Algunos presupuestos para una antropología natural

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El matrimonio y la familia se asientan en la naturaleza humana (ya lo vimos aquí, aquí y aquí). Pero además es necesaria una visión del hombre acorde con esta verdad natural. Solo una antropología correcta puede sustentarla. Vistos los errores, veamos los presupuestos.

La persona humana

La persona humana es una unidad de cuerpo y alma. La persona es su cuerpo, pero es un cuerpo animado, es decir dotado de espíritu. Se trata, pues, de un cuerpo personal. Alma y cuerpo son los dos principios de una sola y única realidad: la persona humana. El alma creada directamente por Dios, no es un alma en un cuerpo, sino el alma de este cuerpo concreto, con el que constituye una persona humana concreta, singular e irrepetible. Y es a través del cuerpo como se expresa el lenguaje exclusivo de cada persona: su mirada, su sonrisa, su abrazo, etc., revelan la interioridad de alguien, de una persona concreta. Por ser persona somos imagen de Dios, no solo por el alma, sino también en el cuerpo somos imagen de Dios: por eso somos la cumbre de la Creación.

La persona humana no es simple parte del mundo. Existimos en el mundo, espacio temporalmente, pero no somos del mundo. La persona domina su entorno y el tiempo. El pasado es su biografía y puede disponer del presente y del futuro. Cuando hemos tomado una decisión ponemos el tiempo al servicio de esa decisión. Podemos así conseguir cosas que antes no teníamos. Puede hacerlo incluso con grandes periodos de tiempo. El factor tiempo resulta ser así el ámbito de su realización.

Pero ¿cómo lo logra? (seguiremos…)

2 comentarios en “Algunos presupuestos para una antropología natural

  1. El hombre es un ser de la naturaleza pero, al mismo tiempo, la trasciende. Comparte con los demás seres naturales todo lo que se refiere a su ser material, pero se distingue de ellos porque posee unas dimensiones espirituales que le hacen ser una persona.

    De acuerdo con la experiencia, la doctrina cristiana afirma que en el hombre existe una dualidad de dimensiones, las materiales y las espirituales, en una unidad de ser, porque la persona humana es un único ser compuesto de cuerpo y alma. Además, afirma que el alma espiritual no muere y que está destinada a unirse de nuevo con su cuerpo al fin de los tiempos.

    Esta doctrina se encuentra en la base de toda la vida cristiana, que quedaría completamente desfigurada si se negara la espiritualidad humana.

    A veces se dice que no puede establecerse un orden entre los seres naturales, como si unos fuesen más perfectos que otros, y se añade que, en el fondo, una clasificación de este tipo incurriría en el defecto de ser «antropocéntrica», porque pretendería colocar al hombre, de manera egoísta, en el primer lugar de la naturaleza, justificando un uso indiscriminado de los demás seres.

    Sin embargo, prescindiendo de detalles que sólo interesan a las ciencias y sin intentar justificar cualquier uso de la naturaleza, es evidente que la Iglesia describe una realidad cuando afirma que entre las criaturas existe una jerarquía que culmina en el hombre. «La jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los “seis días”, que va de lo menos perfecto a lo más perfecto. Dios ama todas sus criaturas (cfr. Ps. CXLV, 9), cuida de cada una, incluso de los pajarillos. Pero Jesús dice: Vosotros valéis más que muchos pajarillos (Lc. XII, 6-7), o también: ¡Cuánto más vale un hombre que una oveja! (Matth. XII, 12)»1.

    La Iglesia enseña que la creación material llega a su punto culminante en el hombre: «El hombre es la cumbre de la obra de la creación. El relato inspirado lo expresa distinguiendo netamente la creación del hombre y la de las otras criaturas (cfr. Gen. I, 26)»2.

    La creación material encuentra su sentido en el hombre, única criatura natural que es capaz de conocer y amar a Dios, y, de este modo, conseguir ser feliz. El mundo material hace posible la vida humana, y sirve de cauce para su desarrollo. Por eso, la Iglesia afirma que «Dios creó todo para el hombre (cfr. Conc. Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, 12, 1; 24, 3; 39, 1), pero el hombre fue creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la creación»3.

    El hombre se encuentra por encima del resto de la naturaleza y puede dominarla, aunque debe ejercer ese dominio de acuerdo con los planes de Dios. El Papa Juan Pablo II afirma: «Es algo manifiesto para todos, sin distinción de ideologías sobre la concepción del mundo, que el hombre, aunque pertenece al mundo visible, a la naturaleza, se diferencia de algún modo de esa misma naturaleza. En efecto, el mundo visible existe “para él” y el hombre “ejerce el dominio” sobre el mundo; aun cuando está “condicionado” de varios modos por la naturaleza, la “domina”, gracias a lo que él es, a sus capacidades y facultades de orden espiritual, que lo diferencian del mundo natural. Son precisamente estas facultades las que constituyen al hombre. Sobre este punto, el libro del Génesis es extraordinariamente preciso: definiendo al hombre como “imagen de Dios”, pone en evidencia aquello por lo que el hombre es hombre, aquello por lo que es un ser distinto de todas las demás criaturas del mundo visible.

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