Kintsugi (el arte japones de reparar la porcelana rota)

kintsugi-dQuizás sea una buena manera de terminar el año y comenzar con buen ánimo el 2015… Cuando los japoneses reparan objetos rotos, enaltecen la zona dañada, rellenan las grietas con oro. Ellos creen que cuando algo ha sufrido un daño y tiene una historia, se vuelve más hermoso. El arte tradicional japones de la repación de la cerámica rota se llama Kintsugi y se realiza con un adhesivo fuerte, rociando luego con polvo de oro o de plata la zona. El resultado es que la cerámica no sólo queda reparada, sino que es aún más fuerte y hermosa que antes. En lugar de tratar de ocultar los defectos y las grietas, estos se acentúan y celebran, ya que ahora se han convertido en la parte más fuerte y bella de la pieza

2 comentarios en “Kintsugi (el arte japones de reparar la porcelana rota)

  1. Y ¿por qué no ocurre lo mismo con las personas? Es muy importante reparar y entender que los sentimientos, los corazones y las almas dañadas se pueden reparar con hilos dorados de amor y volverse así más fuertes todavía.

    La verdad es que yo siempre he sido de las que pensaban que un corazón roto se podía pegar pero nunca volvería a ser lo mismo porque siempre se verían los trozos pegados y además reconozco que lo decía desde un punto de vista totalmente negativo. Nunca se me había pasado por la cabeza otro punto de vista a no ser por el descubrimiento de esta técnica, y anteriormente con la doctrina de San Josemaria Escrivá-

    Me viene a la cabeza una frase que leí no hace mucho en alguna red social: “He aprendido tanto de mis errores que estoy pensando hacer algunos más.” Creo que le viene muy bien a esta reflexión de hoy y me entran ganas de ponerla en práctica viendo qué bonitas quedan las porcelanas rotas con esta técnica japonesa.

    Transmutar las heridas en la principal característica a destacar del objeto y que precisamente eso sea lo que le hace a uno, entre otras muchas cosas, único, es algo que no hubiera pensado nunca. Y esto además nos da un toque de autenticidad y de personalidad a cada uno que no solemos valorar en absoluto.

    ¿Alguien ha valorado en algún momento este punto de vista?
    ¿Alguien se ha parado a pensar en lo que va creciendo con lo vivido?
    ¿Alguien es consciente de todo lo que ha aprendido en cada esfuerzo?
    ¿Alguien se ha dado cuenta de que es único e irrepetible?
    Si es que sí, ¿qué haces con ello?
    Si es que no, plantéatelo entonces.

    Es como el concepto de fracasado. Me hace mucha gracia cómo lo definen algunas personas. Normalmente se usa para definir a aquel que no logra algo que deseaba o por lo que ha luchado, cuando en realidad el fracasado debe ser el que no ha intentado hacer nada para lograrlo ¿no? Muchos paradigmas deberían cambiar con esta crisis de valores actual.

    Avergonzarse de las heridas es no reconocer que se ha luchado y no ver que la pena, el dolor, la culpa, la vergüenza, la angustia y la pérdida, son la cruz de una moneda que también enseñó su cara: alegría, felicidad, entrega, orgullo, entusiasmo, compañía. Los surcos que deja la rotura deben ser valorados pues la vida es tanto la entereza y la integridad como la rotura y el desánimo. Darle más protagonismo a la parte negativa es regocijarse en algo que no nos aporta más que dolor y victimismo y la sensación irreal de infravalorar y despreciar aquello que obtuvimos de positivo y que parece ser que ya no recordamos. Tanto la alegría como la tristeza te enseñan que estamos vivos.

    Es curioso como muchas de las cosas que consideramos bellas o que son valiosas y apreciadas en nuestra sociedad occidental son frágiles y vulnerables: una flor, un cristal, una porcelana, una obra de arte, un bebé. Pero nosotros nos empeñamos en ser los más fuertes, protegiéndonos y acorazándonos bajo máscaras y egos duros de roer. Muchas veces incluso buscamos y exigimos de los demás aquello que nosotros mismos ya hace tiempo que no ofrecemos.
    Cada historia, cada cicatriz es experiencia. Es vida.

  2. Muy interesante entrada y precioso comentario de Rosa.
    Ahora que la moda es cambiar todo cada poco tiempo, este arte de dar valor a lo usado, a lo que tiene una historia es muy enriquecedor. Siempre he sostenido que un objeto pase de “antigualla” a “antigüedad” es una mera cuestión de paciencia.
    Un buen vino se hace con tiempo, la macedonia mejora de un día para otro, la masa de hojaldre hay que trabajarla, doblarla, volverla a trabajar, doblarla de nuevo, la masa de la pizza ha de reposar,…, la masa madre debe guardarse y cuidarse para hacer un buen pan. En realidad todo lo que consideramos bueno necesita trabajo, tiempo y reposo. ¿Por qué íbamos nosotros a ser diferentes? Como bien señala Rosa, las cicatrices nos dan un valor. Del dolor y de las dificultades se nutre nuestra fortaleza. Debemos poner freno al ímpetu y a la velocidad que las nuevas tecnologías y la sociedad moderna imprimen a nuestras vidas, para ganar tiempo con el que contemplar nuestras heridas y quebrantos, repararlos con buen pegamento y sacar lustre a nuestros corazones. Quizá la Navidad es ese tiempo donde buscarnos, reencontrarnos con nosotros y los nuestros y reparar los cascos rotos. Cuando salgo a correr por las mañanas y hacer mis oraciones y ejercicios, me pongo bajo dos árboles frondosos. Ahora están tristes, deshojados, desnudos del todo y aparentemente muertos. Sin embargo, esta parálisis vital que se produce con la llegada del invierno sólo está preparando la explosión de vida de la próxima primavera. Los momentos difíciles sólo son el preámbulo de momentos mucho mejores, pues es la ley de la vida, de la tierra y del orden divino. La vida siempre lucha a favor de la vida. La vida utiliza los trozos y retazos para reinventarse, regenerarse aún más brillante y espectacular. Una y otra vez, una y otra vez.
    Ojalá Dios haga de nuestros pedazos algo digno de Él. Qué nuestras heridas brillen y sirvan para mostrar a los demás que al lado de Dios, los hombres rotos, somos hombres de Dios.

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