Al encuentro con la Cruz (y 3)

cargando-la-cruzTercera y última entrada de esta serie sobre la mortificación en la Cuaresma:

Especial importancia tiene la mortificación interior. Es decir, el control sobre la imaginación y la memoria, con el fin de alejar esos pensamientos y recuerdos inútiles, que impiden la presencia de Dios, y que tantas veces son fuente de tentaciones.

Y es que cuando se cede a esta forma de evasión -quizá en momentos de más cansancio, o de aridez espiritual o como compensación ante los pequeños fracasos de la vida diaria–, se va produciendo un deterioro de la unidad de vida: por un lado, un mundo interior -en el que la vanidad triunfa-, y por otro, la vida real, a veces dura, parca y austera… pero donde únicamente puede realizarse el proyecto de santidad personal.

Un alma que está descontenta de su suerte y dada a refugiarse en esa interioridad irreal y fantástica difícilmente podrá afrontar con realismo y generosidad lo que le pide el Espíritu Santo para crecer. Es muy posible que ni siquiera llegue a oír el susurro de su voz.

¡Cuántas veces ocurre que el corazón se apega a personajes sacados de una novela, de una serie televisiva o de la vida real! Y sin embargo, no se tiene trato alguno con ellos. Y el corazón así sujeto, y quizá manchado, no puede subir hasta el Señor.

Si tú y yo estamos decididos esta cuaresma a purificar nuestro corazón, a mantenerlo en el Señor y en los demás por Él, el Espíritu Santo, dulce Huésped del alma, nos dará más y más gracias. Y de este modo se afianzará en nosotros la alegría, fruto que el Espíritu Santo otorga a quienes le prefieren a Él y saben renunciar a esas compensaciones que tantas veces solo dejan un regusto de tristeza y de soledad.

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Un comentario en “Al encuentro con la Cruz (y 3)

  1. San Pablo en su Epístola a los Colosenses ha escrito unas palabras que no dejarán de sorprender a más de uno: sufro en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo (Col 1, 24). ¿Es que la obra de la Redención no es completa y perfecta? ¿Es que Cristo no ha pagado sobreabundantemente por todos nosotros con su Encarnación, con su vida de trabajo y con su muerte en la Cruz ? ¿Es que no es suficiente tanta solicitud y tanto amor por parte de Dios?
    Amó Dios tanto al mundo que no paró hasta dar a su Hijo Unigénito a fin de que todos los que creen en El no perezcan, sino que vivan la vida eterna (Io 3. 6). La muerte de Jesús es nuestra salvación, un tesoro infinito de gracias que nos están esperando; pero convendrá recordar con San Agustín que Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti; es decir, que en la obra de la Redención, el Señor cuenta con la correspondencia personal. Para salvarse hace falta la gracia de Dios y la cooperación del hombre. Por parte de Dios todo está admirablemente dispuesto para vencer al pecado y alcanzar la vida eterna: todo está cumplido (Io 19, 30), y sin embargo por parte del hombre todavía falta algo: nuestra cooperación personal y libre, nuestra mortificación; eso es lo que falta a la Pasión de Cristo.
    No nos engañemos con razones más o menos convincentes; el Señor en el Calvario nos muestra la senda de la salvación y de la vida. No existe otro camino; si queremos acompañarle habrá que aprender a renunciar con alegría a determinados bienes sensibles, porque la mortificación cristiana no es la simple moderación en el uso de los bienes temporales que nos hace contemplar el mundo y sus riquezas con frialdad e indiferencia, sino una verdadera participación sobrenatural en la Pasión y en la Muerte de Cristo.
    El amor a Jesucristo no es una cuestión de sentimientos. Quiere decirse con esto que para participar en su Pasión no basta tener un corazón sensible que se conmueva al meditar los sufrimientos que padeció por nosotros. Si Dios nos ha concedido la gracia de emocionarnos al considerar tanta generosidad por su parte, debemos agradecerlo, pero no deberíamos caer en el error de considerar que con esa compasión o con esas lágrimas ya hemos hecho bastante y estamos participando verdaderamente en su cruz. «Amor con amor se paga ». Pero la certeza del cariño la da el sacrificio. De modo que ¡ánimo niégate y toma su cruz. Entonces estarás seguro de devolverle amor por Amor (J. Escrivá de Balaguer, Vía Crucis, Madrid, Rialp 1981, V Estación, punto l).
    Para actuar de este modo es preciso mirar las cosas con fe. Solamente la fe nos hace ver que en medio del dolor cabe la alegría. Ha habido santos que sufrieron mucho en esta vida, pero siempre se les veía alegres. La fe nos hace comprender que todo lo que nos ocurre tiene sentido a los ojos de Dios y que nada, absolutamente nada, sucede sin que El lo permita o lo quiera. Por eso, la enfermedad, el dolor en cualquiera de las formas en que pueda presentarse, la contradicción, la muerte misma, para un cristiano, no son más que una muestra del amor que Dios nos tiene y que, de esta manera, nos deja participar de su dulce Cruz y nos bendice con ella, pues como dice Santa Teresa: más se gana en un día con las aflicciones que vienen de Dios o de los hombres, que en diez años de mortificación de elección propia.
    La mortificación no consistirá de ordinario en grandes renuncias, que tampoco son frecuentes. Estará compuesta de pequeños vencimientos: sonreír a quien nos importuna, negar al cuerpo caprichos de bienes superfluos, acostumbramos a escuchar a los demás, hacer rendir el tiempo que Dios pone a nuestra disposición… Y tantos detalles más, insignificantes en apariencia, que surgen sin que Ios busquemos –contrariedades, dificultades, sinsabores–, a lo largo de cada día (J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, Madrid, Rialp 1973, n.º 37).
    Los sufrimientos de la vida no hay que sobrellevarlos de mala manera, sino como algo que nos viene del Señor, que puede servirnos para desagraviarle por nuestros pecados y, además, con el convencimiento de que si se hace así estamos realmente participando de su Pasión . Quizá no nos habíamos percatado de que podemos unir a su sacrificio reparador nuestras pequeñas renuncias: por nuestros pecados, por los pecados de los hombres en todas las épocas, por esa labor malvada de Lucifer que continúa oponiendo a Dios su non serviam! ¿Cómo nos atreveremos a clamar sin hipocresía: Señor, me duelen las ofensas que hieren tu Corazón amabilísimo, si no nos decidimos a privarnos de una nimiedad o a ofrecer un sacrificio minúsculo en alabanza de su Amor? (J. Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, Madrid, Rialp 1977, N.º 140).

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