¿Qué tal va ese espíritu de servicio?

levi_sim_mua-1-6Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo (Gal 6, 2); el Señor nos ha enseñado con su vida a vencer cualquier obstáculo para atender a quien se encuentra necesitado, aún en cosas sencillas. Jesucristo vino no a ser servido sino a servir (Mt 20, 28) y nosotros, con nuestras miserias y limitaciones personales, somos otros Cristos, el mismo Cristo, llamados también a servir a todos los hombres (Es Cristo que pasa, 106).

Tenemos que estar en las cosas de la casa y en las cosas de los demás: arreglos, acompañar a alguien al médico, preocuparnos de la salud y del descanso de todos, etc. Si estás metido en las cosas de Dios.., estarás necesariamente en las cosas de los demás. 

Darse sinceramente a los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una humildad llena de alegría (Forja, 591). La familia es una realidad en donde no cabe bien la actitud egoísta y donde se hace necesario combatir al propio yo, cuando se resiste a servir en las cosas propias de la vida en familia: si no sabemos servir con alegría es porque somos soberbios. Tu humildad te ha de llevar a colocarte debajo de los pies –al servicio– de todos (Forja, 473).

Dice san Pablo que ahora vemos confusamente, como en un espejo (1Co 13, 12). Se refiere a Cristo. Su rostro ha quedado oculto desde su Ascensión, y lo vemos reflejado en las criaturas. En cada hermano buscamos el rostro del Señor. En la Naturaleza lo atisbamos. En nuestra historia, en todo cuanto nos sucede, vislumbramos su faz… Pero este espejo de las criaturas, a causa el pecado, está sucio y roto. El semblante de nuestro Salvador aparece desfigurado y envuelto en tinieblas. Estamos como cautivos en la noche, tratando de adivinar la luz por sus reflejos…  Cuando, finalmente, el Señor vuelva, el espejo se romperá: Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes. Ese día será para quienes buscaban en las criaturas el reflejo de la faz del Salvador, y sufrían tratando de adivinar sus rasgos entre las tinieblas del espejo, será un día de gozó y saltarán de júbilo al contemplar cómo el espejo se quiebra, reverente, ante la venida del Señor que él anunciaba porque cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.

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4 comentarios en “¿Qué tal va ese espíritu de servicio?

  1. Sin humildad no es posible servir a los demás, y podemos hacer desgraciados a quienes nos rodea. Debemos imitar el servicio de Jesús, ejemplo supremo de humildad y de entrega a los demás.
    De modo particular hemos de servir a aquellos que el Señor ha puesto junto a nosotros. Aprendamos de la Virgen.

    En el apostolado y en los pequeños servicios que prestamos a los demás no hay motivo de complacencia ni de altanería, ya que es el Señor quien hace verdaderamente las cosas. Cuando servimos, nuestra capacidad no guarda relación con los frutos sobrenaturales que buscamos. Sin la gracia, de nada servirían los mayores esfuerzos: nadie, sino es por el Espíritu Santo, puede decir Señor Jesús. La gracia es lo único que puede potenciar nuestros talentos humanos para realizar obras que están por encima de nuestras posibilidades. Y Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.

    Cuando luchamos por alcanzar esta virtud somos eficaces y fuertes. «La humildad nos empujará a que llevemos a cabo grandes labores; pero a condición de que no perdamos de vista la conciencia de nuestra poquedad, con un convencimiento de nuestra pobre indigencia que crezca cada día».

    Debemos estar vigilantes, porque la peor ambición es la de buscar la propia excelencia, como hicieron los escribas y los fariseos; la de buscarnos a nosotros mismos en las cosas que hacemos o proyectamos. «Arremete (la soberbia) por todos los flancos y su vencedor la encuentra en todo cuanto le circunda».

    Jesús es el ejemplo supremo de humildad y de entrega a los demás. Nadie tuvo jamás dignidad comparable a la de Él, nadie sirvió con tanta solicitud a los hombres: yo estoy en medio de vosotros como quien sirve. Sigue siendo esa su actitud hacia cada uno de nosotros. Dispuesto a servirnos, a ayudarnos, a levantarnos de las caídas. ¿Servimos nosotros a los demás, en la familia, en el trabajo, en esos favores anónimos que quizá jamás van a ser agradecidos? El Señor, por boca del profeta Isaías, nos dice : Discite benefacere: Aprended a hacer el bien… Y solo aprenderemos si nos fijamos en Jesús, nuestro Modelo, si meditamos frecuentemente su ejemplo constante y sus enseñanzas.

    El Señor nos invita a seguirle y a imitarle, y nos deja una regla sencilla, pero exacta, para vivir la caridad con humildad y espíritu de servicio: Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos. La experiencia de lo que me agrada o me molesta, de lo que me ayuda o me hace daño, es una buena norma de aquello que debo hacer o evitar en el trato con los demás.

    Todos deseamos una palabra de aliento cuando las cosas no han ido bien, y comprensión de los demás cuando, a pesar de la buena voluntad, nos hemos vuelto a equivocar; y que se fijen en lo positivo más que en los defectos; y que haya un tono de cordialidad en el lugar donde trabajamos o al llegar a casa; y que se nos exija en nuestro trabajo, pero de buenas maneras; y que nadie hable mal a nuestras espaldas; y que haya alguien que nos defienda cuando se nos critica y no estamos presentes; y que se preocupen de verdad por nosotros cuando estamos enfermos; y que se nos haga la corrección fraterna de las cosas que hacemos mal, en vez de comentarlas con otros; y que recen por nosotros y… Estas son las cosas que, con humildad y espíritu de servicio, hemos de hacer por los demás. Discite benefacere.

    El primero entre vosotros sea vuestro servidor, nos dice el Señor. Para eso hemos de dejar nuestro egoísmo a un lado y descubrir esas manifestaciones de la caridad que hacen felices a los demás. Si no lucháramos por olvidarnos cada vez más de nosotros mismos, pasaríamos una y otra vez al lado de quienes nos rodean y no nos daríamos cuenta de que necesitan una palabra de aliento, valorar lo que hacen, animarles a ser mejores y servirles.

    El egoísmo ciega y nos cierra el horizonte de los demás; la humildad abre constantemente camino a la caridad en detalles prácticos y concretos de servicio. Este espíritu alegre, de apertura a los demás, y de disponibilidad es capaz de transformar cualquier ambiente. La caridad cala, como el agua en la grieta de la piedra, y acaba por romper la resistencia más dura. «Amor saca amor», decía Santa Teresa, y San Juan de la Cruz aconsejaba: «Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor»

    Si actuamos así no veremos, como en tantas ocasiones sucede, la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio. Las faltas más pequeñas del otro se ven aumentadas, las mayores faltas propias tienden a disminuirse y a justificarse.

    Por el contrario, la humildad nos hace reconocer en primer lugar los propios errores y las propias miserias. Estamos en condiciones entonces de ver con comprensión los defectos de los demás y de poder prestarles ayuda. También estamos en condiciones de quererles y aceptarlos con esas deficiencias.

    La Virgen, Nuestra Señora, Esclava del Señor, nos enseñará a entender que servir a los demás es una de las formas de encontrar la alegría en esta vida y uno de los caminos más cortos para encontrar a Jesús. Para eso hemos de pedirle que nos haga verdaderamente humildes.

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