Lucha ascética

585Mañana tengo que dar una meditación sobre esa lucha diaria, secreta, que mantenemos todos los cristianos en el secreto de nuestro corazón. No debemos olvidar que sólo recibe la gracia del Paráclito quien libremente se abre a su acción, y esto comporta esfuerzo, porque el corazón humano se ha retraído de Dios por el pecado. Tampoco a luchar el influjo de la cultura del bienestar y lo políticamente incorrecto que resulta hoy hablar de luchas y exigencias… Me he encontrado con este texto, que aunque un poco largo lo copio en el blog:

La predicación de san Josemaría sobre la lucha cristiana hace eco a la Sagrada Escritura que, desde el primero hasta el último de sus libros, habla de un combate contra el mal (cfr. Gn 3, 15; Ap 12,17). Las referencias bíblicas son constantes. Por ejemplo, cita varias voces si libro de Job: “Militia est vita hominis super terram” (Jb 7, 1; cfr. C, 306; AD, 117); recuerda la advertencia de Jesús: “¡Cuán angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida!” (Mt 7, 14; cfr. AD, 129), comenta las enseñanzas paulinas: “Tomemos el escudo de la fe, el casco de salvación y la espada del espíritu que es la Palabra de Dios (cfr. Ef 6, 11 ss.)” (CONV, 123).

Presenta el combate cristiano como una lucha de amor filial: un continuo actualizarse del amor de un hijo de Dios que, sabiéndose “otro Cristo, el mismo Cristo” (ECP, 96), quiere realizar la Voluntad de su Padre Dios aunque le cueste, confiando humildemente en el poder de su gracia, con la que se sabe capaz de vencer todas las batallas (cfr, AD, 213)… infunde así un sereno optimismo.

Características de la lucha cristiana

a) Lucha de hijos de Dios por la santidad.

El fin de la lucha cristiana es la santidad (cfr. S, 158; F, 925). Puesto que la santidad es la “plenitud de la filiación divina (Carta 2-II-1945, n. 8: AGP, serie A.3, 92-3-1), el cristiano ha de luchar por ser buen hijo de Dios (cfr. ECP, 66), por vivir la vida de Jesucristo (cfr. F, 397). Su lucha se dirige a “la identificación con Cristo” (ECP, 58),lo que implica “luchar por Cristo” (ECP, 106), “para que el Señor actúe en nosotros y por nosotros” (AD, 210): “corredimir con Él” (AD, 49). De ahí la aspiración:

Señor, que yo me decida a arrancar, mediante la penitencia, la triste careta que me he forjado con mis miserias… Entonces, sólo entonces, (…) mi vida irá copiando fielmente los rasgos de tu vida. Nos iremos pareciendo más y más a Ti. Seremos otros Cristos, el mismo Cristo, ipse Christus” (VC, VI Estación). El “sentido de la filiación divina” (F, 987), que aconseja cultivar san Josemaría, ayuda a comprender que esta lucha de un hijo de Dios “no va unida a tristes renuncias, a oscuras resignaciones, a privaciones de alegría: es la reacción del enamorado, que mientras trabaja y mientras descansa, mientras goza y mientras padece, pone su pensamiento en la persona amada, y por ella se enfrenta gustosamente con los diferentes problemas” (AD, 219).

b) Lucha por amor.

Característica principal de la lucha cristiana en la enseñanza de san Josemaría es su relación con el amor a Dios. Habla siempre de lucha por amor.Este es nuestro destino en la tierra: luchar por amor hasta el último instante. Deo gratias!” (Apuntes de la predicación, 1-I-1972: AVP, III, p. 639). Luchar por amor es más que añadir a la lucha un motivo de amor. Para san Josemaría, luchar es amar:lucha es sinónimo de Amor” (S, 158). La santidad, en sentido moral, no viene después de la lucha sino queestá en la lucha” (F, 312), porque la santidad es “la plenitud de la caridad” (S, 739). En sentido estricto, lucha y amor no se identifican, pero en este mundo no se puede amar a Dios sin luchar. La lucha cristiana es una cualidad de la caridad en la vida presente, porque cualquier acto de amor a Dios reclama vencer la resistencia del amor propio desordenado. De ahí que la vida cristiana no sólo requiere lucha, sino que es lucha.

c) Lucha positiva contra el mal.

Que la lucha sea “contra el mal”, no comporta una actitud negativa. “La lucha ascética no es algo negativo ni, por tanto, odioso, sino afirmación alegre. Es un deporte” (F, 169). El mal es carencia de bien; y el combate contra el mal, afirmación positiva del bien. La lucha cristiana consistemás que en quitar defectos, en adquirir virtudes” (Carta 8-VIII-1956, n. 40: AGP, serie A.3, 94-1-2). En relación con los demás y con el mal en el mundo, consiste en “ahogar el mal en abundancia de bien” (S, 864; cfr. Rm 12, 21).

Jesucristo ha vencido el mal con la entrega amorosa de su vida en la Cruz; la lucha del cristiano contra el mal no es otra cosa que abrazar la Cruz de Cristo por amor. La misma lucha tiene así valor corredentor.

d) Lucha constante.

“Necesitamos luchar con continuidad” (AD, 13) porque “siempre tendremos pasiones que nos tiren para abajo” (ECP, 75) y también porque “el enemigo de Dios y del hombre, Satanás, no se da por vencido, no descansa” (AD, 303). Es necesario vigilar “Tened presente que, cum dormirent homines, mientras dormían los hombres, vino el sembrador de la cizaña” (ECP, 147; cfr. Mt 13, 25). Hay que combatir las peleas diarias considerando quecualquier batalla puede ser la última de vuestra vida, y de nada serviría haber ganado las anteriores si perdiéramos la postrera. La suerte de la guerra se decide siempre en la última batalla” (Apuntes de la predicación, Crónica, IV-1972, p. 58 s.: AGP, Biblioteca, P01).

e) Esencia de la lucha.

La lucha cristiana es un espíritu de mortificación y de penitencia que debe informar la vida de un hijo de Dios y traducirse en obras. La mortificación es combate contra la inclinación al mal; la penitencia, arrepentimiento del pecado y conversión a Dios como último fin… Aconseja la práctica de pequeñas mortificaciones y penitencias (cfr. AD, 135-136), especialmente en el cumplimiento de los deberes cotidianos (cfr. AD, 138).

Frentes de la lucha

a) Lucha contra las tentaciones.

San Josemaría habla de las tentaciones como ocasiones para vencer el mal, con la gracia de Dios, y crecer en la virtud, sobre todo en la humildad:

“¡Gracias Señor, porque -al permitir la tentación- nos das también la hermosura y la fortaleza de tu gracia, para que seamos vencedores! ¡Gracias, Señor, por las tentaciones, que permites para que seamos humildes!” (F, 313). “Las tentaciones nos dan la dimensión de nuestra propia debilidad” (ECP, 160). “Recordad que Jesucristo es nuestro modelo. Y que Jesús, siendo Dios, permitió que le tentaran: para que así nos llenemos de ánimo y estemos seguros de la victoria. Porque Él no pierde batallas y, encontrándonos unidos a Él, nunca seremos vencidos, sino que podremos llamarnos y ser en verdad vencedores: buenos hijos de Dios” (ECP, 66).

Aunque las tentaciones sean ocasión de crecimiento en la virtud, sería temerario exponerse a ellas sin necesidad.

“Si fomentáis en vuestras almas la humildad, es seguro que evitaréis las ocasiones, reaccionaréis con la valentía de huir; y acudiréis diariamente al auxilio del Cielo” (AD, 180). Siguiendo la enseñanza paulina (cfr. 1 Co 6, 18), san Josemaría exhorta: “No tengas la cobardía de ser «valiente»: ¡huye!” (C, 132). Huir no es retroceder sino hacer vanos los ataques del enemigo. “Una cosa es pensar o sentir, y otra consentir. La tentación se puede rechazar fácilmente: «aun el mínimo grado de gracia es suficiente, para resistir a cualquier concupiscencia y merecer la vida eterna» (S.Th., III, q. 62, a. 6 ad 3). Lo que no conviene hacer de ninguna manera es dialogar con las pasiones que quieren desbordarse” (Carta 24-III-1931, n. 21: AGP, Serie A.3, 91-2-1).

La doctrina clásica que indica un triple origen de las tentaciones en “el mundo, el demonio y la carne” (C, 708), adquiere perfiles peculiares en san Josemaría:

– pone las tentaciones del demonio, “padre de la mentira” (Jn 8, 44), en relación con la doctrina de la fe (cfr. C, 576), porque “es típica obra del diablo tratar de confundir la conciencia cristiana, discurriendo dolosamente con los mismos términos empleados por la eterna Sabiduría, intentando hacer -de la luz- tinieblas” (ECP, 63); procura “cegar nuestras inteligencias con la soberbia” (Carta 14-II-1974, n. 22: AGP, serie A.3, 95-2-4). Para combatir estas tentaciones recomienda la sinceridad en la dirección espiritual. El diablo “sabe que, apenas abrimos el alma, Dios se vuelca con sus dones” (ibidem). De ahí el consejo: “seamos siempre salvajemente sinceros, pero con prudente educación” (AD, 188);

– en cuanto a las tentaciones del “mundo”, san Josemaría exhorta a “cortar valientemente cualquier síntoma de aburguesamiento” (S, 158). Advierte de este peligro a quienes están llamados a la santidad en medio del mundo y experimentan los reclamos de una vida mundana (cfr. S, 343). “

– por último, las tentaciones de la “carne”, es decir, de la triple concupiscencia (cfr. 1 Jn 2, 16) que describe en Es Cristo que pasa, 5-6, solicitan el amor propio desordenado y ofrecen así ocasión para afirmar, mediante la lucha, el amor a Dios sobre todas las cosas.

b) Lucha contra el pecado.

“Soy un pecador que ama a Jesucristo” (Carta 24-III-1931, n. 15: BURKHART – LÓPEZ, III, c.8, 4.1). Estas palabras, que con sencillez refería a sí mismo, confirman que la lucha contra el pecado es un acto de amor. San Josemaría procura inculcar un verdadero “horror al pecado grave” (AD, 243), porque “el pecado no se reduce a una pequeña «falta de ortografía»: es crucificar, desgarrar a martillazos las manos y los pies del Hijo de Dios, y hacerle saltar el corazón” (S, 993; cfr. Hb 6, 6). Con respecto al pecado venial, enseña que “ha de ser nuestra la actitud, hondamente arraigada, de abominar del pecado venial deliberado, de esas claudicaciones que no nos privan de la gracia divina, pero debilitan los cauces por los que nos llega” (AD, 243).

La repulsa del pecado no se funda en el temor servil al castigo, como en quien se reprime de pecar por miedo a las consecuencias. No es forzosa renuncia a un bien sino liberación de un mal: repudiar el pecado en cuanto contrario al amor a Dios. Gracias al sentido de la filiación divina, el rechazo del pecado va unido a un vivísimo sentido de la misericordia del Padre, fuente de alegría y de equilibrio interior.

En este torneo de amor no deben entristecernos las caídas, ni aun las caídas graves, si acudimos a Dios con dolor y buen propósito en el sacramento de la Penitencia. El cristiano no es un maníaco coleccionista de una hoja de servicios inmaculada. Jesucristo Nuestro Señor se conmueve tanto con la inocencia y la fidelidad de Juan y, después de la caída de Pedro, se enternece con su arrepentimiento. Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día” (ECP, 75). El tono es siempre alentador. “No me olvidéis que santo no es el que no cae, sino el que siempre se levanta, con humildad y con santa tozudez. Si en el libro de los Proverbios se comenta que el justo cae siete veces al día (cfr. Pr 24, 16), tú y yo -pobres criaturas- no debemos extrañarnos ni desalentarnos ante las propias miserias personales” (AD, 131).

El pecado no es la última palabra. La contrición abre de nuevo el alma a la vida sobrenatural. “Hay una sola enfermedad mortal, un solo error funesto, conformarse con la derrota, no saber luchar con espíritu de hijos de Dios” (F, 168). En este sentido comenta repetidamente la parábola del hijo pródigo (cfr., por ejemplo, ECP, 164), y anima: “Si has cometido un error, poqueño o grande, ¡vuelve corriendo a Dios! -Saborea las palabras del salmo: «cor contritum et humiliatum, Deus, non despicies» -el Señor jamás despreciará ni se desentenderá de un corazón contrito y humillado” (F, 172). De ahí una expresión típica de su predicación: la vida espiritual es “un continuo comenzar y recomenzar” (P, 384), sin desanimarse nunca, con confianza en Dios: “un continuo recomenzar en el camino espiritual que ha de estar acompañado sin interrupción por la gracia actual”(SCHEFFCZYK, 1988, p. 67; cfr. F, 384). Junto con la contrición, la lucha contra el pecado incluye también la “reparación por tus pecados y por los de los hombres de todos los tiempos” (S, 258).

El camino de vuelta a Dios después del pecado pasa siempre por la Confesión sacramental, al menos en el deseo. “La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre. Volver mediante la contrición (…). Volver hacia la casa del Padre, por medio de ese sacramento del perdón en el que, al confesar nuestros pecados, nos revestimos de Cristo y nos hacemos así hermanos suyos, miembros de la familia de Dios” (ECP, 64). Benedicto XVI ha señalado a san Josemaría entre los santos que más han promovido la recepción frecuente de este sacramento (cfr. BENEDICTO XVI, Discurso, 25-III-2011 §2: “La fiel y generosa disponibilidad de los sacerdotes a escuchar las confesiones, a ejemplo de los grandes santos de la historia, como san Juan María Vianney, san Juan Bosco, san Josemaría Escrivá, san Pío de Pietrelcina, san José Cafasso y san Leopoldo Mandić, nos indica a todos que el confesonario puede ser un «lugar» real de santificación”).

Los pecados personales pueden dejar en el cristiano un apego desordenado a las criaturas -en último término, a sí mismo-, más o menos radicado en el alma según el tipo de pecados, la voluntariedad y la frecuencia. De ahí que la lucha cristiana reclame también la purificación de estas consecuencias. “Pide al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y a tu Madre, que te hagan conocerte y llorar por ese montón de cosas sucias que han pasado por ti, dejando -¡ay!- tanto poso… -Y a la vez, sin querer apartarte de esa consideración, dile: dame, Jesús, un Amor como hoguera de purificación, donde mi pobre carne, mi pobre corazón, mi pobre alma, mi pobre cuerpo se consuman, limpiándose de todas las miserias terrenas… Y, ya vacío todo mi yo, llénalo de Ti: que no me apegue a nada de aquí abajo; que siempre me sostenga el Amor” (F, 41). Se dirige especialmente al Paráclito para pedir esta purificación (cfr. C, 58) y ve el dolor y las dificultades de la vida presente como medios para actuarla (cfr. AD, 141, 301-303).

c) Lucha contra los defectos.

Distintos de los vicios y de otras consecuencias de los pecados personales, son los defectos morales que tienen su origen en el temperamento o en la educación recibida y que carecen de culpa, aunque entrañan falta de virtud. Es preciso luchar contra ellos. De lo contrario, “tus defectos, no combatidos, darán un lógico fruto constante de malas obras” (S, 776). Pero cuando se combaten por amor a Dios son ocasión de crecimiento en santidad. “Llénate de alegría, con la certeza de que el Señor a todos ha concedido la capacidad de hacerse santos, precisamente en la lucha contra los propios defectos” (S, 399). “La santidad está en la lucha, en saber que tenemos defectos y en tratar heroicamente de evitarlos (…) pero nos moriremos con defectos: si no, ya te lo he dicho, seríamos unos soberbios” (F, 312).

5. La falta de lucha: la tibieza

En la predicación de san Josemaría, el término tibieza conserva el sentido tradicional de “negligencia en responder al amor divino” (CCE, n. 2094), pero se abre a las manifestaciones más propias que presenta en el ámbito de la santificación en medio del mundo. Esto se percibe incluso en los sinónimos que emplea, sobre todo el de “aburguesamiento” (cfr. S, 158; F, 89; AD, 129).

La tibieza aparece vinculada a la falta de lucha cristiana. Más que un acto, es un estado del alma, un enfriamiento del amor a Dios al que se llega a través de un proceso. San Josemaría alude a su inicio de diversos modos; por ejemplo: “Lucha contra esa flojedad que te hace perezoso y abandonado en tu vida espiritual. -Mira que puede ser el principio de la tibieza…, y, en frase de la Escritura, a los tibios los vomitará Dios” (C, 325). En todo caso, lo que caracteriza su desarrollo y el mismo estado de tibieza es la reincidencia despreocupada en pecados leves: “Ya sé que evitas los pecados mortales. -¡Quieres salvarte! -Pero no te preocupa ese continuo caer deliberadamente en pecados veniales, aunque sientes la llamada de Dios, para vencerte en cada caso. -Tu tibieza hace que tengas esa mala voluntad” (C, 327).

El remedio no puede ser otro que volver a luchar por amor, con la gracia de Dios (cfr. S, 146). Concretamente recomienda comenzar por el cuidado del examen de conciencia (cfr. F, 109, 481).

6. Táctica y tono de la lucha

Además de querer luchar es preciso saber luchar. San Josemaría es maestro en este sentido. En sus obras hay una verdadera “pedagogía de la lucha ascética nacida de la experiencia de quien dedicó su vida a señalar el camino del cristiano como respuesta a la llamada universal a la santidad” (GARCÍA-HOZ, 1988, p. 182). Entre los elementos centrales de esa pedagogía cabe señalar:

  1. a) la lucha por poner los medios sobrenaturales y humanos en el camino de la santidad. “¡No sé vencerme!, me escribes con desaliento. -Y te contesto: Pero, ¿acaso has intentado poner los medios?” (C, 716);
  2. b) la lucha en cosas pequeñas. Al predicar la santidad en “la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas” (CONV, 114), está convencido de que “eso es lo que nos pide el Señor: la voluntad de querer amarle con obras, en las cosas pequeñas de cada día” (VC, III Estación); en este consejo hay un motivo de táctica militar, la ventaja de presentar la batalla “en posiciones, que colocas lejos de los muros capitales de tu fortaleza” (C, 307);
  3. c) la lucha en el examen particular y en otros propósitos concretados en la oración y en la dirección espiritual (cfr. C, 240-241);
  4. d) la lucha “a través de un plano inclinado” (ECP, 75), insistiendo en “el esfuerzo de subir un poco, día a día” (ECP, 75), con metas asequibles, con el fin de no descorazonarse, y contando con el tiempo y con la acción de la gracia (cfr. C, 887).

El tono de la lucha en su enseñanza es el de un “deporte sobrenatural” en el que quien combate por amor a Dios tiene asegurada la victoria final. “El buen deportista no lucha para alcanzar una sola victoria, y al primer intento. Se prepara, se entrena durante mucho tiempo, con confianza y serenidad: prueba una y otra vez y, aunque al principio no triunfe, insiste tenazmente, hasta superar el obstáculo” (F, 169).

El vínculo entre paz interior y lucha cristiana está muy acentuado en la enseñanza de san Josemaría. “La paz es consecuencia de la guerra, de la lucha, de esa lucha ascética, íntima, que cada cristiano debe sostener contra todo lo que, en su vida, no es de Dios” (ECP, 73). De esta relación depende la que hay entre la lucha personal y la paz con los demás y en el mundo (cfr. F, 102). Por eso concibe el apostolado cristiano como “una siembra de paz y de alegría” (AD, 105).

Extraido de la voz: Lucha ascética, de Javier LÓPEZ DÍAZ, en el Diccionario de san Josemaría Escrivá de Balaguer, ed. Monte Carmelo, 2013

2 comentarios en “Lucha ascética

  1. «(…) —Te he visto luchar…: tu derrota de hoy es entrenamiento para la victoria definitiva» (n. 263). Tras el somero análisis de los enemigos con los que se debe luchar, queda claro que la ascética de Camino está muy lejos de ser restrictiva, negativa, paralizante de la acción por miedo a nuestras deficiencias o a nuestros fracasos. Es positiva, briosa, estimulante, que empuja hacia la respuesta operativa a la llamada de Dios. En ella, lo que importa es vigorizar al cristiano para que la semilla de la gracia dé su fruto en la mayor abundancia posible. No parece muy aventurado decir que importa más combatir el peligro de lo que hace inútil la existencia y vacía la vida, que precaverse contra las caídas. Estamos frente a un ascetismo dinámico, al mismo tiempo que sosegado y contemplativo.

    Las armas para la lucha ascética

    Teniendo en cuenta su carácter espiritual, es lógico pensar que las armas son también espirituales. No se trata, pues, de objetos materiales, más o menos preparados para la destrucción, sino de fuerzas espirituales que contrarresten, hagan ineficaz, impidan y superen con su influjo benéfico la acción de los factores negativos para la vida cristiana, cooperando y sirviendo de cauce a la acción del Espíritu Santo, Santificador del alma, para conducirla hacia la altura de una creciente unión con Dios e identificación con Cristo. Por otra parte, como la lucha ascética se desarrolla en el tiempo y compromete a la vida entera, las armas para la lucha ascética tendrán una base humana que habrá de ser sobrenaturalizada. Se habla de «fuerzas espirituales»; esto vale tanto como hablar de gracia y de virtudes. La consecuencia es que las armas para la lucha ascética son la gracia y las virtudes, pero las virtudes no nos son dadas de una manera perfecta, sino sólo incoada, como disposiciones naturales o infundidas sobrenaturalmente que es menester desarrollar posteriormente.

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