Relictis omnibus

Montes SibilinosEl espíritu de examen resulta algo necesario para el progreso en la vida espiritual. Existe una íntima conexión entre el seguimiento de Cristo y la necesidad de examinar el corazón en el amor de Dios: “Los primeros Apóstoles, cuando el Señor los llamó, estaban junto a la barca vieja y junto a las redes rotas, remendándolas. El Señor les dijo que le siguieran; y ellos, «statim» -inmediatamente, «relictis ómnibus» -abandonando todas las cosas, ¡todo!, le siguieron… Y sucede algunas veces que nosotros -que deseamos imitarles- no acabamos de abandonar todo, y nos queda un apego en el corazón, un error en nuestra vida, que no queremos cortar, para ofrecérselo al Señor. -¿Harás el examen de tu corazón bien a fondo? -No ha de quedar nada ahí, que no sea de Él; si no, no le amamos bien, ni tú ni yo” (F, 356).

En efecto, la necesidad que tiene el cristiano de crecer siempre en el amor a Dios y de evitar todo aquello que pueda ser un obstáculo a ese amor es lo que le llevará a examinar su vida espiritual: “Mira tu conducta con detenimiento. Verás que estás lleno de errores, que te hacen daño a ti y quizá también a los que te rodean. (…) -Necesitas un buen examen de conciencia diario, que te lleve a propósitos concretos de mejora, porque sientas verdadero dolor de tus faltas, de tus omisiones y pecados” (F, 481).

El examen es una necesidad de amor para el cristiano que quiere responder a la llamada divina: “Si luchas de verdad, necesitas hacer examen de conciencia. Cuida el examen diario: mira si sientes dolor de Amor, porque no tratas a Nuestro Señor como debieras” (S, 142)… “el examen de conciencia responde a una necesidad de amor, de sensibilidad” (F, 110). San Josemaría pone de relieve la finalidad fundamental del examen: el dolor por la falta de correspondencia al Amor de Dios, y advierte que el verdadero examen de conciencia debe terminar en la contrición. Por eso aconseja: “Acaba siempre tu examen con un acto de Amor -dolor de Amor-: por ti, por todos los pecados de los hombres… -Y considera el cuidado paternal de Dios, que te quitó los obstáculos para que no tropezases” (C, 246).

Se trata en definitiva de una forma de oración, en la que el hombre considera su propia vida en la presencia de Dios, en diálogo con el Señor, y con la ayuda de su gracia: “Jesús, si en mí hay algo que te desagrada, dímelo, para que lo arranquemos” (F, 108).

(un novio celoso le pide a su novia que quite del celular una foto que guarda de un antiguo novio)

2 comentarios en “Relictis omnibus

  1. Así como el amor de Dios a los hombres es incondicionado, nuestra entrega ha de ser también incondicionada, con una respuesta que no admite condiciones. “diliges Dominum Deum tuum in toto corde tuo et in tota anima tua et in tota mente tua: hoc est magnum et primum mandatum (Mt 22,37-38). “Jesús no se satisface compartiendo: lo quiere todo” (Camino 155). No importa si poco o mucho, todo. Dios nos ha pedido explícitamente una entrega total: “¡Qué claro el camino!… ¡Qué patentes los obstáculos!… ¡Qué buenas armas para vencerlos! —Y, sin embargo, ¡cuántas desviaciones y cuántos tropiezos! ¿Verdad? / —Es el hilillo sutil —cadena: cadena de hierro forjado—, que tú y yo conocemos, y que no quieres romper, la causa que te aparta del camino y que te hace tropezar y aun caer. / —¿A qué esperas para cortarlo… y avanzar?‖ (Camino 170), como los Apóstoles, que reciben la llamada: “venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum” (Mc 2,17). Y nosotros hemos respondido también –si no, podemos hacerlo ahora explícitamente-: “ecce ego quia vocasti me” (1 Sam 3,6). Y con la fe lo podemos todo: ―si habueritis fidem sicut granum synapis‖, basta un poco, como un grano de mostaza, para que a través de los montes pasen las aguas, que se rompan los muros que el odio o el relativismo pone para que la palabra divina entre en los corazones, como vemos en la conversión de San Pablo, que inmediatamente pasa de perseguir a Cristo a decirle: ―¿qué quieres que haga?‖ y en Damasco Ananías le dice el mandato divino: ―el Señor te ha reservado esta misión… no pierdas tiempo… levántate y bautízate ahora mismo‖. Nos vemos quizá con poca fe, como aquellas palabras de Jesús (Mc 11,20) ante la higuera seca, que no da fruto… si nos vemos con poca fe, le pedimos ahora mismo al Señor: ―Adauge nobis fidem!‖, y Él nos la aumenta, para que hagamos nuestra conversión como S. Pablo, y vivamos este sentido profundo que es como el eje del año: me ha amado y se ha entregado por amor a mí. Dejarse amar por Dios, sentirse amado es lo principal. Hay dos características muy bonitas en las llamadas divinas: no recrimina nuestras faltas, y nos da los medios para ser fieles. Cuando se aparece a los discípulos –como S. Pablo sentirá más tarde- en cuerpo glorioso, nos cuenta S. Juan, a pesar de que le habían abandonado en su momento más duro, tranquiliza a los apóstoles. No sólo les desea la paz, les entrega la paz: ―la paz sea con vosotros‖, les dice. Ellos se alegran al verlo y nuevamente les dice: ―la paz sea con vosotros‖. Consideremos una vez más llenos de agradecimiento que el Señor querrá siempre nuestro bien, nuestra felicidad y alegría, a pesar, incluso, de nuestras infidelidades. Pensemos también en la ayuda de otras personas que Dios nos manda: la Iglesia continúa la misión del Señor, como vemos en el relato paulino: jerarquía según las distintas formas en las que se ejercita en la Iglesia, sacerdotes en su ministerio, y de forma especial vemos aquí la dirección espiritual, son esas personas a las que ―invitamos- en la intimidad de nuestra alma, para que nos ayuden a discernir esa voluntad de Dios, que hemos visto en la oración pero que necesita el diálogo para irse concretando…

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