Acerca de la relación del hombre con el mundo

Imagen1La relación del hombre con el mundo se ha mantenido teológicamente oscura en las culturas extrañas a la Revelación judeo- cristiana. El mundo, sometido a la ley de la ananké, a un destino ciego, estaba abandonado a sí mismo por unos dioses incapaces de vencer la fuerza del destino. La religión, al dar culto a una divinidad lejana y anónima, quedaba relegada al ritualismo, gracias al cual la sociedad podía vivir en un orden que le aportaba una paz relativa. No le quedaba al hombre más que llorar su suerte trágica y “divertirse” en sentido pascaliano, es decir, huir de la dureza de su condición dedicándose a la caza, haciendo la guerra o realizando obras de arte con las cuales, al cantarlo, exorcizaba su malestar.

Por su parte, el pueblo de la Biblia alababa a un Dios que se dirigía personalmente a él a través de los profetas, y finalmente, con la Encarnación del Verbo, haciéndose Él mismo presente y llevando a plenitud la revelación divina. Dios se revelaba no sólo benévolo y atento al hombre, sino que llegaba hasta dar a su Hijo unigénito por amor: el “Verbo se ha hecho carne” (Jn 1, 14) y ha asumido por entero nuestra condición, llegando hasta la muerte. Tal es la realidad inaudita y revolucionaria narrada por el Evangelio. El mundo, que los paganos creían dominado por fuerzas impersonales o abandonado por dioses que habitaban en el empíreo, ¡es visitado por su Creador! Nada de lo que es humano, fuera del pecado, es extraño a Dios hecho hombre en Cristo. El mundo se ha convertido en lugar de encuentro entre el hombre y Dios.

Parte del pensamiento moderno ha considerado el mundo, bien como repliegue sobre sí mismo y encerramiento en un todo a imagen de un espacio cerrado, bien como una apertura infinita en la línea de un tiempo sin fin. Tanto en un caso como en el otro, el hombre, sometido al “destino”, o libre de “proyectar” una existencia que se cierra sobre sí misma, se encuentra solo, abandonado a sus fuerzas. Existir en el mundo se reduce entonces a actuar, a trabajar y a satisfacer las necesidades que implica el existir. La vida tiene como límite el mundo que nos rodea con todo lo que contiene: desde las realidades más comunes, utensilios, alimentos, etc., hasta los grandes espacios y las simas abismales, todo queda incluido en el sinsentido. Se vive para vivir, se come para continuar viviendo, sin finalidad, sin interioridad, sin un porqué. Todo remite al mero hecho de existir, o a un afán de existir que, en última instancia, se identifica con la necesidad.

Es grande el contraste entre el planteamiento según el cual el hombre ha sido “arrojado” a un mundo carente de sentido, y la concepción cristiana del mundo como realidad creada por un Dios a la vez omnipotente y amante, Creador y Padre. Para el cristiano el mundo no es el horizonte insuperable de una existencia humana cerrada a la trascendencia, sino camino que, en virtud de la gracia de Cristo, puede conducir a la unión con Dios.

A la luz de la fe cristiana, de la verdad exaltante y consoladora de la filiación divina, el hombre se comprende como criatura llamada a santificarse en el mundo, santificando el mundo. Como el martillo reenvía, de una parte, al clavo, de otra, al mango y éste a la mano, que a su vez reenvía a la inteligencia y a la voluntad…  Y a Dios, siempre que, al procurar la perfección de la propia tarea, se busquen la gloria divina, el amor y el servicio:

Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…” (San Josemaría Escrivá, Conv 116).

Fuente: Diccionario de san Josemaría, voz: Mundo

Un comentario en “Acerca de la relación del hombre con el mundo

  1. Con la autorreflexion activa sucede que no únicamente nos contemplamos, sino que nos queremos de una forma.
    El hombre no solo se ve a si mismo, sino que se desea; no se toma simplemente como modo de ser dado, sino que tiene impulsos que contribuyen a actuar en el sí-mismo que nunca es definitivamente, sino que se hace constantemente. El hombre es para sí no solo material de contemplación, sino que es material y artista al mismo tiempo. El conocerse a si mismo no es solamente la comprobacion de un ser, sino un proceso en el que el autoconocimiento es un medium del propio hacerse y sigue siendo tarea infinita.

    Esta autorreflexion activa se da a través de dos caminos (y habria que suponer: solo estos dos): actitud gozadora y ascetica: de un lado, gozar de las cosas y de otro lado abstenerse de ellas.
    Incluso la tercera de estas actitudes autorreflexivas, aquella llamada de la ‘autoconformacion’, significa no otra cosa que justamente una conformación o formación de sí mismo sobre la base de goce y abstencion. Ello se explica desde el momento en que ese goce está siempre referido a nuestro sí mismo posible, y es por lo tanto autogoce, como por la otra parte, la ascesis, junto
    con suponer a la vez un goce en la abstencion, es tambien siempre auto- abstención.

    En el limite de lo contemplativo está el mero volverse hacia sí mismo y el decir sí a la vivencia como tal en la actitud de goce. Su opuesto es el apartarse de sí en la actitud ascética. Pero en ambas puede anhelarse, por encima del fenómeno de la conciencia momentanea, un si-mismo ideal, que ha de ser
    conformado primeramente por goce y ascesis. Asi, goce y ascesis son elementos formales de la propia conformación.

    Descansa en la filiación divina, nos dice S. Josemaría, Dios es un Padre —¡tu Padre!— lleno de ternura, de infinito amor. —Llámale Padre muchas veces, y dile —a solas— que le quieres, ¡que le quieres muchísimo!: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo.
    Forja, 331

    Niño amigo, dile: Jesús, sabiendo que te quiero y que me quieres, lo demás nada me importa: todo va bien.
    Forja, 335

    Dile: no veo, Jesús, ni una flor lozana en mi jardín: todas tienen manchas…, parece que todas han perdido su color y su aroma. ¡Pobre de mí! La boca en el estiércol, en el suelo: así. Este es mi lugar propio. De este modo -humillándote-, Él vencerá en ti, y alcanzarás la victoria.
    Forja, 606

    Dile: “ecce ego quia vocasti me!” —¡aquí me tienes, porque me has llamado!
    Camino, 984

    Niño bueno: dile a Jesús muchas veces al día: te amo, te amo, te amo…
    Camino, 878

    Sé audaz
    Niño, dile a Jesús: no me conformo con menos que Contigo.
    Forja, 352

    No pidas a Jesús perdón tan sólo de tus culpas: no le ames con tu corazón solamente… Desagráviale por todas las ofensas que le han hecho, le hacen y le harán…, ámale con toda la fuerza de todos los corazones de todos los hombres que más le hayan querido. Sé audaz: dile que estás más loco por Él que María Magdalena, más que Teresa y Teresita…, más chiflado que Agustín y Domingo y Francisco, más que Ignacio y Javier.
    Camino, 402

    -Y, si alguna vez no sabes cómo hablarle, ni qué decir, o no te atreves a buscar a Jesús dentro de ti, acude a María, “tota pulchra —toda pura, maravillosa—, para confiarle: Señora, Madre nuestra, el Señor ha querido que fueras tú, con tus manos, quien cuidara a Dios: ¡enséñame —enséñanos a todos— a tratar a tu Hijo!
    Forja, 84

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