pueden soportar, Esto no quiere decir en absoluto que no tengáis que experimentar el dolor y la angustia, la tristeza y la soledad después de la muerte de un niño, pero también debéis saber que, después de cada invierno, llega la primavera y vuestro dolor dará paso a una gran generosidad, a una mejor comprensión, sabiduría y amor hacia los que padecen, si así lo deseáis. Utilizad esos dones para relacionaros con los demás.
    Para terminar esta carta quiero decir que la investigación sobre la muerte y la vida después de la muerte confirma fuera de toda duda que los que hacen la transición (los que ya no están con nosotros) están más vivos, más rodeados de amor incondicional y belleza de lo que podéis imaginar. No están realmente muertos. Sólo nos han precedido en el camino de la evolución que todos debemos seguir; están con sus antiguos compañeros de juego, o ángeles guardianes; están con miembros de la familia que les precedieron y no os añoran porque no tienen sentimientos negativos. Lo único que permanece en ellos es el conocimiento del amor y el cariño que recibieron y lo que aprendieron durante su vida física.
    En el momento de la muerte vuestros hijos saben que estarán libres y sin trabas en un lugar en el que no hay más dolor, en el que reina la paz y el amor incondicional, un lugar en el que no hay tiempo y desde donde os pueden alcanzar a la velocidad del pensamiento. TENED ESTO PRESENTE y disfrutad de las flores que brotan en primavera tras las heladas de cada invierno, de las nuevas hojas y la vida que se manifiesta a vuestro alrededor.
    Familia, compañeros, amigos, Colegio, a todos mi sentido pésame y desde la distancia, pido al Señor os dé su paz y os envío un fuerte abrazo.

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