2. 2 Los medios que hay que poner para vivir la fidelidad matrimonial

anillo-matrimonial550x379La guarda de la fidelidad requiere poner en juego un ascética para que se convierta en una realidad. Además de los peligros que se deben evitar, es necesario poner otros medios que son de dos clases: sobrenaturales y naturales. Entre unos y otros se da, sin embargo una relación tan estrecha que, sin identificarse, son inseparables: los sobrenaturales son como el alma que vivifica los naturales y éstos constituyen, a su vez, el espacio y la materia a través de la que se expresa la autenticidad de los sobrenaturales.

— Como medios naturales para la custodia de la fidelidad matrimonial se recuerdan, entre otros, “el respeto mutuo”, “la comunicación y el diálogo”, “el saber perdonar”, “el cuido de los pequeños detalles”, etc.

*El respeto mutuo. La primera exigencia del amor que se manifiesta en la fidelidad es el respeto. Respetar a una persona es valorarla por lo que es. Eso significa que, como la persona humana sólo existe como hombre o como mujer, requisito indispensable de ese respeto es tener en cuenta tanto la igualdad radical (el hombre y la mujer como personas son absolutamente iguales) como su diferenciación también esencial (por su masculinidad y feminidad son totalmente diferentes). Sólo así se les trata de una manera justa, es decir, la que se ajusta a la realidad de lo que son.

*La comunicación y el diálogo. La diferenciación del ser humano en hombre y mujer está ordenada a la complementariedad y, por eso mismo, al enriquecimiento mutuo. En este sentido, se recuerda una vez más que uno de los fines del matrimonio es la mutua ayuda o bien de los esposos. (No se identifican el bien de los esposos y la mutua ayuda, pero uno y otra se reclaman hasta el punto de que no son separables: la mutua ayuda sólo es tal si se ordena al bien de los esposos y éste solo se alcanza con la ayuda mutua: es la consecuencia necesaria de la “unidad de dos” que son por el matrimonio).

Esta es la razón de que el diálogo, la comunicación y el intercambio de pareceres sea un componente esencial de la vida de los matrimonios. Y esta es también la razón de que en su trato mutuo los esposos no deban olvidar nunca que la psicología del otro sexo es distinta (en la manera de enfocar las cosas, en la importancia que se da a ciertos detalles, en la manera de valorar los aspectos –más objetivos o más subjetivos— de las cuestiones, etc.). Advertir esa manera de ser distinta, tenerla en cuenta (poniéndose en el lugar del otro) enriquece a la persona y hace atractiva la vida del hogar.

Es evidente que todo esto supone una seria de actitudes básicas que se pueden resumir, en una cierta manera, en el espíritu de servicio: es decir, en el afán por hacer fácil y agradable la vida a los demás. Eso exigirá, entre otras cosas, proceder de común acuerdo en los asuntos familiares, hablando y exponiendo las razones antes de tomar las decisiones, etc. Llevar esto a la práctica exigirá muchas veces repartir las responsabilidades –todas ellas, sin embargo, compartidas en última instancia— teniendo en cuenta siempre las capacidades y aptitudes de cada uno, en buena medida ligadas a la condición propia  del hombre y de la mujer.

Y un elemento importante de esa comunicación es el tiempo. Los esposos necesitan tiempo para ellos solos. También cuando haya una familia numerosa con hijos pequeños que atender, deben buscar por todos los medios algunos momentos para atender al cónyuge en particular, para conversar sin más, no sólo para tratar asuntos de la vida familiar. Con frecuencia será necesario poner en juego una buena dosis de desprendimiento y de fortaleza para poder hacerlo realidad, pues habrá que superar el cansancio –comprendiendo a la vez que puede ser mutuo–, recortar aficiones, olvidarse de los asuntos de los hijos, profesionales o de otra índole que tienden a ocupar el pensamiento, etc.

Cuando los hijos se van haciendo mayores y se van independizando, los esposos han de buscar puntos de unión, tareas e ilusiones que compartir. Si no, podría ser que, después de una etapa matrimonial con muchas ocupaciones y cosas en común, llegara un momento en que los esposos no supieran ya qué decirse y entrase el aburrimiento, que tanto enfría la convivencia matrimonial.

* El saber perdonar. Uno de los mejores índices para medir el amor es el perdón, el rechazo a guardar agravios o a dar vueltas una y otra vez a lo que desune. La mayoría de las veces se tratará de cuestiones intrascendentes, en otras ocasiones los agravios se deberán a valoraciones excesivamente subjetivas… En cualquier caso el saber perdonar connota siempre la calidad del verdadero amor.

Por eso el examen frecuente –mejor diario— sobre la manera de vivir este aspecto no puede faltar a la hora de valorar la autenticidad del trato conyugal. Cuántas veces se ha sabido pedir perdón; cuántas se ha perdonado a la primera –o mejor, aún se ha adelantado uno a poner cariño antes de que le pidan perdón—; cómo se reacciona ante un desacuerdo del cónyuge –si se sabe ceder en lo intrascendente, si se sabe escuchar—; cuántas veces se ha rectificado una opinión, pues la pretensión de tener siempre la razón o de ser el único capaz de juzgar acertadamente la realidad es pura soberbia: son preguntas que, de una u otra forma, indican la disposición que se tiene y cómo se vive este aspecto del amor.

Y difícilmente se puede esto tan fundamental si estas preguntas no entran en el examen de conciencia y en la confesión sacramental.

* El cuidado de los detalles pequeños: el empeño por hacer feliz al cónyuge. El amor –también el de los esposos— necesita renovarse, es decir, hacerse nuevo cada día, de lo contrario corre el riesgo de enfriarse y desaparecer. Lo normal serán los detalles sencillos, pero significativos y necesarios (un par de besos, recordar al cónyuge que se le sigue queriendo, etc.). No son cosas que se deben dar por dar por supuestos ni tampoco como ya adquiridas, como si no necesitaran una renovación permanente o no fuera necesario el esfuerzo por “conquistar” al cónyuge, procurando hacer que la propia relación matrimonial sea siempre interesante.

Con el correr de los años, cobra una gran importancia en este terreno una caridad que lleva a pensar en lo que satisface al cónyuge más que en las necesidades propias de cariño, venciendo las tentaciones que se pueden presentar: las más comunes son la rutina por parte del varón, y la susceptibilidad por parte de al mujer, debido que esta última suele ser más sensible al cariño manifestado. Hay que tener en cuenta, además, que el marido suele pedir que la mujer exprese con claridad lo que quiere o necesita; por eso sería una actitud equivocada esperar a que él “adivine” lo que pasa a la mujer, y pensar que “ya no le quiere como antes” si no lo hace. Pero también lo sería por parte del marido olvidar ese aspecto de la psicología de la mujer. Parte de ese cariño se debe traducir en detalles materiales, con respecto a lo cual se debe huir de dos extremos: su carencia por un lado, y, por otro, el no acertar a compaginarlo con una vida sobria. (Se debe tener en cuenta que lo que se aprecia de verdad es la “sorpresa” movida por el cariño, no el enfrascarse en un tren de vida de lujo, aunque haya otros que reiteren esas manifestaciones de ostentación. Otras veces esos detalles materiales ostentosos podrían enmascarar el deseo de “comprar” al propio cónyuge).

La importancia de los medios sobrenaturales en la custodia de la fidelidad matrimonial se descubre enseguida si se advierte que, por el sacramento, el matrimonio es una verdadera transformación y participación del amor humano en el amor divino y, en consecuencia, sólo con la ayuda de la gracia los esposos serán capaces de construir su existencia matrimonial como una revelación y testimonio visible del amor de Dios. Por ello el recurso a la oración y a los sacramentos es decisivo en la custodia de la fidelidad matrimonial.

* Es en la oración y meditación frecuente del sacramento recibido donde los esposos contarán con la luz y fuerza del Espíritu Santo para penetrar en la hondura y exigencias de su amor conyugal. El amor sólo puede ser percibido en toda su radicalidad desde su fuente, el Amor de Dios –El Espíritu Santo, el don del Amor de Dios infundido en sus corazones con la celebración del sacramento[14]— cuya luz se hace particularmente intensa en el diálogo propio de la oración.

* La Eucaristía tiene una significación especial en el crecimiento y custodia de la fidelidad matrimonial. “La esponsalidad del amor de Cristo es máxima en el momento en que, por su entrega corporal de la Cruz, hace a su Iglesia cuerpo suyo, de modo que son ‘una sola carne’. Este misterio se renueva en la Eucaristía”[15]. Por eso los esposos han de encontrar en la Eucaristía la fuerza y el modelo para hacer visible, a través de sus mutuas relaciones, la unidad y fidelidad del misterio del amor de Cristo a su Iglesia del que su matrimonio es un signo y participación.

* También el sacramento de la Reconciliación tiene su momento específico en la custodia de la fidelidad matrimonial. El perdón de las ofensas es índice claro de la calidad del amor. Ha de estar presente entre los esposos que quieren vivir con sinceridad su amor conyugal. Pero las ofensas que pudieran darse, antes que faltas de amor al propio cónyuge, son primero y sobre todo, ofensas a Dios. Por eso el perdón y la reconciliación con el propio esposo exigen siempre que tenga lugar también el perdón y la reconciliación con Dios. De manera necesaria mediante el sacramento de la Reconciliación en el caso de ofensas graves, y muy conveniente en todas las demás.

Publicado en: A. SARMIENTO, Al servicio del amor y de la vida. El matrimonio y la familia, Instituto de Ciencias para la Familia, Universidad de Navarra, Rialp, Madrid 2006, pp. 121-132.

[14] Cfr. Rm 5, 5.
[15] DPF, n. 60

2 comentarios en “2. 2 Los medios que hay que poner para vivir la fidelidad matrimonial

  1. En el sacramento del Matrimonio, la alianza en Cristo consiste en la entrega de la vida al otro cónyuge a lo largo de todo el matrimonio, de modo semejante a como Cristo se entregó a la Iglesia. Esa entrega no se limita a los momentos en que las cosas van bien, sino que es una entrega para siempre. El matrimonio cristiano, en cuanto que tiene tres protagonistas, es una alianza a tres bandas: el esposo, la esposa y Jesucristo. Esto sólo resulta posible con la ayuda de la gracia divina, que sana, fortalece y eleva nuestra alma. Esta gracia nos llega abundantemente, sobre todo, por medio de los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Pero hay que acoger esa gracia, aceptarla, abrazarse a ella…

    Se debe tener en cuenta cinco consejos: Saber escuchar (nuestra primera batalla contra el yo debemos librarla en este terreno), Lo mío es tuyo (comunicarse es compartir, no vivir como si todavía fuésemos solteros, cada uno con su mundo, sus hobbies y sus preocupaciones), La intimidad es sagrada (tu amigo más íntimo debe ser tu mujer, y tu amiga más íntima debe ser tu marido; te has casado para estar con tu cónyuge, también en tu tiempo libre; y no hay que hablar mal del otro ante los demás), Comunicación instantánea como el café (hay que hablarlo todo, y hablarlo pronto, primero con tu cónyuge, no con un compañero de trabajo o con mamá), No dejar morir los temas (sino abordarlos y dedicarles el tiempo que sea necesario, yendo al fondo y con sinceridad). Y ante las discusiones: delicadeza, ponerse en la piel del otro y pedirse perdón.

    El acto conyugal -en realidad, toda la vida conyugal y, obviamente la relación íntima entre los esposos- debe ser un encuentro con Dios. Toda la vida conyugal es fuente de gracia y santidad. Ésta es una realidad grandiosa y sumamente alentadora que se suele olvidar: los actos propios del matrimonio, rectamente vividos, disponen a los esposos a recibir la gracia santificante y son, en cierto modo, como un icono del amor de Dios, como decía Juan Pablo II. La regla es la dignidad y la felicidad del otro. El objetivo no es el gusto propio, sino el contento y el bien del cónyuge, que es una persona a imagen de Dios.
    Muchos hijos son un regalo. Cada pareja tiene la medida de su generosidad. Al cabo, la decisión sobre el número de hijos es una cuestión de amor y de entrega. Siempre ha sido difícil tener hijos, cualquier padre lo sabe. No es un problema de medios, sino de prioridades. Con los hijos nunca salen las cuentas; familia y economía son términos contrapuestos. La familia es deficitaria por principio, pero la riqueza que proporciona supera con creces la estrechez material. No hay nada más enriquecedor que el amor, que nos saca de nuestro egoísmo y nos hace crecer

    En los momentos que la amistad o la convivencia se rompen por cualquier causa, lo más común es la aparición de sentimientos negativos: la envidia, el rencor, el odio y el deseo de venganza, llevándonos a perder la tranquilidad y la paz interior. Al perder la paz y la serenidad, los que están a nuestro alrededor sufren las consecuencias de nuestro mal humor y la falta de comprensión. Al pasar por alto los detalles pequeños que nos incomodan, no se disminuye la alegría en el trato cotidiano en la familia o en el trabajo.

    Para saber perdonar necesitamos:
    – Evitar “interpretar” las actitudes.
    – No hacer juicios sin antes de preguntarnos el “porqué” nos sentimos agredidos (así encontraremos la causa: imaginación, susceptibilidad, egoísmo).
    – Si el malentendido surgió en nuestro interior solamente, no hay porqué seguir lastimándonos: no hay que perdonar. Lamentamos bastante cuando descubrimos que no había motivo de disgusto… entonces nosotros debemos pedir perdón.
    Si efectivamente hubo una causa real o no tenemos claro qué ocurrió:
    – Tener disposición para aclarar o arreglar la situación.
    – Pensar la manera de llegar a una solución. – Buscar el momento más adecuado para hablarlo con calma tranquilidad, sobre todo de nuestra parte.
    – Escuchar con paciencia, buscando comprender los motivos que hubo.
    – Exponer nuestras razones y llegar a un acuerdo.
    – Olvidar el incidente y seguir como si nada hubiera pasado.

    Pienso que si los matrimonios tuvieran presente a la Sagrada Familia en los detalles cotidianos de cada día y buscaran el alimento espiritual necesario, muchas de estas cosas, serian meras anécdotas….

  2. Me ha parecido todo muy interesante e importantísimo; pero hay una cosa que me gustaría también comentar: la necesidad de acercarse a un padre o guía espiritual (sacerdote); bien pudiera ser a través del Sacramento de la Reconciliación.
    Escuchar los consejos de un sacerdote ayuda a ser mejor cristiano y, en consecuencia, mejor cónyuge.
    Un buen amigo, el Padre Santiago, nos dice a los que confesamos con él: “dile a tu mujer que vienes aquí para quererla más”.
    Y cada vez creo que tiene más razón.
    Aunque Cristo se nos muestra en el matrimonio, es a través de Él como consagramos y conservamos la unión en pareja. Una pareja, que no descansa su amor en el de Nuestro Señor, es como dos ladrillos sin argamasa. Basta un golpe seco, un empujón, y estarán a punto de separarse. Pero si están unidos con el cemento del amor en Cristo, tiene que haber un terremoto para que se separen y, aún así, es más probable que rompan los dos por la mitad, unidos, a que se rompa el cemento que los empareja. Dios nos da la fuerza para todo.

    Eso sí me gustaría terminar con un pequeño chiste que me contaron hace poco:

    “Dice una esposa, orando, a Dios:
    – Señor, Dios mío,…, dame paciencia con mi marido, da me paciencia y amor….; porque si me das fuerzas,…., Señor,…., si me das fuerzas,…, si me das fuerzas,…, ¡creo que lo mato!”

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