De la Misa sale todo

en-la-iglesia-de-la-clerecía-salamanca-spain+1152_13426376891-tpfil02aw-25750Hace años, durante mi estancia en Salamanca, entré en la Iglesia de la Clerecía. Alguien estaba mostrando la iglesia a unos turistas y presté atención a su explicación. Hizo que observáramos la arquitectura de la iglesia, las pinturas que decoraban sus paredes, el impresionante órgano y la música que emitía, las esculturas y relieves que la adornaban, la belleza del retablo y de los ornamentos sagrados, etc… Después se paró y preguntó a todos: “¿Saben de dónde ha salido todo esto que les he mostrado?” Quedamos en silencio y entonces él, con un inesperado movimiento se volvió y miró con fuerza a un Crucifijo que se encontraba justo detrás de él, y señalando su costado abierto, dijo con emoción: “De ahí…” Después siguiendo el gesto de la mano extendida, la redirigió hacia el altar, y volvió a repetir: “De ahí”; y añadió: “de la Misa que se celebra en el altar cada día, hasta el fin del mundo”.

Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad (san Josemaría ECP, n. 102). Por eso, podemos afirmar que de la Eucaristía, nacen para la Iglesia y para la humanidad todas las gracias.

Este es el sacrificio que profetizó Malaquías: desde la salida del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes; y en todo lugar se ofrece a mi nombre un sacrificio humeante y una oblación pura (Mal 1,11).

Efectivamente, fue en la Última Cena, cuando Jesús anticipa sacramentalmente el sacrificio de la Cruz e instituye la Eucaristía: Haced esto en memoria mía (Lc 22,19). A partir de ese momento, en cada Santa Misa se renueva y perpetúa incruentamente el único sacrificio de Cristo en el Calvario. Cristo se vuelve a ofrecer por ti (Forja, n. 831).

La Santa Misa nos ofrece la posibilidad de unirnos diariamente al ofrecimiento del sacrificio de la Cruz, fuente de nuestra Redención. Por eso, se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano (ECP, n. 87).

Propósitos: Dedicarle el mejor momento: siempre que sea posible, a primera hora del día. Cuidar muy bien el tiempo de la noche y el rato de oración previo a la Misa. Ayudarse del misal para seguir mejor las lecturas y oraciones. Meditar con frecuencia los textos fijos de la liturgia. Procurar hacer del día entero una Misa. Realizar un profundo apostolado de la Misa; acercar a otros a la confesión y a la Eucaristía.

Ponemos en tus manos, Madre nuestra, estos deseos y propósitos de hoy.

2 comentarios en “De la Misa sale todo

  1. La contemplación del amor que Cristo nos manifiesta en la Eucaristía y, sobre todo, la identificación con Él —por la fe, la gracia cristoconformante del sacramento y la acción del Paráclito en el alma— no puede dejar indiferente ni pasivo a ningún cristiano que participa en el Sacrificio Eucarístico. «Corresponder a tanto amor —afirma san Josemaría— exige de nosotros una total entrega, del cuerpo y del alma»37. Exige que nos entreguemos como Él: por amor, con una donación total, incondicionada, humilde, escondida, perseverante.

    Lo que espera Dios de nosotros en cada celebración eucarística es que nos sepamos adherir plenamente a las palabras de Jesucristo: tomad y comed… esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros; tomad y bebed… éste es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. El mandato del Señor, haced esto (lo que Yo he hecho) en conmemoración mía, exige no sólo que el sacerdote celebrante repita sus palabras y gestos; Él desea que todos acojamos con fe y amor el don que nos ofrece y, unidos a Él, sepamos entregarnos al Padre, en el Espíritu, por la salvación del mundo.

    Todos los fieles —todo el Pueblo de Dios sacerdotal y no sólo el sacerdote celebrante— están llamados a vivir de este modo la Eucaristía, es decir, a actualizar su entrega al Señor en el momento de la consagración de los dones, en que con la presencia de la Persona de Cristo se actualiza su acto de oferta sacrificial, y en el momento de la comunión, cuando llegamos a ser una sola cosa con la Víctima divina. En efecto, aunque sólo el ministro sacramentalmente ordenado —obispo o presbítero— está habilitado para actuar el Sacrificio eucarístico in persona Christi, la celebración eucarística afecta y compromete a cada uno de los fieles presentes, los cuales en virtud de su sacerdocio común (es decir de su participación en el sacerdocio de Cristo, recibida en el bautismo) están llamados a ofrecer al Padre un culto espiritual, el sacrificio de sus vidas, unidas al Sacrificio de Cristo. Los fieles no pueden permanecer como simples espectadores de un acto de culto realizado por el sacerdote celebrante. Todos pueden y deben participar en la oferta del Sacrificio.

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