Una petición y una caricia

604La escena es del Evangelio de hoy. Cientos de personas rodean al Maestro y escuchan su Palabra. De repente, uno de ellos ve acercarse a un leproso, y da la voz de alarma. Según la Ley de Moisés, quien entraba en contacto físico con un enfermo de lepra quedaba impuro. Temerosos de tocarle, todos se retiran, asombrados de la osadía del enfermo. Se hace silencio… Aquel hombre se aproxima a Jesús, acortando peligrosamente las distancias. Jesús estña quieto y mantiene clavada en él una cariñosísima mirada. Se acerca aún más el leproso y entonces dice aquellas maravillosas palabras: “Si quieres, puedes limpiarme”…

La petición

Estrictamente hablando no es una petición sino un acto sublime de fe. La petición desde luego está presente: Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas”… Ahí está toda esa carne repugnante, arrodillada a los pies del Maestro; su actitud es un grito silencioso de súplica: “Mírame, Señor, ¿no te doy lástima?”.

Vamos tú y yo a suplicar con la fe de este leprosito. Ven y postrémonos ante el Sagrario y así desmoronada nuestra soberbia le diremos: “Domine!” –¡Señor!– “si vis, potes me mundare” –si quieres, puedes curarme.–!Qué hermosa oración para que la digas muchas veces con la fe del leprosito cuando te acontezca lo que Dios y tú y yo sabemos! –No tardarás en sentir la respuesta del Maestro: “volo, mundare!” –quiero, ¡sé limpio! (Camino 142). Esa oración es tan poderosa que mueve a compasión el Corazón de Cristo, que “sintiendo lástima”, sanó al leproso.

Y de aquella carne podrida sí, pero arrodillada, brotó un maravilloso acto de fe: “Si quieres, puedes limpiarme”. Son solo cuatro palabras… Peero cuatro palabras que condensan el Evangelio: “Tú, Jesús de Nazaret, eres Dios Todopoderoso. Si tú mandas alejarse a la lepra, la lepra se alejará porque la Creación te está sometida. Un acto de Voluntad tuyo es más poderoso que toda la ciencia y la sabiduría de los hombres. Sólo hace falta que Tú lo quieras”… El “puedes” del leprosito, también se las trae. Es como si le dijera que está poniendo su libertad en la manos Dios: “puedes limpiarme”… puedes hacer conmigo lo que quieras, te doy mi alma, te doy mi vida, la pongo en tus mano. Porque solo entonces serás: Dios conmigo”…

La caricia

Jesús sonríe, extiende el brazo, y le tocó: “Quiero, queda limpio”. Le ha tocado… ¡Oh! Un inmenso murmullo: ¡el Rabbí acaba de contraer impureza legal!… Pero el enfermo empieza a clamar alborozado, llora, ríe, levanta los brazos y alaba a Dios… ¡Ha quedado limpio!

Igual que a el leproso Jesús vio nuestra alma en pecado, podrida y purulenta; la vio, se acercó y la tocó; y desde la Cruz depositó una caricia de Amor en lo más sucio de nosotros, allí donde nadie nos besaría jamás. Y cada vez que nos acercamos al sacramento de la confesión vuelve a tocarnos en cada llaga que le mostramos y nos dice: queda limpio. Jesús es la “mano” de Dios.

Él quedó impuro y maldito (“Maldito todo el que cuelga de un madero“)… Pero nosotros quedamos limpios. Él se hizo pecado, y nosotros nos hicimos hijos de Dios. Y todo por una caricia; una caricia en la lepra, una caricia en la debilidad, una caricia en el pecado; la que nadie, sino Él, nos hubiera hecho… A esa caricia debes tu salvación.

Hoy hemos descubierto tu y yo, gracias a este leprosito que allí en el fondo de nuestras miserias está también Dios y está sanando… No todos lo descubren. Solo aquellos que descubren la verdad de las palabras de María: “derriba del trono a los poderosos, y enaltece a los humildes

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