En la Novena de la Inmaculada de 1931

192412Como sabéis estamos en el 7º día de la Novena de la Inmaculada. Por eso me ha parecido bueno contar estas dos sucesos que ocurrieron a san Josemaría en la Novena de la Inmaculada de 1931.

Lo primero es cómo surgió el librito de Santo Rosario. El 30 de noviembre, primer día de la novena de la Inmaculada Concepción, advertía san Josemaría en sus Apuntes íntimos: al rezar el rosario o hacer -como ahora en adviento- otras devociones, contemplo los misterios de la vida, pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, tomando parte activa en las acciones y sucesos, como testigo y criado y acompañante de Jesús, María y José (194).
Al segundo día de la novena, 1 de diciembre, esperaba -sin pedirlo- un favor, una señal de progreso en el camino de infancia espiritual, como regalo de esa novena a la Virgen. Expresamente lo consigna en una catalina:

Madre Inmaculada, Santa María: algo me darás, Señora, en esta novena a tu Concepción sin mancha. Ahora ya no pido nada -como no me lo manden-, pero te expongo ese deseo de llegar a la perfecta infancia espiritual (196).

Y una mañana, después de decir misa, al terminar la acción de gracias, escribió de una sentada, junto al presbiterio, en la sacristía de Santa Isabel, el Santo Rosario. No sabemos con certeza qué día de la novena; pero sí que la víspera de la fiesta de la Inmaculada, 7 de diciembre, estaba leyendo en Santa Isabel a dos jóvenes el modo de rezar el rosario, pues esa fue la intención con que lo escribió: ayudar a otros a rezarlo (197).

Más tarde, cuando hizo el prólogo, cuenta al lector el secreto de ese camino de infancia espiritual:
Amigo mío: si tienes deseos de ser grande, hazte pequeño.
Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños…, rezar como rezan los niños.
[…] Hazte pequeño. Ven conmigo y -éste es el nervio de mi confidencia- viviremos la vida de Jesús, María y José
Así, suavemente, se introduce al lector en escena:
No olvides, amigo mío, que somos niños. La Señora del dulce nombre, María, está recogida en oración.
Tú eres, en aquella casa, lo que quieras ser: un amigo, un criado, un curioso, un vecino… -Yo ahora no me atrevo a ser nada. Me escondo detrás de ti y, pasmado, contemplo la escena:
El Arcángel dice su embajada (198).
De la presentación de “Santo Rosario” son también estas líneas:
El principio del camino, que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima.
En su casa guardaba una pequeña imagen de la Virgen, en talla de madera, a la que tenía costumbre de besar al salir o al entrar en el piso. (Mi Virgen de los Besos: terminaré comiéndomela, exclama en una de las catalinas) (199). No sólo aquélla, todas las imágenes de Nuestra Señora le conmovían. De modo especial las que encontraba tiradas por la calle, en grabados o estampas sucias y polvorientas. O las que le salían al paso en sus correrías por Madrid, como la imagen en azulejos con que se topaban a diario sus ojos cuando dejaba Santa Isabel. Esta imagen, en la terraza de una casa de la calle de Atocha, presenció un extraño suceso a los pocos días de haber compuesto “Santo Rosario”. Lo relata en una catalina:
Octava de la Inmaculada Concepción, 1931: En la tarde de ayer, a las tres, cuando me dirigía al colegio de Santa Isabel a confesar las niñas, en Atocha por la acera de San Carlos, esquina casi a la calle de Santa Inés, tres hombres jóvenes, de más de treinta años, se cruzaron conmigo. Al estar cerca de mí, se adelantó uno de ellos gritando: “¡le voy a dar!”, y alzaba el brazo, con tal ademán que yo tuve por recibido el golpe. Pero, antes de poner por obra esos propósitos de agresión, uno de los otros dos le dijo con imperio: “No, no le pegues”. Y seguidamente, en tono de burla, inclinándose hacia mí, añadió: “¡Burrito, burrito!”
Crucé la esquina de Santa Isabel con paso tranquilo, y estoy seguro de que en nada manifesté al exterior mi trepidación interna. Al oírme llamar, por aquel defensor!, con el nombre -burrito, borrico- que tengo delante de Jesús, me impresioné. Recé en seguida tres avemarías a la Santísima Virgen, que presenció el pequeño suceso, desde su imagen puesta en la casa propiedad de la Congregación de San Felipe (200).
(El nombre de burrito lo empleaba reservadamente, y sólo lo conocía su confesor). Al día siguiente anotó otras impresiones del suceso:
16 de diciembre de 1931: Ayer estuve como cansado, a consecuencia indudablemente del asalto de la calle de Atocha. Estoy convencido de que fue cosa diabólica. D. Norberto lo cree así también. El que trató de agredirme tenía una cara de insensato terrible. De los otros dos no recuerdo nada. Entonces -y después tampoco- no perdí la paz. Fue una trepidación fisiológica, que aceleró la marcha de mi corazón y que me di cuenta de que no se manifestó al exterior, ni en un gesto. Me pasmó, según conté, el tono de ironía, de burla que empleó para llamarme, por dos veces, burrito. Instintivamente, elevé mi corazón y me puse a rezar tres avemarías a nuestra Señora. Después, anoté a la letra en mi cuartilla las frases de aquella gente (201).

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194 Apuntes íntimos, n. 435.
195 Ibidem.
196 Ibidem, n. 437.
197 Cfr. ibidem, n. 454, nota 382. El original manuscrito, de diciembre de 1931, lo envió a su confesor con una nota en la que se lee: le entrego estas cuartillas a velógrafo, con el fin de empujar a nuestros amigos por el camino de la contemplación (cfr. AGP, RHF, D-04668). Y el 1 de enero de 1932 escribe: Ayer estuve con el P. Sánchez. Me devolvió, acotadas, las cuartillas mías sobre el santo rosario (Apuntes, n. 529). (…)
Un apunte del 15 de agosto de 1931 parece indicar que con anterioridad ya vivía en ocasiones el método de contemplación señalado: Día de la Asunción de nuestra Señora – 1931: Ayer y hoy he importunado, con pesadez si cabe, a la Virgen Santísima, pidiéndole protección para la O. de D. Voy a hacer, desde esta tarde, una novena a nuestra Madre, celebrando su asunción en cuerpo y alma a los cielos. Realmente, gozo, pareciéndome estar presente… con la Trinidad beatísima, con los Ángeles recibiendo a su Reina, con los Santos todos, que aclaman a la Madre y Señora (Apuntes, n. 228).
199 Ibidem, n. 226 (13-VIII-31). Citas de fechas posteriores relacionadas con la “Virgen de los Besos”: ibidem, nn. 239, 325, 488, 701 y 702.
200 Ibidem, n. 484.
Mons. A. del Portillo hace el siguiente comentario: “No le gustaba a nuestro Padre narrar sucesos de tipo sobrenatural, que tenían relación con su persona. Sin embargo, esta anécdota me la ha referido en más de una ocasión. Hacía notar, al contarla, que la hora no era propicia a engaños, porque se trataba de un día de mucho sol, y eran solamente las tres de la tarde. Al contarme lo que dijo al Padre su defensor, me dijo que había oído burrito, burrito: y este modo que empleaba nuestro Padre, para llamarse a sí mismo, no lo conocía nadie -aparte de Dios Nuestro Señor- más que su confesor, el P. Sánchez. El Padre atribuyó el ataque a una acción diabólica, y la defensa a su Ángel Custodio” (ibidem, n. 484, nota 397).
201 Ibidem, n. 485.

Un comentario en “En la Novena de la Inmaculada de 1931

  1. He visto en Internet este estudio y me ha parecido interesante. Por su parte el haber escogido a San Josemaria y su anécdota me parece digna de mención.
    Comento textualmente :
    El pecado original, nos enseña el Nuevo Catecismo de la Iglesia, no lo cometemos, sino que lo heredamos y se transmite por propagación, por ello es que se trata de un pecado en sentido análogo (NCIC 405).
    Hay muchas personas que son excepciones al pecado personal, como son los subnormales o ciertos minusválidos y los niños que aún no llegan al estado de conciencia.

    Ahora pasamos a Lc 1,28. ¿Qué es lo que ocurre aquí? Primero, sorprende que en vez de que el ángel llame a la Virgen por su nombre, le diga “llena de Gracia”. Este hecho nos recuerda algo llamativo en el Antiguo Testamento (y que se repetirá, por ejemplo, en el Nuevo en el caso de Mt 16,16-19), y es el nuevo nombre que recibe una persona (Gn 3,20; 17,5.15; 32,28).

    Génesis 3,20 dice así: “Y el hombre le puso por nombre Eva (en hebreo “Hawa”) a su mujer, porque ella era la madre de todos los vivientes”. En hebreo el verbo “hayah” significa “vivir”. Las letras “y” y “w” en hebreo se suelen intercambiar con facilidad: por ello es que la mujer de Adán recibe el nombre de Eva, nombre cuya raíz hebraica designa “vivir”.

    Algo similar ocurre con María y el ángel: para nombrarla, el ángel emplea precisamente lo que en Eva equivalía a su misión -“Madre de los vivientes”- en María se trata de “colmada de gracia” por el hecho de que será Madre de Dios, que es lo que el ángel le viene a anunciar.
    Como el nombre de María en griego consiste en un tiempo en perfecto (kejaritomene), ello pone de relieve que es una acción que ha tenido lugar en el pasado: lo que decíamos antes, fue preservada del pecado por parte de Dios; y ella se ha mantenido en dicho estado; de lo contrario, el ángel no la podría llamar así. Ello muestra que su estado de gracia es pleno y perfecto.

    En la Biblia, además, encontramos varios pasajes que confirman que María es inmaculada. Génesis 3,15 habla de la enemistad entre la serpiente y la mujer, entre su simiente y la de Ella…

    Se habla de la descendencia de la mujer con el término “simiente” y Ella no está incluida en la de la serpiente: la enemistad es absoluta, y dicha oposición no tendría ningún sentido si María también tuviera pecado.

    En el Evangelio de Juan Jesús se dirige a su Madre siempre con el apelativo de “mujer” (Jn 2,5; 19,26; en el Apocalipsis se habla de Ella como “mujer” unas ocho veces: cf Ap 12,1.4.6.13.14.15.16.17).

    1Cor 15,45 habla del primer Adán y del nuevo Adán. Al llamar Jesús a su Madre “mujer” pone de relieve que es la “nueva Eva”: la nueva Eva, María, trae la salvación con su “hágase” en el momento del anuncio del ángel, aceptando así el ser Madre de Dios.
    Además de nueva Eva, María es el “Arca de la alianza”. El Antiguo Testamento enseña que el Arca de la Alianza debía ser santa e inmaculada, intocable de hombre pecador ninguno: “Cuando Aarón y sus hijos hayan terminado de cubrir los objetos sagrados y todos los utensilios del santuario, cuando el campamento esté para trasladarse, vendrán después los hijos de Coat para transportarlos, pero que no toquen los objetos sagrados pues morirían. Éstas son las cosas que transportarán los hijos de Coat en la tienda de reunión” (Num 4,15; cf Ex 25,10; 2Sam 6,1-9).

    Dentro de los objetos sagrados se encuentra el Arca como el principal. Si el Arca tenía que ser pura, con ¡cuánta mayor razón María, Madre del Hijo de Dios encarnado!

    En Ap 11,19 se abre el templo de Dios y se muestra el arca de la alianza en un contexto típico de “revelación” como son los relámpagos, las voces, los truenos.
    En el siguiente versículo se muestra a María: es la mujer vestida de sol… En el Antiguo Testamento el arca contenía tres cosas que en el Nuevo serán atributos de Cristo: el maná, el cayado de Aarón y los diez mandamientos [“Y detrás del segundo velo había un tabernáculo llamado el Lugar Santísimo, el cual tenía el altar de oro del incienso y el arca del pacto cubierta toda de oro, en la cual había una urna de oro que contenía el maná y la vara de Aarón que retoñó y las tablas de la alianza”, Heb 9,3-4]: Jesús es el verdadero maná (Jn 6,32), el sumo sacerdote de Dios verdadero (Hb 3,1) y la palabra que se ha hecho carne (Jn 1,14).

    En el Antiguo Testamento el Espíritu de Dios se cernía cobre el Arca en forma de nube (Ex 40,32-33), así como el Espíritu Santo cubrió a María con su sombra (Lc 1,35).

    David exclama ante el arca: ¿Cómo podrá venir a mí el arca del Señor? (2Sam 6,9). Así como David salta de gozo ante el arca (2Sam 6,14-16) Juan Bautista salta en el seno de su madre al llegar María a casa de Isabel (Lc 1,43). El arca del Señor permanece seis meses en casa de Obededón (2Sam 6,11) y María permanece unos tres meses en casa de su prima (Lc 1,56).

    El cumplimiento del Antiguo Testamento por parte del Nuevo, implica no sólo que se le lleva a plenitud, sino que lo supera con mucho. Por ejemplo, Cristo en la cruz lleva a cumplimiento varios pasajes veterotestamentarios sobre el cordero pascual, entre otros, pero los supera en cuanto que además de cordero es el Hijo de Dios altísimo que muere en una cruz para redimirnos del pecado.

    Las citas de la Escritura “no quebrantarán ninguno de sus huesos” (Jn 19,35; cf Éxodo 12,46) y la alusión a la rama de hisopo” (Jn 19,29; cf Éxodo 12,22) ponen de relieve que ambos pasajes hallan su cumplimiento en Él.
    Mas su muerte no se limita al solo cordero, ya que lleva a cumplimiento otra profecía: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19), que se refiere a la muerte del rey Josías, rey piadoso que en el Antiguo Testamento había llevado a cabo la reforma religiosa del pueblo (Zc 12,10-11; cf 2Re 23,29): además, de morir como cordero, muere también como rey. La cruz es su propio trono (Jn 19,19).

    En el caso de María, si hubiera nacido en pecado, sería entonces inferior a Eva que fue creada en perfección y sin pecado, lo que implicaría que también Adán es superior a Cristo.
    Volviendo a la muerte de Cristo en la cruz, todo parece verificarse, ya que Jesús la llama “mujer” . La designación carecería de sentido si Ella no fuera la nueva Eva y Él el nuevo Adán.
    Más aún así como del fruto del árbol comieron el hombre y la mujer, de modo que pecaron, del mismo modo, el fruto del madero de la cruz son la sangre y el agua de Cristo. Por el fruto del primer árbol los hombres pecaron, por el fruto del madero son regenerados (el agua) y reciben un alimento de vida: la Eucaristía.

    Ahora volvemos al pasaje de Rm 5,12: Allí el punto de la comparación es entre Cristo y Adán. Si la comparación fuera entre María y Eva, tampoco María estaría incluida en ese “todos” de Rm 5,12, ya que de otro modo la comparación carecería de sentido (en el Génesis aparecen tanto Adán como Eva y ambos caen en el pecado de comer del fruto del árbol).
    Es aquí donde entra el texto del Génesis, y en el que aparece la figura de la mujer. Esto lo vio muy claro ya san Justino en el siglo II en el Diálogo 100 (PG 6,172); posteriormente otros padres de la Iglesia profundizaron y siguieron meditando en esta realidad, como Ireneo (Adversus Haereses 3,22,4), San Efrén Sirio (Carmina Nisibena 27,8).

    San Jerónimo profundiza la relación de Cristo con María a la luz del Sl 67,6 [“La tierra ha dado su fruto; nos bendice el Señor nuestro Dios”]: el fruto es Cristo, el Virgen, y la tierra, la Virgen, su Madre: el Señor que nace de la esclava; el Dios de la criatura humana; el Hijo de la Madre, el fruto de la tierra.

    Así como Dios formó a Adán del barro de la tierra a la que no había afectado el pecado original, Dios formó a Cristo, de la tierra nueva que también tenía que estar inmune de dicho pecado.
    La creación tuvo inicio sin pecado; la nueva creación también. Pero a diferencia de la nueva creación, la nueva creación es la naturaleza humana del Hijo de Dios en el seno purísimo de María santísima: así ha tenido lugar la nueva creación.
    De todos modos, a pesar de que el fundamento bíblico sea Lc 1,28, no puede tratarse de una verdad explícita. De otro modo, no haría falta el pronunciamiento dogmático.
    Si una verdad está clara en la Biblia, no es necesario el dogma: el no matar no necesita que se proclame como dogma. Es evidente que la Biblia lo rechaza y condena. Para la explicitación de verdades dogmáticas implícitas en la Biblia contamos con la guía segura del Santo Padre, que no es arbitraria sino que se basa en Mt 16,16-20.

    El dogma de la Inmaculada, pues, no puede consistir en ninguna invención, sino de una tradición antiquísima, que parte del siglo II con san Justino (al que siguen los padres elencados antes, entre otros); dicha tradición se refuerza en el S. IV con la figura de Máximo de Turín, Teocteno de Livia y Andrés de Creta.
    En el S. VII nace la fiesta de la Inmaculada en oriente y luego se va extendiendo a Irlanda, Inglaterra, Francia, Bélgica, España y Alemania.
    A ello siguió un período de controversias entre los SS XII-XIV, de modo que la piedad se consolidó en el XV. Sixto IV dio un nuevo renovó la Misa de la Inmaculada, Alejandro VII precisa el objeto de la fiesta en términos ya muy cercanos a la definición dogmática de Pío IX.

    Una experiencia que me ha ayudado mucho a comprender y asimilar mejor dogmas como éste es si de veras conozco a fondo los diversos datos no sólo escriturísticos, sino también de la tradición, y las motivaciones de los mismos (descuidar que la Biblia es fruto también de la tradición es descuidar el elemento humano que ha influido en su composición por inspiración divina).
    Una vez me pregunté ante una postura que el Santo Padre había tomado y que me costaba asimilar: “¿Sé yo más que el Papa y los diversos santos y personajes que le han precedido? Obviamente, no”.
    Fue entonces cuando me percaté de la importancia de la humildad para dar el asentimiento de la fe y de lo limitada que es mi pobre razón. “Si comprehendis non est Deus” decía san Agustín.

    Ahora pasemos al dogma de la Asunción. El núcleo de esta enseñanza se refiere a los siguientes contenidos: “Si María tuvo parte en la obra del Mesías y fue preservada del pecado por los méritos del Hijo, su participación quedaría parcial e incompleta sin una glorificación corporal”.
    Uno de los textos en que se meditó para este dogma es el pasaje de Ap 12,1 y SS, un texto donde la Madre del Mesías aparece radiante y trascendente, pero sin descuidar la situación terrena (de ahí los dolores del parto, la huida al desierto, etc.); pero no es el único: el dogma cita explícitamente los siguientes textos (no cita al Apocalipsis): Gn 3,15; en cuanto a la derrota sobre el pecado y la muerte por parte de Cristo, el dogma cita también Rm cc 5-6; 1Cor 15,21-26.54-57; 1Tim 1,17.
    Un estudio atento de los padres de la Iglesia muestra que la Iglesia siempre ha visto en la figura de la Virgen a la Iglesia sin poderlas separar y ello a partir de los diversos escritos de Juan.
    Por otro lado, no se trata de la opinión del pueblo, sino de la fe que la Iglesia ha tenido siempre, en todas partes y que toda la Iglesia ha profesado.

    En el siglo II d.C. comenzó con san Justino, con Gregorio de Tours (recuérdese que el manuscrito más cercano al cuarto Evangelio se remonta al año 120 y que Juan murió hacia el 100 de nuestra era), a lo que se sumó la liturgia de la dormición de la Virgen que se celebraba en Jerusalén a partir del S. VI y que se acogió en Roma en el siglo sucesivo. Es pues una tradición antiquísima. Los datos hablan por sí solos.
    Fuente: T. Staples, “A Perfect Argument over the Lady”, Revista Envoy, Issue 7.3(pp 16-21).

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