Un modo positivo, amoroso y filial de comprender la Muerte

descargaPara los hijos de Dios, la muerte es vida” (AD, 79). Esta frase de san Josemaría resume bien su concepción del destino final del hombre. En su enseñanza destaca su modo positivo, amoroso y filial de comprender la muerte y el juicio divino.

“¿Has visto, en una tarde triste de otoño, caer las hojas muertas? Así caen cada día las almas en la eternidad: un día, la hoja caída serás tú” (C, 736). San Josemaría meditaba frecuentemente sobre la muerte, en cuanto realidad humana tan inexorable como el pasar del tiempo. La perspectiva de la muerte -tanto la suya como la de otras personas- le movía a la oración y a la acción. “Me hizo meditar aquella noticia: cincuenta y un millones de personas fallecen al año; noventa y siete al minuto (…): díselo también a otros” (S, 897). En parte, la consideración del tema fue provocada por su experiencia -tres de sus hermanas fallecieron siendo él muy pequeño- y por su intensa labor pastoral: entre sus escritos hay muchos relatos de sucesos ocurridos en torno al lecho de muerte: del gitano moribundo en un hospital en Madrid, que hace un bello acto de contrición (cfr. VC, III Estación); de una mujer que veía en su larga y penosa enfermedad la bendición de Dios (cfr. F, 1034); o de un doctor en Derecho y Filosofía, cuya brillante carrera quedaba truncada con la muerte en una sencilla pensión (cfr. S, 877).

Él tenía una visión eminentemente positiva de la muerte, como expresa un punto de Surco, en el que da la vuelta a un dicho popular: “Todo se arregla, menos la muerte… Y la muerte lo arregla todo” (S, 878). Pensaba así, porque para él la muerte no significaba el punto final. En el mensaje de san Josemaría aparece una formulación paradójica, del estrecho vínculo entre la muerte y la Vida (con mayúscula). “¿No has oído con qué tono de tristeza se lamentan los mundanos de que «cada día que pasa es morir un poco»? Pues, yo te digo: alégrate, alma de apóstol, porque cada día que pasa te aproxima a la Vida” (C, 737). “Si me comunicaran: «ha llegado la hora de morir», con qué gusto contestaría: «ha llegado la hora de Vivir»” (F, 1036). …  El morir no puede entenderse como una tragedia, sino como un alegre llegar a casa: “Cara a la muerte, ¡sereno! -Así te quiero. -No con el estoicismo frío del pagano; sino con el fervor del hijo de Dios, que sabe que la vida se muda, no se quita. -¿Morir? -¡Vivir!” (S, 876; cfr. C, 744).

Puede afirmarse que el pensamiento de san Josemaría sobre la muerte se encuadra dentro de una visión más amplia: la biografía de un hijo de Dios, con la nota predominante de amorosa aceptación de la voluntad del Padre en cada instante. “La santidad consiste precisamente en esto: en luchar, por ser fieles, durante la vida; y en aceptar gozosamente la Voluntad de Dios, a la hora de la muerte” (F, 990; cfr. S, 883). En este horizonte, la muerte forma parte del gran itinerario espiritual de identificación progresiva con Cristo. Al igual que el Hijo hecho hombre obedeció al Padre en todo hasta la muerte en la Cruz y fue luego resucitado y glorificado (cfr. F, 1022,1020), el cristiano ha de cumplir y amar la voluntad del Padre, viviendo y muriendo con los mismos sentimientos que Cristo. Con la actitud de absoluta entrega al Padre, el cristiano puede vivir sus días “sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte” (AD, 141; cfr. F, 987). Su propia muerte, aceptada con amor, sería el coronamiento de una vida de entrega filial (cfr. C, 739).

La Virgen como toda Madre siempre estará con nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte Amén.

Fuente: Diccionario de san Josemaría, voz Escatología

Anécdota de Jesús Urteaga: ¡Yo lo he cumplido, yo lo he cumplido!

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2 comentarios en “Un modo positivo, amoroso y filial de comprender la Muerte

  1. Nuestro Creador, profundo conocedor de nuestra naturaleza humana, no podía habernos dejado en completas tinieblas acerca de un asunto tan inquietante e importante como es la muerte y lo que sucede en el más allá.
    En su inmenso amor por la humanidad, nos envió a Su Hijo Unigénito, su Segunda Persona Divina, como Luz del Mundo.
    En Jesucristo Nuestro Señor todas las tinieblas quedan disipadas. Su infinita sabiduría nos ilumina hasta donde Él quiso que viéramos: “Yo soy la Luz del Mundo. Quien me sigue no andará en tinieblas”.

    Toda la Sagrada Escritura nos enseña, pero especialmente el Nuevo Testamento nos descubre el sentido de la vida y de la muerte y nos hace atisbar lo que Dios tiene preparado para nosotros en la eternidad.

    Lo primero que debería asombrarnos es que Dios, el eterno por antonomasia haya querido compartir nuestra naturaleza humana hasta el grado de sufrir El también la muerte.
    Jesucristo no vino a suprimir la muerte sino a morir por nosotros. “Se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil.2:8). El misterio de la Cruz nos enseña hasta qué punto el pecado es enemigo de la humanidad ya que se ensañó hasta en la humanidad santísima del Verbo Encarnado.
    Cuando murió su amigo Lázaro, ante la profesión de fe de Marta, el Señor dijo: “Yo soy la Resurrección. El que cree en Mí, aunque muera vivirá. El que vive por la fe en Mi, no morirá para siempre” (Jn. l1:25)

    En otras ocasiones, en cambio, se está refiriendo a la Vida de la Gracia o sea a la participación de su propia Vida Divina que nos comunica por amor.
    Ejemplo de esto es el sublime discurso del “Pan de Vida “que San Juan nos transcribe en su capítulo sexto: “Yo soy el Pan vivo bajado del Cielo; el que coma de este Pan, vivirá para siempre” (Jn.6:51). Y más adelante, en el versículo 54 nos hace esta maravillosa promesa: “El que come mi carne y bebe mi sangre, vive de la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.

    Así, el cristiano sabe que la muerte no solamente no es el fin, sino que por el contrario es el principio de la verdadera vida, la vida eterna.
    En cierta manera, desde que por los Sacramentos gozamos de la Vida Divina en esta tierra, estamos viviendo ya la vida eterna. Nuestro cuerpo tendrá que rendir su tributo a la madre tierra, de la cual salimos, por causa del pecado, pero la Vida Divina de la que ya gozamos, es por definición eterna como eterno es Dios.

    El mismo San Pablo, enamorado del Señor, se queja “del cuerpo de pecado” pidiendo ser liberado ya de él. “Para mí la vida es Cristo y la muerte ganancia” (Fip.1:21) “Cuando se manifieste el que es nuestra vida, Cristo, ustedes también estarán en gloria y vendrán a la luz con El” (Col.3,4).
    Por desgracia somos tan carnales, tan terrenales, que nos aferramos a esta vida. Después de todo, es lo único que conocemos, lo único que hemos experimentado.

    No podernos negar que la vida puede ofrecernos cosas preciosas. Gozar de la belleza del mundo prodigioso, abrir los sentidos al cosmos entero, la inteligencia a los secretos que la materia encierra, aprender a amar y ser amados, crear obras de arte, terminar bien un trabajo, ver el fruto de nuestros afanes, porque precisamente satisfacen nuestros gustos.

    San Pablo, que fue arrebatado en éxtasis para tener un atisbo de lo que nos espera, no puede describir con palabras humanas su experiencia: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1 Cor.2:9). Y en 11 Cor. 12:4, nos confía que arrebatado al paraíso, donde oyó palabras que no se pueden decir; son cosas que el hombre no sabría expresar”.
    Ante lo efímero de los goces o sufrimientos de esta vida, el mismo Apóstol nos recomienda en la carta a los Colosenses :3:1-4, “Busquen las cosas de arriba, donde se encuentra Cristo; piensen en las cosas de arriba, no en las de la tierra”

    Podría alguien decir que pensar “en las cosas de arriba” como nos aconseja el Apóstol, va en detrimento del progreso de la humanidad y del desarrollo de todas las posibilidades del ser humano. El peligro no radica tanto en ‘fugarse” sino por el contrario en aferrarse en lo temporal, perdiendo de vista lo eterno. El auténtico seguidor de Jesucristo, al mismo tiempo que trabaja por hacer este mundo más habitable, no pierde de vista sin embargo, que esto no es sino el camino a la felicidad eterna y sin límites que Dios nos promete.

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