Corrección fraterna

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No estamos solos en el camino a la santidad. Cada uno de nosotros es a la vez oveja y pastor. Por eso el Señor nos dice: Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él (Mt 18, 15). Y el Catecismo puntualiza: “La caridad (…) exige la práctica del bien y la corrección fraterna” (CCE, n. 1829). Y es que, el ejercicio de la corrección fraterna es la mejor manera de ayudar, después de la oración y del buen ejemplo (Forja, n. 641).

  • San Josemaría enseñaba a los suyos a ser buenos pastores, los unos de los otros, y a practicar entre ellos la entrañable costumbre de la corrección fraterna: para que nadie se sienta solo, ni desatendido, ni desorientado, ni herido por la zarpa amarga de la indiferencia. Le aterra pensar que en el Opus Dei pueda existir alguna vez el hielo de la indiferencia: -La indiferencia no comprende: exige y juzga, pero no corrige. El cariño, en cambio, comprende y exige, corrigiendo. En casa, todos tenemos derecho a esa ayuda de que nos corrijan con cariño. El mismo pide -para sorpresa de la Santa Sede, que no acostumbra a hacerlo para los Fundadores- tener dos custodes que le corrijan y orienten tanto en lo espiritual (dignior) y en lo material…

Para los que tienen el compromiso de cuidar a los demás la responsabilidad es aún mayor: Si el centinela ve llegar la espada, pero no toca la trompeta y la gente no lo atiende; si llega la espada y hiere a alguno de ellos, éste perecerá por su culpa, pero reclamaré su sangre de mano del centinela (Ez 33, 6).

  • Un día ve que uno de los mayores de la Obra va vestido de modo inadecuado, con atuendos demasiado juveniles que, a su edad, resultan estrafalarios. Pregunta si suele vestir así siempre. Y entonces, llamando a otro hijo suyo, le dice: -Tenéis que estar en las cosas de Dios, en las cosas de la Obra y en las cosas de vuestros hermanos… El día que viváis como extraños o indiferentes, ¡habréis matado el Opus Dei! Busca la ocasión oportuna, habla con ese hermano tuyo, y, con todo cariño pero con toda claridad, le haces sobre ese punto la corrección fraterna. (P. Urbano, El hombre de Villa Tevere, 216)

Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos (Mt 7,12). El bien más importante que queremos para nosotros y los demás es la santidad. El deseo de ayudar a los demás está unido al deseo de que nos ayuden a nosotros.

  • Por eso la corrección ha de ser “fraterna”: evitar la crítica, la murmuración, el poner en evidencia, sin malos modos o enfadado, etc. La verdadera corrección fraterna nace de la caridad, y del deseo de ayudar a nuestro prójimo a alcanzar la santidad. Nunca se realiza en un momento de ira. Se corrige entonces de tal modo, que el hermano siente, a la vez que la punzada de la verdad, el bálsamo del cariño. Va siempre acompañada de oración y sacrificios en favor de la persona corregida, y, en la mayor parte de las ocasiones, surge a la luz de una sonrisa.

Ojo con la tentación del individualismo. Hemos de pensar sí realmente necesitamos de los demás en nuestra vida interior: de su oración, de su mortificación y de su corrección fraterna, o preferimos ir por libre: Ayudaos unos a otros a perseverar y a ser santos. Solos, somos débiles; todos unidos, fuertes. Yo os necesito: cada uno de vosotros es mi fortaleza (san Josemaría). Por eso agradecer de corazón y aprovechar sinceramente las correcciones fraternas que nos hagan:

  • Cuenta Mons Javier Echeverría que cuando “eran mis primeros años en esa ciudad (Roma), y quizá por mi juventud, cerraba las puertas con poco cuidado, con menos suavidad de los que debe ser normal. Poco tiempo pasó hasta que el Padre con claridad y con un inmenso cariño, me dijo: “Si te esfuerzas en decir un jaculatoria cada vez que cierras una puerta, no darás esos golpes, no se estropearán los materiales y (añadió sonriendo) los demás viviremos con más paz. Pon amor también en eso, que es caridad con Dios y con los que viven contigo”.

La corrección fraterna es una manifestación del amor que tenemos a Dios, que se expresa en el cuidado y cariño con los demás: El que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve (1 Jn 4, 20). 

  • Verano de 1948 en Molinoviejo. Cuentan nuestras hermanas que un día había caído agua en el suelo, la habían pisado y tanto el Office, como la cocina estaban encharcados y sucios. Pasó san Josemaría y le dio mucha pena: les explicó que aquel modo de trabajar desagradaba al Señor. Y para compensar aquel descuido y darles una lección imborrable, se arrodilló con cariño y, con la lengua, hizo una cruz en la parte del suelo más salpicada y sucia. Sirvió para moverles al arrepentimiento y para que en lo sucesivo cuidaran  más la perfección humana de las tareas, para que el trabajo estuviera cuajado de jaculatorias, de actos de amor a Dios y de reparación.

En el momento de la corrección fraterna eres instrumento del amor que Dios tiene a nuestros hermanos que, siendo siempre comprensivo y delicado, es también exigente: porque Dios os trata como a hijos, ¿y qué hijo hay a quien su padre no corrija? Si se os privase de la corrección, que todos han recibido, seríais bastardos y no hijos (Hb 12, 7-8).

  • Durante la construcción de los edificios de Villa Tevere, va un día charlando con varias hijas suyas mientras les muestra los avances de las obras. Les acompaña Alvaro del Portillo. En un determinado momento, el Padre se detiene y, apoyado en la baranda de un andamio, les hace esta confidencia: -Hoy don Alvaro me ha hecho una corrección. Y me ha costado aceptarla. Tanto, que me he ido un momento al oratorio y, una vez allí: “Señor, tiene razón Alvaro y no yo”. Pero enseguida: “No, Señor, esta vez tengo razón yo… Alvaro no me pasa una… y eso no parece cariño, sino crueldad”. Y después: “Gracias, Señor, por ponerme cerca a mi hijo Alvaro, que me quiere tanto que… ¡no me pasa una!”» Se vuelve hacia D. Alvaro que, rezagado, ha escuchado en silencio. Le sonríe y le dice: -¡Dios te bendiga, Álvaro, hijo mío! (P. Urbano, El hombre de Villa Tevere, 349‑350).

Piensa si algunas veces te desentiendes de corregir algo por comodidad, si te excusas por pereza, temor a contristar, falsa humildad, etc… No descuides la práctica de la corrección fraterna, muestra clara de la virtud sobrenatural de la caridad. Cuesta; más cómodo es inhibirse; ¡más cómodo!, pero no es sobrenatural (Forja, n. 146):

  • Un día san Josemaría reprende a unas hijas suyas, por algo de cierta entidad que han hecho mal, con aturdimiento y –así lo subraya- “sin presencia de Dios” Ya está en la puerta para irse. A su espalda oye el silencio. Se vuelve. Las ve cariacontecidas. Y, mirándolas con expresión de inmenso cariño, les dice: -¿Pensáis que a mí no me cuesta deciros estas cosas? Hijas mías, si no os las dijera, no sería vuestro Padre, sería ¡vuestro padrastro! (P. Urbano, El hombre de Villa Tevere, 216)

 

Un comentario en “Corrección fraterna

  1. Todas las características de la corrección fraterna, las virtudes que hemos de practicar al realizarla, pueden resumirse en una sola: la corrección fraterna debe hacerse con caridad, sin herir, con espíritu sobrenatural; debe ser fruto del cariño a nuestros hermanos. Debemos, pues -escribía San Agustín-, corregir por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda. Si así lo hacemos, cumpliremos muy bien el precepto: “si tu hermano pecare contra ti, repréndelo estando a solas con él” (Matth. XVIII, 15). ¿Por qué lo corriges? ¿Porque te apena haber sido ofendido por él? No lo quiera Dios. Si lo haces por amor propio, nada haces. Si es el amor lo que te mueve, obras excelentemente. Las mismas palabras enseñan el amor que debe moverte, si el tuyo o el suyo: “si te oyere -dice- habrás ganado a tu hermano”. Luego has de obrar para ganarle a él.

    Algunas veces, nuestro Padre nos señaló de modo muy gráfico la necesidad de hacer la corrección fraterna. Nos decía que, al llegar a un Centro, le bastaba preguntar si se practicaba la corrección fraterna para calibrar el cariño mutuo con que vivimos. Este medio sobrenatural es termómetro infalible de nuestro cariño. La poca preocupación por corregir las faltas de nuestros hermanos, o la pereza, o cualquier otro motivo que nos lleva a desentendernos, muestran siempre un desamor, un egoísmo malamente encubierto. Nuestro Fundador nos ponía en guardia frente a esas posibles excusas, que en último término, proceden de una equivocada delicadeza humana o de un excesivo espíritu de comodidad ; y que, por tanto, nunca son justificación para dejar incumplido el deber de la corrección fraterna.

    Cuando nos cuesta recibir una corrección, hemos de escuchar, como dirigidas a cada uno, las palabras de la Sagrada Escritura: hijo mío, no desprecies la corrección del Señor, ni te desanimes cuando El le reprenda; porque el Señor corrige al que ama y azota a todo aquel que reconoce como hijo (..). Dios os trata como a hijos, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrija? (..). Toda corrección no parece agradable de momento, sino penosa; pero luego produce fruto apacible de justicia en los que en ella se ejercitan.

    Por eso, a veces -decía nuestro Padre-, hijas e hijos míos, no tendremos más remedio que pasar un mal rato nosotros y hacérselo pasar a otros, para ayudarles a ser mejores . Abandonar la corrección fraterna por una razón semejante equivaldría a privar a nuestro hermano de un bien positivo: la gracia que Dios da a través de este medio; y, también, a dudar injustamente de su buen espíritu, tanto más cuanto que siempre los Directores pueden juzgar de la oportunidad o no de la corrección.

    A menudo ocurre -dice San Agustín- que el hermano se entristece de momento cuando le reprenden, y se resiste y lucha en su interior. Pero luego reflexiona en silencio, sin otro testigo que Dios y su conciencia, y no teme disgustar a los hombres por haber sido corregido, sino que teme desagradar a Dios de no enmendarse. Y entonces ya no vuelve a hacer aquello por lo que le corrigieron, y cuanto más odia su pecado, más ama al hermano, por haber sido enemigo de su pecado.

    Las excusas para no hacer la corrección fraterna nacen siempre de una caridad mal entendida. Hay que poner cariño, hay que olvidarse de sí mismo para buscar sólo la felicidad de los demás. Movidos por este buen espíritu, velaremos de continuo por ellos, siempre preparados a ayudarles para que mantengan su entrega vibrante, alegre, y también para empujarles más arriba, y urgirlos a la santidad. Es ésa la primera caridad, decía nuestro Padre, porque la primera manifestación de caridad es ayudarse a ser mejores. Y eso cuesta. Más cómodo es inhibirse; más cómodo, pero no es sobrenatural. Y de esas omisiones se ha de dar cuenta a Dios .

    Para que estemos prevenidos y podamos mantener siempre vigilante y activo nuestro cariño, conviene considerar también que la propia soberbia se entremezcla, enturbiando nuestra visión. Puede hacernos pensar que el hecho de caer también uno mismo -e incluso con más frecuencia- en el mismo defecto que se debería corregir, justifica pasar por alto ese defecto de los demás.
    En estos casos hay que extremar la humildad, descubrir la falsedad del razonamiento y pensar que no corregimos como consecuencia de la propia autoridad moral -todos estamos hechos de la misma pasta: de limo terrae , del barro de la tierra-, sino en virtud de un deber que el Señor nos ha encomendado. Por manifiestos que sean nuestros defectos, nunca pueden eximirnos de practicar la corrección fraterna. Hijos míos, ¿acaso no puede curar un médico que esté enfermo, habitualmente enfermo, con una enfermedad crónica? ¿No puede atender a otros que incluso padezcan de lo mismo que él sufre? ¡Claro que los puede atender y que los puede curar! Le basta tener la ciencia necesaria, y ponerla al servicio de los demás. Tú puedes tener errores -yo los tengo, y muchos-, pero no tienen importancia si de verdad luchas por quitarlos, aunque aparentemente no se consiga nada. Y con errores, se puede y se debe curar los errores ajenos; no hacerlo es imprudencia, es soberbia .

    Esa equivocada humildad puede escudarse muchas veces en la convicción de que se poseen menos virtudes, menos espíritu sobrenatural, menos santidad que aquella persona a quien se debe corregir; incluso puede retraernos la consideración de que se trata de un Director o de una persona con muchos años en la Obra. Precisamente en esas circunstancias, el cariño a aquella persona y el amor a la Obra nos comprometen más, si cabe, a corregir, porque los Directores necesitan con mayor urgencia esa ayuda, para llevar a cabo su misión con fidelidad y eficacia. La corrección fraterna a los Directores es un compromiso de honradez que adquirimos al hacer la Fidelidad, pero que todos vivimos desde el principio de nuestra vocación, sabiendo además que siempre nos agradecerán su cumplimiento.

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