Las personas casadas tienen mayores niveles de felicidad

BN-GG681_marria_G_20150105114312Con gran acierto el Papa Francisco propone revalorizar la familia, descubrir la riqueza de valores que en ella se contienen. En este sentido una reciente investigación (Hellwell y Grover, New York Times, 8/1/15) encontró razones de peso para revalorizarla. Concluye el estudio que las personas casadas tienen mayores niveles de felicidad y satisfacción en sus vidas después de casados que en su etapa de solteros. No se trata solo del primer periodo del matrimonio. Hay beneficios de mediano y largo plazo, persistentes.

Una clave es la amistad entre los cónyuges.

Aquellos que consideran a su cónyuge su mejor amigo, tienen el doble de satisfacción vital como casados, que quienes no lograron construir esa amistad.

Ella es fundamental en etapas como la “crisis de la mediana edad“, cuando las personas tienden a tener una baja en su satisfacción vital porque su carrera y las demandas familiares, hacen subir sus niveles de estrés. Los autores plantean: “los mayores beneficios se dan en ambientes de alto estrés. Las personas casadas pueden manejar mejor la crisis de la mitad de la vida que aquellos que no lo están, porque comparten la amistad y la carga”.

Señalan que las personas tienen la capacidad de aumentar sus niveles de felicidad, encontrando apoyo en relaciones de largo plazo. Los datos dicen  que “llevan a replantear el matrimonio en su conjunto. Probablemente lo que es realmente importante en él es la amistad, y no hay que olvidarse de eso, en las luchas de la vida diaria”.

El estatus social influye en la estabilidad matrimonial

Sin embargo, formar una familia, no depende solo de la voluntad. Una de las más importantes desigualdades en el mundo actual, es que tienen muchas mejores posibilidades de conformarla los que tienen los recursos económicos y buena educación. La tasa de matrimonios y su estabilidad es menor en los estratos pobres. Los extensos sectores de jóvenes desocupados, en la economía informal, o la marginalidad, tienen una “tasa de renuencia” a formar familia más alta porque, entre otros factores, no ven mayores posibilidades de viviendas dignas y trabajos decentes. Los que a pesar de ello, crean familias, deben enfrentar incertidumbres laborales continuas que generan fuertes tensiones intrafamiliares, y una tendencia a la implosión de las familias.

Esta desigualdad “el acceso a formar y mantener una familia” potencia las disparidades en ingresos, activos, y educación, que a su vez, contribuyen a ellas, creando un “círculo perverso”.

Junto al rol que hallaron los investigadores la familia tiene muchos otros intra-valorables. Recientemente el Papa Francisco resaltó: “En ella aprendemos a amar, a perdonar, a ser generosos y abiertos, no cerrados y egoístas, a ir más allá de nuestras propias necesidades para encontrar a los demás y compartir nuestras vidas con ellos”. 

Auntor: kligsberg@aol.com

4 comentarios en “Las personas casadas tienen mayores niveles de felicidad

  1. La guarda de la fidelidad requiere poner en juego una ascética para que se convierta en una realidad. Además de los peligros que se deben evitar, es necesario poner otros medios que son de dos clases: sobrenaturales y naturales. Entre unos y otros se da, sin embargo una relación tan estrecha que, sin identificarse, son inseparables: los sobrenaturales son como el alma que vivifica los naturales y éstos constituyen, a su vez, el espacio y la materia a través de la que se expresa la autenticidad de los sobrenaturales.

    — Como medios naturales para la custodia de la fidelidad matrimonial se recuerdan, entre otros, “el respeto mutuo”, “la comunicación y el diálogo”, “el saber perdonar”, “el cuidado de los pequeños detalles”, etc.

    *El respeto mutuo. La primera exigencia del amor que se manifiesta en la fidelidad es el respeto. Respetar a una persona es valorarla por lo que es. Eso significa que, como la persona humana sólo existe como hombre o como mujer, requisito indispensable de ese respeto es tener en cuenta tanto la igualdad radical (el hombre y la mujer como personas son absolutamente iguales) como su diferenciación también esencial (por su masculinidad y feminidad son totalmente diferentes). Sólo así se les trata de una manera justa, es decir, la que se ajusta a la realidad de lo que son.

    *La comunicación y el diálogo. La diferenciación del ser humano en hombre y mujer está ordenada a la complementariedad y, por eso mismo, al enriquecimiento mutuo. En este sentido, se recuerda una vez más que uno de los fines del matrimonio es la mutua ayuda o bien de los esposos. (No se identifican el bien de los esposos y la mutua ayuda, pero uno y otra se reclaman hasta el punto de que no son separables: la mutua ayuda sólo es tal si se ordena al bien de los esposos y éste solo se alcanza con la ayuda mutua: es la consecuencia necesaria de la “unidad de dos” que son por el matrimonio).

    Esta es la razón de que el diálogo, la comunicación y el intercambio de pareceres sea un componente esencial de la vida de los matrimonios. Y esta es también la razón de que en su trato mutuo los esposos no deban olvidar nunca que la psicología del otro sexo es distinta (en la manera de enfocar las cosas, en la importancia que se da a ciertos detalles, en la manera de valorar los aspectos –más objetivos o más subjetivos— de las cuestiones, etc.). Advertir esa manera de ser distinta, tenerla en cuenta (poniéndose en el lugar del otro) enriquece a la persona y hace atractiva la vida del hogar.

    Es evidente que todo esto supone una seria de actitudes básicas que se pueden resumir, en una cierta manera, en el espíritu de servicio: es decir, en el afán por hacer fácil y agradable la vida a los demás. Eso exigirá, entre otras cosas, proceder de común acuerdo en los asuntos familiares, hablando y exponiendo las razones antes de tomar las decisiones, etc. Llevar esto a la práctica exigirá muchas veces repartir las responsabilidades –todas ellas, sin embargo, compartidas en última instancia— teniendo en cuenta siempre las capacidades y aptitudes de cada uno, en buena medida ligadas a la condición propia del hombre y de la mujer.

    Y un elemento importante de esa comunicación es el tiempo. Los esposos necesitan tiempo para ellos solos. También cuando haya una familia numerosa con hijos pequeños que atender, deben buscar por todos los medios algunos momentos para atender al cónyuge en particular, para conversar sin más, no sólo para tratar asuntos de la vida familiar. Con frecuencia será necesario poner en juego una buena dosis de desprendimiento y de fortaleza para poder hacerlo realidad, pues habrá que superar el cansancio –comprendiendo a la vez que puede ser mutuo–, recortar aficiones, olvidarse de los asuntos de los hijos, profesionales o de otra índole que tienden a ocupar el pensamiento, etc.

    Cuando los hijos se van haciendo mayores y se van independizando, los esposos han de buscar puntos de unión, tareas e ilusiones que compartir. Si no, podría ser que, después de una etapa matrimonial con muchas ocupaciones y cosas en común, llegara un momento en que los esposos no supieran ya qué decirse y entrase el aburrimiento, que tanto enfría la convivencia matrimonial.

    * El saber perdonar. Uno de los mejores índices para medir el amor es el perdón, el rechazo a guardar agravios o a dar vueltas una y otra vez a lo que desune. La mayoría de las veces se tratará de cuestiones intrascendentes, en otras ocasiones los agravios se deberán a valoraciones excesivamente subjetivas… En cualquier caso el saber perdonar connota siempre la calidad del verdadero amor.

    Por eso el examen frecuente –mejor diario— sobre la manera de vivir este aspecto no puede faltar a la hora de valorar la autenticidad del trato conyugal. Cuántas veces se ha sabido pedir perdón; cuántas se ha perdonado a la primera –o mejor, aún se ha adelantado uno a poner cariño antes de que le pidan perdón—; cómo se reacciona ante un desacuerdo del cónyuge –si se sabe ceder en lo intrascendente, si se sabe escuchar—; cuántas veces se ha rectificado una opinión, pues la pretensión de tener siempre la razón o de ser el único capaz de juzgar acertadamente la realidad es pura soberbia: son preguntas que, de una u otra forma, indican la disposición que se tiene y cómo se vive este aspecto del amor.

    Y difícilmente se puede esto tan fundamental si estas preguntas no entran en el examen de conciencia y en la confesión sacramental.

    * El cuidado de los detalles pequeños: el empeño por hacer feliz al cónyuge. El amor –también el de los esposos— necesita renovarse, es decir, hacerse nuevo cada día, de lo contrario corre el riesgo de enfriarse y desaparecer. Lo normal serán los detalles sencillos, pero significativos y necesarios (un par de besos, recordar al cónyuge que se le sigue queriendo, etc.). No son cosas que se deben dar por dar por supuestos ni tampoco como ya adquiridas, como si no necesitaran una renovación permanente o no fuera necesario el esfuerzo por “conquistar” al cónyuge, procurando hacer que la propia relación matrimonial sea siempre interesante.

    Con el correr de los años, cobra una gran importancia en este terreno una caridad que lleva a pensar en lo que satisface al cónyuge más que en las necesidades propias de cariño, venciendo las tentaciones que se pueden presentar: las más comunes son la rutina por parte del varón, y la susceptibilidad por parte de al mujer, debido que esta última suele ser más sensible al cariño manifestado. Hay que tener en cuenta, además, que el marido suele pedir que la mujer exprese con claridad lo que quiere o necesita; por eso sería una actitud equivocada esperar a que él “adivine” lo que pasa a la mujer, y pensar que “ya no le quiere como antes” si no lo hace. Pero también lo sería por parte del marido olvidar ese aspecto de la psicología de la mujer. Parte de ese cariño se debe traducir en detalles materiales, con respecto a lo cual se debe huir de dos extremos: su carencia por un lado, y, por otro, el no acertar a compaginarlo con una vida sobria. (Se debe tener en cuenta que lo que se aprecia de verdad es la “sorpresa” movida por el cariño, no el enfrascarse en un tren de vida de lujo, aunque haya otros que reiteren esas manifestaciones de ostentación. Otras veces esos detalles materiales ostentosos podrían enmascarar el deseo de “comprar” al propio cónyuge).

    —La importancia de los medios sobrenaturales en la custodia de la fidelidad matrimonial se descubre enseguida si se advierte que, por el sacramento, el matrimonio es una verdadera transformación y participación del amor humano en el amor divino y, en consecuencia, sólo con la ayuda de la gracia los esposos serán capaces de construir su existencia matrimonial como una revelación y testimonio visible del amor de Dios. Por ello el recurso a la oración y a los sacramentos es decisivo en la custodia de la fidelidad matrimonial.

    * Es en la oración y meditación frecuente del sacramento recibido donde los esposos contarán con la luz y fuerza del Espíritu Santo para penetrar en la hondura y exigencias de su amor conyugal. El amor sólo puede ser percibido en toda su radicalidad desde su fuente, el Amor de Dios –El Espíritu Santo, el don del Amor de Dios infundido en sus corazones con la celebración del sacramento— cuya luz se hace particularmente intensa en el diálogo propio de la oración.

    * La Eucaristía tiene una significación especial en el crecimiento y custodia de la fidelidad matrimonial. “La esponsalidad del amor de Cristo es máxima en el momento en que, por su entrega corporal de la Cruz, hace a su Iglesia cuerpo suyo, de modo que son ‘una sola carne’. Este misterio se renueva en la Eucaristía”. Por eso los esposos han de encontrar en la Eucaristía la fuerza y el modelo para hacer visible, a través de sus mutuas relaciones, la unidad y fidelidad del misterio del amor de Cristo a su Iglesia del que su matrimonio es un signo y participación.

    * También el sacramento de la Reconciliación tiene su momento específico en la custodia de la fidelidad matrimonial. El perdón de las ofensas es índice claro de la calidad del amor. Ha de estar presente entre los esposos que quieren vivir con sinceridad su amor conyugal. Pero las ofensas que pudieran darse, antes que faltas de amor al propio cónyuge, son primero y sobre todo, ofensas a Dios. Por eso el perdón y la reconciliación con el propio esposo exigen siempre que tenga lugar también el perdón y la reconciliación con Dios. De manera necesaria mediante el sacramento de la Reconciliación en el caso de ofensas graves, y muy conveniente en todas las demás.

    He hablado mas de la fidelidad porque es la causa de la felicidad.

  2. El tiempo pasa para todos. Nadie nos libramos del implacable y lento tic-tac. De repente, uno observa que hay más vida por detrás que por delante. Ese es un momento que conduce a replantearse algunas cosas. Sobre todo cuáles son los logros hasta ese momento, cuáles son los retos que uno asumió y ha sido capaz de llevar a cabo. No cabe duda, que haber cumplido con ciertas expectativas profesionales, haber superado ciertos obstáculos y estar más o menos afianzado, son hechos que consuelan o, al menos, ofrecen haber dado un cierto sentido a una vida. Sin embargo, en mi opinión, haber podido formar una familia y observar que se convive con la misma persona la mayor parte del tiempo transcurrido, genera una de las mayores satisfacciones con respecto al sentido de la vida.
    En esta edad, denominada “de la madurez”, uno intenta sentirse lo más joven y en forma posible. Uno intenta llegar al final del camino,…, lo más sano posible. Y en estas circunstancias, o mejor dicho a estas alturas, se comparte tiempo con personas que han sido independientes porque no querían compromisos, no querían hijos, deseaban viajar, ligar con unos/as u otros/as, deseaban libertad de movimiento y comportamiento. Quizá hace años, cuando eramos más jóvenes, podía ser una situación, por qué no decirlo, en algún momento, envidiable. Pero ahora mismo, creo realmente que no hay nada que envidiar. Es más, genera cierta tristeza ver que personas muy valiosas, pero que no se han querido comprometer en formar una familia, empiezan a ser los últimos de los bares y las fiestas, los que no tienen dónde ir porque nadie les espera, los que persiguen en la banalidad de las cosas, en las noches efímeras, agarrarse al tiempo y a la alegría volátil y espuria, porque en ese camino, lo que queda al final es la desinflada vanidad y una soledad triste, continua y pesada. Es muy posible que este camino sea el resultado de elegir una vida sin sacrificio, basada en el éxito puramente personal. De modo, que mirando hacia atrás, entiendo que la vida fundamentada en la raíz cristiana, sea en pareja humana o espiritual, como implica un sacrificio y continuo estado de gratitud permanente, conforma auténtico valor al tiempo vivido y permite soportar los baches terrenales con esperanza e ilusión de futuro. Quizá por eso la familia es tan importante, ya que representa un refugio, pero también un futuro para todos. La familia tradicional, aunque algunos no les guste, es de la que descendemos todos, es la razón de nuestra vida y la que promete un esperanzado porvenir al ser humano. Reírse, mofarse de ella, despreciarla, violentarla es lo mismo que atentar contra el sistema de pensiones, la educación o la sanidad pública en el sistema del bienestar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s