La cuna de la vida y el amor: Una madre y un padre para los niños del mundo

Seguimos con la familia. La familia es “la cuna de la vida y el amor” de la humanidad. Todo niño tiene una madre y un padre biológicos. Los niños encuentran en su madre y en su padre un equilibrio entre lo masculino y lo femenino, un lugar en la sociedad ya preparado para ellos, proporcionado por un régimen de sacrificio de los padres y de protección por las normas sociales. El amor, la confianza y el compromiso del matrimonio permiten que un hombre, una mujer y sus hijos entren en su destino… juntos.

3 comentarios en “La cuna de la vida y el amor: Una madre y un padre para los niños del mundo

  1. ¿Cómo es, por tanto, el tipo formal de familia que queremos? ¿Cómo creemos que tiene que ser la familia para poder seguir siendo promocionante de las personas? : una familia vivida como comunidad de personas. Una familia que se construye a imagen de la persona. Es una persona de personas. Y esto implica que cada uno de sus componentes descubre a los demás como personas y les trata como tal. Está al servicio de las personas y su vocación.

    Poseen un proyecto de vida en común, una vocación familiar. La familia cristiana está llamada a dejar de ser ritualista, moralista, tradicionalista, para recuperar la experiencia del Acontecimiento cristiano: abrirse a la salvación de Cristo, a la presencia de Cristo. Es superior a la suma de los intereses individuales. Se construye sobre las actitudes de acogida y donación. Por tanto, dos fuerzas han de conjugarse en esta comunidad: la del crecimiento personal, la de la libertad y personalización de cada uno, con la abnegación y adhesión a los otros. La libertad-de y la libertad-para.

    Por tanto, su estilo de vida será austero, al servicio de la promoción de las personas. Más allá de lo solidario, generoso, hacia dentro y hacia fuera. Del dinero, del tiempo y de los propios dones.

    La fuente de la familia es la pareja. Todo análisis de la familia debe comenzar por la pareja. Comunicamos y educamos por lo que decimos y hacemos. Pero sobre todo por lo que somos. Del ser de la pareja depende la educación axiológica y afectiva de los hijos.

    Tener una vida en común significa tener un proyecto en común que respeta las individualidades.
    El proyecto hay que explicitarlo y ‘trabajarlo’.La mera espontaneidad sólo lleva al empobrecimiento. La vida de pareja es más que sentimiento: es voluntad.
    Proyecto: conjunto de ideales, valores, virtudes, criterios compartidos. Concretar el sentido que quieren dar a su existencia: qué queremos vivir, cómo queremos ser, para qué queremos vivir juntos y por qué. Esto se concreta en: valores compartidos (reales e ideales, que no siempre coinciden), hijos, economía, educación, apertura de la familia, trabajo, estilo de vida (gastos, economía, tiempo libre, formación), religión, medios para crecer como pareja.
    Y para que haya diálogo en la pareja hay que: Salir de sí.
    Ponerse en el punto de vista del otro. Benevolencia, beneficencia, confianza y confidencia. Momento adecuado. Y Frecuencia.

    En familia es clave la promoción de la vocación de cada uno de sus integrantes. Pero esto pasa por mostrar a los demás, especialmente a los hijos, qué es lo importante, esto es, qué es lo valioso. Pero los valores no se muestran con discursos sino con el testimonio. Los valores se descubren en aquella persona que los vive. Por otro lado, el valor ha de encarnarse en un hábito de vida operativo para ser eficaz, es decir, ha de hacerse virtud.

    Aunque cabría hablar de una multitud de virtudes, todas propias de la vida comunitaria, voy a tratar, brevemente, sólo aquellas esenciales en la comunidad familiar.

    La justicia. Si es auténtica, la comunidad matrimonial se construye sobre la igualdad de cada una de las personas que lo integran. Reconociendo las diferencias en lo biológico, psicológico, carateriológico, etc, la justicia supone el reconocimiento práctico (y la consiguiente realización) de la igualdad en dignidad personal de cada uno. Para tratar al otro con justicia, como igual, tiene cada uno que salir de sí, considerar la idéntica dignidad del otro y actuar en consecuencia. Esta es la primera virtud, porque sin ella no cabría en la práctica una comunidad de personas. Por eso, de esta virtud dependen todas las demás.

    Las referentes a la donación al otro:

    La generosidad: donación a otro más allá de lo que le es debido. Se trata de darse al otro con gratuidad, desinteresadamente. Ante la generosidad de otro, la actitud adecuada es la del agradecimiento.
    La benevolencia: querer el bien para el otro y el bien del otro (que es su plenitud personal).
    La beneficencia: hacer bien al otro.
    La disponibilidad: ponerse en función del otro, estando dispuestos a ejercer actos de aceptación y donación al otro en cualquier momento.
    La mansedumbre: Consiste en una firmeza y valentía sin violencia y, por tanto, con dulzura y apacibilidad, en el trato con el otro. Suaviter et fortiter decían los latinos. ¿Respecto de qué? De la forma de darse al otro (pero, también, en la forma de acogerle).

    Pero, en segundo lugar, también debemos tener en cuenta las virtudes que dimanan de la aceptación al otro:
    El respeto: aceptación del otro como distinto, sin pretender violentarlo ni someterlo. Se trata de dejar al otro ser otro, de aceptarlo aunque sea distinto.
    La tolerancia: apertura al otro a pesar de no compartir sus formas de pensar, sentir o actuar. El tolerante es el que se abre al diálogo con el otro y le acepta aunque opine distinto.
    La misericordia: capacidad de acoger la limitación del otro. Para ello hay que estar dispuestos a, venciendo el malestar o el rencor, ponerse en el punto de vista del otro y acogerle tal cual es, sabiendo perdonar y disculpar defectos. Se trata de aceptar al otro aunque actúe mal.
    La fidelidad: Firmeza y permanencia en la donación al otro, vivida como apuesta continuada y creativa por el otro.
    La confianza: creer en el otro, en lo que el otro dice, esperar en el otro más allá incluso de lo que dice y hace. Pero esto sólo es posible, de modo pleno, desde el amor.
    La confidencia es fruto de la comunicación plena entre ambos. Y dar al otro lo que soy implica abrirle mi corazón, mis afectos y pensamientos, hacer partícipe al otro de mis inquietudes y alegrías, de mis más íntimos movimientos y afecciones. La confidencia es, en fin, la donación de la intimidad, la conversión de ‘lo mío’ en ‘lo nuestro’. Consiste la confidencia, pues, en el ejercicio de la intimidad comunitaria..

    La experiencia religiosa es la principal fuente de sentido personal y familiar. Pero para ello hemos de tener en cuenta lo siguiente: La experiencia religiosa no es rito ni realización moral sino Acontecimiento: el acontecimiento de la experiencia de Cristo en la vida de cada uno y en la vida comunitaria.

    La experiencia religiosa ha de ser necesariamente eclesial, es decir, comunitaria. No se trata de vivir yo mi fe, sino vivir nosotros nuestra fe. Por eso la vida cristiana es (comunidad), liturgia (celebración de la fe en comunidad), (servicio unos a otros en el seno comunitario) y (testimonio de fe unos con otros).
    De modo especial es importante, para vivir la fe en familia, orar en familia, la lectura del Evangelio, la eucaristía vivida en familia y, de modo explícito, enfocar los problemas de la vida cotidiana desde el Evangelio. Desde el Evangelio afrontar la vida, los sufrimientos, los dolores, los obstáculos…¡y las alegrías!

  2. A veces en la vida hay personas que no conocen su padre biológico es como un extraño, pero descubren que el amor verdadero está en el que da la vida por educar y dar amor en adopción como lo hizo San José, es lo que marca la diferencia en el cariño a un hijo y la presencia en su vida de su padre y madre que los quieran para crecer felices y adquirir la capacidad de crecer en virtudes para ser un buen hijo de Dios, que maravilloso !

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