Al encuentro de la Cruz (2)

cargando-la-cruzSeguimos tratando de la mortificación en Cuaresma:

Tanto la mortificación que hacemos voluntariamente como la que nos viene sin buscarla son –más que privación de algo-, una ocasión de expresar nuestro amor a este Dios nuestro que ha querido redimirnos por medio de la Cruz.

La mortificación es mucho más que la simple moderación, o el deseo de mantener a raya los sentidos y el desequilibrio que producen el desorden y el exceso. Se trata más bien de negarnos algo a nosotros mismo para unirnos así más íntimamente con Cristo en la Cruz.

San Alfonso Mª de Ligorio decía que, así como la llama se aviva al contacto del aire, así el alma se perfecciona al contacto de las tribulaciones». Y es que la vida interior se fortalece con las contradicciones y los obstáculos que la hacen crecer en las virtudes y, sobre todo, en la confianza en Dios. Por eso, el espíritu de sacrificio ha de ser una actitud estable, habitual, en la vida del cristiano. Sin mortificación no hay progreso. Hemos de estar convencidos de su necesidad. El espíritu de mortificación ha de ser una costumbre arraigada, estable en al viada de todo cristiano.

¿Campos importantes dónde vivir la mortificación? Un lugar privilegiado será el trabajo diario: cumplir el deber de modo ejemplar; la intensidad; no aplazar las obligaciones desagradables; lidiar con la pereza que inventa mil evasivas; facilitar su trabajo a quien está en nuestra misma tarea; ofrecer el cansancio con alegría; cuidar las cosas pequeñas; la puntualidad; terminar la cosas bien, evitando las chapuzas; el orden.

Otro campo esencial para la mortificación serán las relaciones con los demás, y en especial, con nuestros seres queridos: esos pequeños servicios que sólo se notan cuando faltan; vencer el mal carácter y los estados de ánimo que generan un comportamiento agrio y molesto; el esfuerzo por sonreír de modo habitual. En definitiva: todo aquello que pueda hacerles más grata las dificultades de esta vida.

Y qué decir de las mortificaciones relativas a la guarda del corazón, de la imaginación y de los sentidos; y todo lo referente a la moderación en las compras; o a la sobriedad en la comida y en la bebida; o a la templanza en el deporte y los juegos; o en la perseverancia de poner «las últimas piedras»…

Por último están las mortificaciones pasivas, todo aquello que el Señor permite y que puede contrariar nuestros gustos, planes o intereses, como son: la enfermedad y el dolor; o en los imprevistos que surgen en la vida familiar, en el trabajo; o en los imponderables que imposibilitan realizar nuestros proyectos o planes para ese día, etc. Se trata en definitiva de aceptar esas contrariedades con paz y alegría, sin quejas.

Para crear este hábito de la mortificación, de la negación a uno mismo, puede ser útil una pequeña lista que incluya algunas mortificaciones en las que se lucha. Se trata de una industria humana muy aconsejable dada nuestra tendencia a olvidarnos de todo aquello que nos contraría, en definitiva: de la Cruz.

Mientras descansa la Sagrada Familia, se aparece el Angel a José, para que huyan a Egipto. María y José toman al Niño y emprenden el camino sin demora. No se rebelan, no se excusan, no esperan a que termine la noche…: di a Nuestra Madre Santa María y a Nuestro Padre y Señor San José que deseamos amar prontamente toda la penitencia pasiva (Surco 999)

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2 comentarios en “Al encuentro de la Cruz (2)

  1. Llevemos a nuestra vida ordinaria el espíritu de mortificación que nos invita a ser generosos con Dios, ofreciéndole esas cosas que la mayoría de las personas pasan por alto sin darse cuenta de que en realidad son un tesoro de mortificaciones inesperadas con el que podemos enriquecernos. ¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día!
    –Piensa, entonces, qué es Io más heroico (Camino, n.º 204). Las impertinencias, un fracaso profesional, la tarde de paseo que se va al traste, la comida fría o mal condimentada, el cambio de horario debido al desorden o a la arbitrariedad de quién sabe quién, nuestro equipo que está a punto de descender de la división de honor, el niño que ha sacado malas notas, la niña mayor que no da más que quebraderos de cabeza, el botón que se desprende en el momento más inoportuno, las gafas que no aparecen, el autobús que no llega y nosotros que llegaremos tarde por su culpa, los propios errores o los de los demás, y tantos y tantos imponderables que nos brindan la ocasión de tener algo que ofrecer con paciencia y alegría, al no desperdiciar esas pequeñas cosas que se ponen delante de nosotros dispuestas a amargarnos el día.

    Es cuestión de empezar y de seguir, que aunque se trate de cosas pequeñas, su valor estará en hacerlas con amor. Hacedlo todo por Amor. –Así no hay cosas pequeñas: todo es grande.– La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo .

    Mucho amor de Dios supone la aceptación incondicional de esas dificultades en las que de alguna manera se manifiesta la divina Voluntad. Recordemos que la prueba de ese amor está en la alegría, en esa alegría que cuando falta hace que se pierda parte del mérito que tienen las buenas obras. Es el mismo Jesús quien nos lo dice: Cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu cara, para que los hombres no conozcan que ayunas, sino únicamente tu Padre que está presente a todo (Mt 6, 9).

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