2. La custodia de la fidelidad matrimonial

anillo-matrimonial550x379La comunión conyugal de los esposos —el “nosotros” en el que se ha convertido la relación “yo”-“tú” que deriva, en cierta manera, del “Nosotros” trinitario[7]— ha de realizarse existencialmente. Está llamada “a crecer continuamente a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total”[8]. A los esposos siempre les cabe alcanzar una mayor identificación con el “Nosotros” divino. Siempre es posible reflejar con mayor transparencia esa “cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios —en este caso, los esposos— en la verdad y en el amor” (GS, n. 24). Siempre puede darse una mayor radicación del amor de los esposos en el amor de Cristo por la Iglesia y, en consecuencia, siempre es posible una mayor fidelidad al reflejar el amor divino participado. “Con el Señor, la única medida es amar sin medida. De una parte, porque jamás llegaremos a agradecer bastante lo que Él ha hecho por nosotros; de otra, porque el mismo amor de Dios a sus criaturas se revela así: con exceso, sin cálculo, sin fronteras”[9].

Por eso la “unidad de los dos” ha de construirse cada día: cuando se experimenta el gozo de verse hechos el uno para el otro y también cuando surgen las dificultades, porque la “realidad” no responde a lo que tal vez se esperaba. Vivir la unidad requiere no pocas veces recorrer un camino de paciencia, de perdón. Eso es fatigoso y exige estar constantemente comenzando. Se necesita, por tanto, además del auxilio de Dios, la repuesta y la colaboración de los esposos. En este caso, el esfuerzo por mantener viva “la voluntad (…) de compartir todo su proyecto, lo que tienen y lo que son”[10]. El empeño de permanecer en aquella decisión inicial, libre y consciente, que los convirtió en marido y mujer.

De ahí la “necesidad” —se entiende desde la óptica existencial y ética— de renovar (hacer consciente y voluntariamente nuevo) con frecuencia el momento primero de la celebración matrimonial. Serán así conscientes también de que su matrimonio, si bien se inicia con su recíproco “sí”, surge radicalmente del misterio de Dios. Un misterio que es de amor y que, siendo mandamiento, es primero y sobre todo don. En esa conciencia, precisamente, radicarán el optimismo y la seguridad que deben alentar siempre el existir matrimonial vivido en la verdad y el amor. Lo que, ciertamente, pedirá, en no pocas ocasiones, un esfuerzo que puede llegar hasta el heroísmo, porque no hay otra forma de responder a las exigencias propias del matrimonio como vocación a la santidad. El don del Espíritu Santo infundido en sus corazones con la celebración del sacramento “es mandamiento de vida para los esposos cristianos y al mismo tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día progresen hacia una unión cada vez más recia entre ellos en todos los niveles —del cuerpo, del carácter, del corazón, de la inteligencia, de la voluntad, del alma— revelando así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor donada por la gracia de Cristo”[11].

En ese esfuerzo —mantenido siempre con la oración y la vida sacramental— los esposos deberán estar vigilantes —es una característica del verdadero amor— para que no entre la “desilusión” en la comunión que han instaurado. Con otras palabras: habrán de estar atentos para evitar no abrir la puerta a ningún “enamoramiento” hacia otra tercera persona, poniendo los medios necesarios para evitar el “desenamoramiento” del propio cónyuge. Se trata, en el fondo, de mantener siempre vivo el amor primero. Para ello deberán “conquistarse”, el uno al otro, cada día, amándose “con la ilusión de los comienzos”. Sabiendo que las dificultades, cuando hay amor, “contribuirán incluso a hacer más hondo el amor”. “Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio —que es un sacramento, un ideal y una vocación—, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enrecia. Las torrenteras de las penas y de las contrariedades no son capaces de anegar el verdadero amor: une más el sacrificio generosamente compartido. Como dice la Escritura, aquae multae —las muchas dificultades, físicas y morales— non potuerunt extinguere caritatem (Cant 8, 7), no podrán apagar el cariño”[12].

Se puede decir que la custodia de la fidelidad matrimonial se resume en vivir –en hacer consciente y actual— la palabra dada en el consentimiento matrimonial: en prolongar en el tiempo y el espacio el “sí” de la celebración del matrimonio. Por eso el cuidado por vivir la fidelidad matrimonial se resume, en última instancia, en poner por obra, sin desfallecimiento, dos decisiones que parecen fundamentales: a) quitar lo que estorba o impide ese compromiso; y b) poner los medios para mantener viva la decisión primera. (es decir, renovarla o hacerla nueva cada día).

Veamos ahora

  1. Los peligros que hay que evitar para vivir la fidelidad matrimonial
  2. Los medios que hay que poner para vibir la fidelidad matrimonial

Publicado en: A. SARMIENTO, Al servicio del amor y de la vida. El matrimonio y la familia, Instituto de Ciencias para la Familia, Universidad de Navarra, Rialp, Madrid 2006, pp. 121-132.

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[7] Cfr. GrS, nn. 7-8.
[8] FC, n. 19.
[9] SAN JOSEMARÍA, Amigos de Dios, n. 232.
[10] FC, n. 19.
[11] Ibídem.
[12] SAN JOSEMARÍA, Es Cristo que pasa, n. 24.

Un comentario en “2. La custodia de la fidelidad matrimonial

  1. Uno de los ataques a la familia hoy es que se puede llamar familia a todo, incluso cuando no pasa de ser un modo de asociación. Lo ha advertido el Papa Francisco en el encuentro que mantuvo con el Movimiento Católico Internacional de Schoenstatt, el pasado día 24, en el que contestó coloquialmente a preguntas formuladas por los asistentes.

    “Pienso que la familia, el matrimonio, nunca fue tan atacado como ahora, atacado directamente o de hecho”, aseguró el Papa. “A la familia se la golpea, y se la bastardea como si fuera una manera más de asociación”. “Hoy se puede llamar familia a todo”, ha lamentado Francisco, que ve aquí una de las manifestaciones del relativismo en la concepción del matrimonio.

    Frente a esta situación, a veces es necesario hacer declaraciones de principios para dejar las ideas claras: “Miren esto que ustedes están proponiendo no es matrimonio. Es una asociación”.

    Pero junto a eso hay que acompañar a esas personas para ayudarlas. “Y esto significa perder el tiempo. El gran maestro de perder el tiempo es Jesús. Ha perdido el tiempo acompañando, para hacer madurar las conciencias, para curar heridas, para enseñar”.

    De sacramento a rito social

    Entre los propios católicos, señaló el Papa, el sacramento del matrimonio se ha “devaluado”, mediante la “reducción del sacramento a un rito social”. Ciertamente la celebración de un matrimonio tiene también un aspecto social, pero es una desviación cuando “lo social cubre lo fundamental que es la unión con Dios”.

    Para evitar estos riesgos es necesario proponer a los novios una preparación seria al matrimonio, que no se puede reducir a dos conferencias. “Muchos no saben lo que hacen y se casan sin saber qué significa”, señaló el Papa. “No han tomado conciencia de que es para siempre”, algo para lo que no están preparados en la “cultura de la provisional que estamos viviendo”.

    También se refirió el Papa en su respuesta a los que son novios pero no se deciden a casarse. “No se casan, se quedan en su casa. Tienen su novio o su novia pero no se casan. Una mamá me decía: Padre, ¿qué puedo hacer para que mi hijo que tiene 32 años se case? Bueno, primero que tenga novia. Sí, sí, tiene novia pero no se casa. Señora, si tiene novia y no se casa, no le planche más las camisas, a ver si así se anima”, respondió el Papa con humor.

    La cohabitación o los modos de convivencia esporádica sin compromiso, son nuevas formas “limitadoras de la grandeza del amor del matrimonio”.

    Hay que acompañar y ayudar a esas personas, atrayéndolas en primer lugar con el testimonio. “Vivir de tal manera que otros tengan ganas de vivir como nosotros. Y que se interesen en preguntar ¿por qué?” Un testimonio, aclaró el Papa, “que también tenga dentro la capacidad de movernos, de hacernos salir, de ir en misión”.

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