La falta de fe de los contrayentes puede ser, a veces, causa de nulidad del matrimonio en la Iglesia

El pasado 23 de enero, el Papa aprovechó el discurso de inauguración del año judicial del Tribunal de la Rota Romana para reflexionar sobre el contexto humano y cultural en el que se forma la intención matrimonial. Planteó como la falta de fe en un ambiente secularizado puede afectar a la “intención matrimonial”.

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Nos servimos de este comentario de Aceprensa sobre la Validez del consentimiento:

En su discurso al Tribunal de la Rota Romana con motivo del comienzo del año judicial, Francisco advirtió que en la sociedad actual –marcada por el relativismo y la provisionalidad– puede ser más frecuente que los cónyuges se casen sin la intención de hacer lo que hace la Iglesia. “El abandono de una perspectiva de fe lleva inexorablemente a una falsa comprensión del matrimonio, que acaba teniendo consecuencias en la maduración de la voluntad nupcial”.

Se trata de una cuestión que ya planteó Benedicto XVI en 2013, cuando pidió a los jueces de la Rota que estudiasen si la falta de fe de los contrayentes puede ser a veces una causa de nulidad del matrimonio en la Iglesia (cfr. Aceprensa). Francisco retoma esta cuestión: La experiencia pastoral nos enseña que hoy existe un gran número de fieles en situaciones irregulares, en cuyas historias ha tenido gran influencia la mentalidad mundana”.

Por eso subraya que, “al considerar la validez del consentimiento expresado, el juez debe tener en cuenta el contexto de valores y de fe –de la carencia o ausencia– en que la intención matrimonial se ha formado. De hecho, el desconocimiento de los contenidos de la fe podría llevar a aquello que el Código llama error determinante de la voluntad (cfr. can. 1099)”.

El error al que se refiere el canon citado por el Papa no es el simple error que se da en el ámbito del entendimiento, sino el que incide sobre el acto concreto de la prestación del consentimiento, determinando la voluntad.

Dice el canon 1099: “El error acerca de la unidad, de la indisolubilidad o de la dignidad sacramental del matrimonio, con tal que no determine a la voluntad, no vicia el consentimiento”. En sentido contrario: sí lo vicia cuando lleva al contrayente a querer un matrimonio privado de unidad, indisolubilidad y sacramentalidad.

Francisco cree que este vicio del consentimiento “ya no es tan excepcional como en el pasado”, debido a que en algunos ambientes “prevalece el pensamiento mundano sobre el magisterio de la Iglesia”.

Concretamente, previene contra la visión que reduce el matrimonio al nivel de la “gratificación afectiva” (cfr.Evangelli gaudium, núm. 66). Lo que hace más difícil comprender la seriedad del compromiso que asumen los esposos, llamados a una unión de vida total. El Papa advierte contra la visión que reduce el matrimonio al nivel de la afectividad, lo que hace más difícil comprender la seriedad del compromiso que asumen los esposos

Esta parte del discurso pasó desapercibida en muchas informaciones periodísticas. En cambio, la mayoría destacaron la exhortación que el Papa hizo a los jueces a “no cerrar la salvación de las personas dentro de las constricciones del legalismo”, así como su deseo de que todos los procesos matrimoniales lleguen a ser gratuitos.

Un comentario en “La falta de fe de los contrayentes puede ser, a veces, causa de nulidad del matrimonio en la Iglesia

  1. He buscado otras fuentes que también nos aclaran el tema.

    Benedicto XVI poco antes de concluir su mandato, en su alocución anual a la Rota Romana, y en el contexto del Año de la Fe, habló de la falta de fe como motivo de nulidad matrimonial. ¿Sería una nueva causa de nulidad, como han transmitido algunos medios? O algo relacionado directamente al momento de dar el ‘sí’. Aquí se plantean una serie de matices que el reverendo Miguel Angel Ortiz, profesor de derecho matrimonial y juez en el tribunal de apelación del Vicariato de Roma, nos explica en esta entrevista.

    ¿Por qué para la nulidad de matrimonio hay siempre dos instancias judiciales?

    –Prof. Ortiz: Porque el matrimonio goza del favor del derecho: se presume que alguien que se casa lo hizo de verdad. Ya que el matrimonio es algo tan natural (la institucionalización de la vocación más radical del hombre, la vocación al don de sí), para que pueda concluirse que quien celebró el matrimonio no quiso o no pudo hacerlo, se requiere una prueba fuerte. Por ese motivo, para que las personas puedan volver a casarse, es preciso que haya dos tribunales que coinciden en considerarlo nulo. Normalmente los procesos se resuelven en el mismo país en que se celebró el matrimonio. Si las dos sentencias no son conformes (o si uno de los cónyuges lo pide expresamente), ordinariamente se acude al tribunal de la Rota Romana.

    Alguien dijo que el problema de nulidades fáciles a veces era más de los abogados que de los jueces

    –Prof. Ortiz: En realidad el abogado asesora, no sería necesario acudir a un abogado, pero hay una complejidad técnica que hace que la persona necesite un asesoramiento. Claro, el abogado tiene que ser honrado y no puede falsear: también él está comprometido con la causa de la verdad. Además, el juez cuenta con pruebas (testigos, pericias, documentos) que le ayudan a alcanzar la certeza moral sobre si la petición de nulidad está fundada o no.

    ¿Lo que se plantea es si hubo impedimento o un vicio del consentimiento en el momento del matrimonio?

    –Prof. Ortiz: Por eso las sentencias de nulidad son declarativas y no constitutivas. El juez no dice de quién es la culpa del fracaso del matrimonio, sino más bien si en el origen del mismo, cuando se casaron, de algún modo no hubo matrimonio. El juez declara que a pesar de la apariencia (la celebración) en realidad no hubo matrimonio, esto es, que a pesar de que alguien dijo que quería casarse, o bien no quiso o no pudo hacerlo, o bien se dio un vicio de forma o un impedimento.

    Muchas cosas son subjetivas y dependen de lo que la persona declara ¡pero la persona puede engañar!

    –Prof. Ortiz: Puede pretender engañar, puede también engañarse a sí mismo: incluso pensando que es sincero puede verse traicionado por la memoria, o condicionado por el trauma que supone el fracaso matrimonial. En el pasado se consideraba que el juez no podía tomar en cuenta lo que decían las partes porque se presumía que siempre mienten a su favor.

    Benedicto XVI levantó el problema de que la falta de fe daña el matrimonio ¿y podría ser causa de nulidad?

    –Prof. Ortiz: Todos los años el papa hace su alocución a la Rota. Esta vez, en el año de la Fe, quiso aprovechar para poner de manifiesto la relación entre matrimonio y fe. Benedicto XVI parte de una premisa que está en la base de los discursos de Juan Pablo II en 2001 y en 2003, en los que trató de la relación entre matrimonio natural y matrimonio sacramental. No hay dos matrimonios (civil y religioso), sino uno solo, la unión del hombre y de la mujer que forman una sola carne y que Juan Pablo II había denominado en una catequesis anterior sacramento primordial, de donde se puede concluir que todo matrimonio tiene una naturaleza sagrada.

    ¿La Fe cómo incide?

    –Prof. Ortiz: Benedicto XVI subraya la raíz común de la fe (fides) y la alianza (foedus) matrimonial natural, y aún con la fidelidad (fidelitas) matrimonial. Eso quiere decir que la fe sostiene y refuerza la fidelidad conyugal. Juan Pablo II, en la exhortación Familiaris Consortio de 1981 había dicho también que toda decisión de casarse “naturalmente” (en “un amor indisoluble y en una fidelidad incondicional”) obedece siempre a la acción de la gracia, aunque los cónyuges no sean plenamente conscientes. Si tienen esa intención de “hacer lo que hace la Iglesia”, el consentimiento es suficiente.

    ¿Fe y consentimiento?

    –Prof. Ortiz: A propósito de la incidencia de la fe en la validez del matrimonio, Benedicto XVI cita unas proposiciones de la Comisión Teológica Internacional del año 1977, en la cuales se dice que aunque la fe personal no es necesaria para casarse, cuando faltara una disposición para creer (para dejar obrar a la gracia) habría que plantearse si no falta la misma disposición de casarse.

    Por otro lado, en la Familiaris Consortio, Juan Pablo II señala de qué manera la falta de fe puede influir en la validez del matrimonio: si los cónyuges rechazan de manera explícita y formal “lo que la Iglesia realiza cuando celebra el matrimonio de los bautizados” (la unión fiel, indisoluble y abierta a la vida), el consentimiento sería sólo aparentemente matrimonial, y el matrimonio inválido.

    ¿O sea no por la fe sino por la exclusión de las condiciones inherentes al matrimonio?

    –Prof. Ortiz: En efecto, unos años antes Juan Pablo II había dicho, en otro discurso a la Rota, que la falta de fe podía anular el matrimonio “sólo si niega su validez en el plano natural, en el que se sitúa el mismo signo sacramental”. En la jurisprudencia es relativamente frecuente encontrar decisiones que consideran válido el matrimonio de quien no deseaba el sacramento, e incluso había accedido a casarse por la Iglesia para hacer un favor al otro cónyuge, siempre que la falta de fe no se hubiera traducido en un rechazo (una exclusión) del matrimonio mismo o de una propiedad o elemento esencial del mismo.

    ¿O sea que lo que entra en juego es lo que se quiso en el momento mismo del ‘sí’ del matrimonio, y no la fe veinte años después?

    –Prof. Ortiz: Ciertamente, la validez o nulidad del matrimonio debe hacer referencia siempre a la existencia de un verdadero consentimiento en el momento de casarse, no al devenir de la vida matrimonial. Por ejemplo, ¿los malos tratos son causa de nulidad? En sí mismos no, pero claro que es diferente si el maltrato se produce muchos años después del matrimonio o al poco de casarse, en la medida en que esta actitud puede manifestar una anomalía psíquica o una exclusión, o sea ‘no quise casarme, quise tener una sierva’. Es decir, el maltrato en sí no es motivo de nulidad pero puede ser indicio de un vicio presente en el momento de la boda. Lo que sucede veinte años después es relevante en la medida que arroja luz sobre la voluntad que existió en el momento de casarse. Del mismo modo, como dije, la falta de fe puede ser relevante si comportó la exclusión de las dimensiones naturales, como la indisolubilidad, la fidelidad.

    ¿Lo que las Sagradas Escrituras dicen es tan claro como la fórmula de la Iglesia, ‘hasta que muerte les separe’?

    –Prof. Ortiz: Lo que dice el Nuevo Testamento es ‘Lo que ha unido Dios el hombre no lo separe’. Desde luego, la posibilidad de disolver matrimonios en casos especiales (en favor de la fe y en el caso de no consumación) se entiende en el contexto de la praxis de la Iglesia y del modo cómo el romano pontífice ejerce su potestad. Precisamente en ese contexto, la afirmación de Juan Pablo II del año 2000 no deja lugar a equívocos, pues no sólo recordó la doctrina en vigor (el matrimonio rato y consumado no se puede disolver), sino que añadió que esa doctrina hay que entenderla como infalible: “se ha de considerar definitiva, aunque no haya sido declarada de forma solemne mediante un acto de definición que es como decir ni yo ni mis sucesores podemos cambiarla.

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