“Construir” y custodiar la fidelidad matrimonial

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En virtud del pacto de amor conyugal el hombre y la mujer que se casan ya no son dos, sino “una sola carne[1]. A partir de ese momento son, en lo conyugal, una “única unidad”. Ha surgido entre ellos el vínculo conyugal –una “comunidad”— por el que constituyen en lo conyugal una unidad … Hasta tal punto que cada uno debe amar al otro cónyuge con el amor de sí mismo. Un deber que, por ser derivación y manifestación de la “unidad en la carne”…, abarca todos los niveles —cuerpo, espíritu, afectividad, etc.— y ha de desarrollarse más y más cada día.

¿Cómo hacer para que el trato y la existencia matrimonial sea manifestación y testimonio cada vez más vivo de esa unidad? Contestar a esta pregunta es el intento de esta reflexión, que se desarrollará en tres apartados.

  1. El primero tratará de precisar el sentido o alcance de lo que se quiere decir cuando se habla de la fidelidad matrimonial.
  2. El segundo afrontará el tema de la custodia de esa fidelidad.
  3. Y el tercero la cuestión de la necesidad de la protección y custodia de la fidelidad en el matrimonio.

Publicado en: A. SARMIENTO, Al servicio del amor y de la vida. El matrimonio y la familia, Instituto de Ciencias para la Familia, Universidad de Navarra, Rialp, Madrid 2006, pp. 121-132.


[1] Mt 19,6; cfr. Gn 2,24; FC, n, 19.


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Un comentario en ““Construir” y custodiar la fidelidad matrimonial

  1. Revisando sólo el Magisterio más reciente, el Concilio Vaticano II, el Papa Juan Pablo II y el Catecismo de la Iglesia Católica corroboran las enseñanzas que hay en la Biblia sobre la permanencia del Matrimonio.

    Notemos que dos siglos después del comienzo del Cristianismo, el Concilio Vaticano II se da cuenta del peligro en que está el Matrimonio y la familia. Por eso se refiere al divorcio como una epidemia (algunas traducciones dicen una plaga).

    Un poco después del Vaticano II, el Papa Juan Pablo II, preocupado por esta epidemia divorcista, destaca su mala influencia en la sociedad misma: «El valor de la indisolubilidad no puede ser considerado como el objeto de una simple opción privada: afecta a uno de los pilares de toda la sociedad» que, por supuesto, es la familia.

    Y en su Encíclica sobre la familia, Familiaris Consortio, el mismo Juan Pablo II reafirma la enseñanza de Jesucristo sobre el matrimonio y el divorcio: «El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles entre sí, por encima de toda prueba y dificultad, en generosa obediencia a la santa voluntad del Señor: ‘lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre’» (FC 20)

    No se queda allí el Papa Juan Pablo II, sino que pide a los esposos cristianos su testimonio de fidelidad para siempre: «Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo» (FC 20)

    El Papa Francisco, hablando sobre los obstáculos que nos impiden seguir a Jesús, presentó la “cultura de la provisionalidad” como uno de esos obstáculos. “Cuántas parejas se casan, sin decirlo, pero pensándolo con el corazón: ‘hasta que dure el amor y después se verá…’ Es la fascinación de lo provisional”. (Fco- 27-5-13)

    “Pero también pienso en tantos hombres y mujeres que han dejado la propia casa para hacer un matrimonio por toda la vida; ¡aquello es “seguir a Jesús de cerca! ¡Es lo definitivo! Lo provisional, es no seguir a Jesús”. (Fco- 27-5-13)

    La enseñanza de la Iglesia, siguiendo la instrucción de Jesucristo, puede parecer demasiado exigente. De hecho, muchos hoy en día la rechazan. Pero Dios es el que sabe cómo formó a la pareja humana y por qué puso esas normas. Y ya las estadísticas, los estudios y las consecuencias que están a la vista dan la razón a la Iglesia … y a Dios!

    Podemos constatar cómo los divorcios traen más dificultades y sufrimientos que la fidelidad conyugal, a pesar de todas las pruebas y sacrificios que ésta conlleva.

    Matrimonio disgustado y quien no esté de acuerdo con esta apreciación, pregúntele a cualquier hijo de un matrimonio destruido, o a cualquier cónyuge abandonado. El mejor de los divorcios no puede justificar la estela de sufrimientos que deja a lo largo de la vida de demasiadas personas.

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