Humildad y sencillez

1PapaMovilPaseoMe gusta este Papa, es muy sencillo y humilde. En este sentido me han emocionado especialmente algunos episodios de este último viaje a Sri Lanka y Filipinas. Claro que su maestro es Cristo mismo. Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas (Mt 11, 29; cfr. Surco, 261)… Un Dios hecho hombre que contemplamos en la humildad de Belén, en su trabajo manual en Nazaret, en la sencillez de su vida pública, y en la impresionante humildad de la Pasión y en el Sagrario… ¡Qué difícil es ese ocultarse y desaparecer! 

La humildad es una virtud que nos ayuda a conocer, simultáneamente, nuestra miseria y nuestra grandeza.Por un lado nos descubre la  grandeza de Dios que nos hace suyos, nos endiosa con un endiosamiento bueno. Pero también es la verdad y, por tanto, requiere el conocimiento propio de nuestros errores y faltas. Dios resiste a los soberbios, y a los humildes da la gracia (St 4,6)… Reconocer lo que no va, lo que no está bien en nuestras vidas, que hacemos más daño de lo que pensamos… 

  • Viñeta: Se ve a Guille llorando desconsoladamente. Mafalda le pregunta “qué te pasa?”. Y Guille contesta: “me duelen mis pies”. Mafalda mira y ve que tiene los zapatos cambiados de pie. Se lo dice. Guille se calla, mira sus pies con los zapatos al revés… y vuelve a romper a llorar, mucho más que antes. Mafalda le pregunta qué le pasa ahora, y Guille contesta: “me duele mi orgullo”

Hemos de ser sinceros y acostumbrarse a llamar a las cosas por su nombre. 

  • Etimología de sinceridad. Los romanos usaban mármoles en sus construcciones y cuando algún mármol tenía grietas, éstas se tapaban o disimulaban con cera. Un buen mármol, una pieza perfecta no tenía grietas o fisuras y estaba pues, “sin-cera”. Ser sinceros es no ocultar nada porque nada hay que ocultar; somos lo que se ve, tal como somos.
  • (Gente de una pieza…. rapado al cero… ¿soldado? no, de una pieza)

Un poco de examen nos vendrá bien sacado de Surco, 263: Déjame que te recuerde, entre otras, algunas señales evidentes de falta de humildad:

  • —pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás;
    —querer salirte siempre con la tuya;
    —disputar sin razón o —cuando la tienes— insistir con tozudez y de mala manera;
    —dar tu parecer sin que te lo pidan, ni lo exija la caridad;
    —despreciar el punto de vista de los demás;
    —no mirar todos tus dones y cualidades como prestados;
    —no reconocer que eres indigno de toda honra y estima, incluso de la tierra que pisas y de las cosas que posees;
    —citarte a ti mismo como ejemplo en las conversaciones;
    —hablar mal de ti mismo, para que formen un buen juicio de ti o te contradigan;
    —excusarte cuando se te reprende;
    —encubrir al Director algunas faltas humillantes, para que no pierda el concepto que de ti tiene;
    —oír con complacencia que te alaben, o alegrarte de que hayan hablado bien de ti;
    —dolerte de que otros sean más estimados que tú;
    —negarte a desempeñar oficios inferiores;
    —buscar o desear singularizarte;
    —insinuar en la conversación palabras de alabanza propia o que dan a entender tu honradez, tu ingenio o destreza, tu prestigio profesional…;
    —avergonzarte porque careces de ciertos bienes…

Y ¿qué haremos tu y yo ante percepción las propias miserias?

  • Fomentar la esperanza: Espera en el Señor (Sal 26, 14). Tras las caídas, recomenzar siempre.
  • Mirar a nuestro modelo Cristo Jesús para vivir una humildad práctica… Aprender a servir: no he venido a ser servido sino a servir.
  • Y cuando veamos las obras maravillosas que Dios hace a través nuestro, recordar que llevamos este tesoro en vasos de barro. Que no somos más que somos el borrico que sirvió de trono a Jesús en su entrada en Jerusalén (cfr. Mt 21, 1-7).
  • Ser muy sinceros en la confesión: señal de valentía y valía
    • Sócrates murió en el año 399 a. de C. Un día un discípulo suyo entró en una casa de mala fama. Cuando intentaba salir vio a Sócrates que pasaba por la calle. Avergonzado se metió dentro de nuevo y se escondió detrás de la puerta. El maestro, que ya le había observado, le gritó:‑¿Por qué te escondes? Sal afuera. Salir de esa casa no es ninguna vergüenza. Lo vergonzoso es entrar…. El que confiesa su pecado pone de manifiesto la vergüenza de haber caído en él. Cierto. Pero también exterioriza su valía: su corazón rechaza aquello. Y a la par exhibe su valentía: al reconocer su fallo y salir de él. Confesarse es una manifestación clara de valía y valentía.
  • Huir de esa falsa humildad que se llama comodidad.
  • Meditar en la vida de la Virgen Santa María. Cómo pasa inadvertida…su humildad y sencillez. 
  • No disimular las faltas. Si luchamos así quizás algún día escuchemos la alabanza de Jesús: Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez (Jn 1, 47). Es como si nos dijera el Señor con esta alabanza que la sencillez es la sal de la perfección
    • Los médicos experimentados suelen contar cómo, a veces, tienen que hacer auténticos malabarismos para conseguir que los pacientes den los datos necesarios con objetividad. Por, ejemplo, si preguntan a un enfermo cuánto bebe, no basta con oírle decir que “lo normal”, porque si se pregunta a continuación qué considera el “lo normal” puede resultar que trasiega varios litros de vino al día (¡lo “normal” para él, claro!).
    • Un médico, profesor universitario, interrogaba a una paciente sobre si había tenido otras enfermedades de pequeña. La mujer aseguraba que no, pero aquello no cuadraba. Entonces hizo la pregunta clave: -¿Y de más pequeña? A lo que la mujer contestó: -Siií; de más pequeña, sí.
  • Y esforzarnos cada día en ser más sencillos en la dirección espiritual. Docilidad. Pero para eso hemos de rechazar la soberbia que fomenta, la susceptibilidad, el que se haga difícil decirnos las cosas con claridad:
    • Se cuenta de Dionisio I de Siracusa que quería saber si sus poesías eran buenas y le preguntó al poeta de la corte. Tuvo la valentía de decir la verdad: “son muy malos dijo Filoxeno”. Acabó en la cárcel. Pasados unos días hizo otros versos y volvió a preguntarle. Fue llevado a su presencia y Filoxeno leyó las rimas y al terminar dijo: “Llevadme otra vez a la cárcel”.

Una última anécdota, la cuenta el santo obispo D. Manuel González, con su gracia habitual, lo que le decía una niña lamentando su defecto: “Lo que no sé, padre, es cuándo me voy a quitar de ser tan “requeteembusterísima” como he sido desde que tengo boca … ¡Mire usted, me salen las mentiras como el hipo … sin poderlo remediar!”  

“No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquéllos que dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y al no poderse excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás” (S. Agustín: Serm. 19, 2‑3).

Santo es el que se reconoce pecador, y no quiere serlo. Por eso lucha y pone los medios para vencer el pecado. Y tenemos para esa lucha, en la confesión, un medio divino, ya que es invento de Dios. Y Dios es en ella el principal operador: El es quien perdona y el que da la gracia que nos fortalece.

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6 comentarios en “Humildad y sencillez

  1. Gracias!! Preciosa entrada que nos sacude los cimientos del ego. Esto nos lleva a un minucioso examen de conciencia y lanzarnos a la piscina de la humildad. San José es un buen ejemplo de humildad, del trabajo callado, constante, respetuoso, honesto,…, un idela al que aspirar: “San José, ayúdame a ser un buen hijo del Padre, un buen esposo para mi mujer, un buen padre para mis hijos, un buen trabajador”

  2. El papa Francisco ha asombrado al mundo con su humilde sencillez desde su primera comparecencia pública, particularmente cuando dijo: «Y ahora querría dar la bendición… Pero antes, antes, os pido un favor: antes de que el obispo bendiga al pueblo, os pido que vosotros recéis al Señor para que me bendiga: la oración del pueblo, pidiendo la bendición para su obispo. Hagamos en silencio esta oración de vosotros por mí. Pedir oraciones es manifestación de indigencia, de necesidad». El nuevo papa utilizó el lenguaje de la esperanza humilde, como llamó Pieper a la plegaria de petición.
    Seguramente todos tenemos necesidad de esa virtud, que el papa Francisco ha mostrado manifiestamente desde el primer momento. Un mundo lleno de apariencias, de deseo desmesurado de poder y poseer, un mundo dominado por la búsqueda de una imagen adecuada, un mundo que miente descaradamente por quedar bien, es un mundo muy necesitado de la humildad. Pero entiéndase bien, no «una humildad de garabato», como indicaba gráficamente san Josemaría para expresar la humildad de las apariencias, una falsa virtud no enraizada en el convencimiento de nuestra poquedad. Lo expresaba muy bien la Biblia poniendo estas palabras en boca de Yavé: «Tu miseria es tuya, Israel; tu fuerza soy yo».

    Por la apoyatura en Dios, la humildad no está reñida con la magnanimidad, al contrario, se requieren mutuamente para encontrarse en la esperanza. En ese espíritu, decía Francisco a los cardenales: «Podemos caminar cuanto queramos, podemos edificar muchas cosas, pero si no confesamos a Jesucristo, algo no funciona. Acabaremos siendo una ONG asistencial, pero no la Iglesia, esposa del Señor. Cuando no se camina, se está parado. ¿Qué ocurre cuando no se edifica sobre piedras? Sucede lo que ocurre a los niños en la playa cuando construyen castillos de arena. Todo se viene abajo. No es consistente. Cuando no se confiesa a Jesucristo, me viene a la memoria la frase de Leon Bloy: “Quien no reza al Señor, reza al diablo”. Cuando no se confiesa a Jesucristo, se confiesa la mundanidad del diablo, la mundanidad del demonio». Sólo el humilde puede hablar con esa audacia.

    El diálogo, especialmente sobre las cuestiones más relevantes para la persona, no es fácil. Aunque le cueste admitirlo, el hombre tiene una fuerte tendencia a «cerrarse» a las opiniones contrarias a las suyas; siente una cierta fobia ante lo que no ha descubierto por sí mismo, especialmente si contradice sus opiniones. De ahí que, para que el diálogo sea fructuoso, se requiera una previa educación que, entre otras, ha de fomentar las siguientes actitudes:

    a) El amor a la verdad. La finalidad del diálogo es la búsqueda o la comunicación de la verdad, y no la victoria dialéctica sobre los que piensan de modo diferente. Los que dialogan deben tener el deseo sincero de acoger la verdad. Para ello es imprescindible saber escuchar, con ánimo de comprender, sin encerrarse obstinadamente en la propia posición.

    b) La claridad, que exige esforzarse por expresar el pensamiento y comunicar la verdad de modo inteligible para el oyente. En muchas ocasiones, la falta de entendimiento se debe a la falta de inteligibilidad del discurso. Y no rara vez esa falta de claridad esconde la vanidosa pretensión de que el propio pensamiento sea juzgado profundo por ser oscuro.

    c) La mansedumbre, necesaria para no enfadarse con las ideas ni mucho menos con quienes las defienden. Sustituir las razones por la descalificación personal puede manifestar debilidad de carácter, ignorancia o poco respeto por la dignidad de la persona. La verdad no puede imponerse nunca por la violencia física o verbal.

    «El diálogo no es orgulloso, no es hiriente, no es ofensivo. Su autoridad es intrínseca por la verdad que expone, por la caridad que difunde, por el ejemplo que propone; no es una mandato ni una imposición. Es pacífico, evita los modos violentos, es paciente, es generoso». En el diálogo debe realizarse la unión de la verdad con la caridad, de la inteligencia con el amor.

    1. Las últimas declaraciones del Santo Padre en el avión de vuelta me parecen desafortunadas (…). A muchos no nos han hecho ninguna gracia la comparación con los conejos. En la Audiencia de hoy a rectificado. (….) Todo esto me da una gran tristeza. (….). Y me gustaría que se tuviera más en cuenta la fe de los sencillos.

      1. Prospero: he hecho algunas modificaciones a tu comentario para que se entienda mejor lo que quieres decir, espero que no te moleste.
        (…) Amo las familias numerosas que luchan día a día con generosidad. (…)

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