Jesús revela el sentido último de la fecundidad humana

4407444_largeDios, cuya plenitud sobreabundante es fecundidad por encima de toda medida, creó a Adán a su imagen, a la imagen del Hijo único que por sí solo agota la fecundidad divina y eterna… Pues bien, para realizar este misterio, el hombre -a imagen de Dios-, al transmitir la vida comunica al curso del tiempo su propia imagen, sobreviviendo así -la imagen del Hijo- en las generaciones.

En el fondo de las edades resuena sin cesar el llamamiento de Dios: «¡Creced y multiplicaos!», y la criatura va llenando la tierra.

Tal es el sentido de la bendición que, después de haber invadido la tierra, las plantas y los animales, da al hombre y a la mujer el encargo de «crear» seres a su propia imagen. Gozo de la fecundidad que se expresa por Eva, la madre de los vivientes, en el momento de su primer parto: «He obtenido un hijo de Yahveh» Gen 4,1. El libro del Génesis es la historia de las generaciones del hombre: genealogías, anécdotas, nacimientos deseados, difíciles, imposibles, proyectos de matrimonio, una verdadera carrera en la procreación. Es como una sinfonía desarrollando el acorde fundamental fijado por el Señor al alborear de los tiempos… El Señor va marcando esta historia con bendiciones que, además de la tierra prometida, anuncian una «posteridad tan numerosa como las estrellas del cielo y como las arenas a orillas del mar» Gen 22,17.

Así la historia bíblica es en primer lugar una genealogía. Concepción de la existencia, en la que el hombre entero está orientado hacia el porvenir, hacia aquel que ha de venir: tal es el sentido del impulso puesto en el hombre por el Creador: no sólo sobrevivir, sino contemplar un día en un Hijo de hombre la imagen perfecta de Dios.

Pues bien, esta imagen se manifestó en Jesucristo, que no suprime, sino que realiza el deseo de fecundidad, dándole su sentido pleno. Veámoslo:

Jesús no juzgó oportuno reiterar el mandamiento del Génesis relativo al deber de la fecundidad; rompiendo con la tradición judía que clamará un día: «No procrear es derramar sangre humana», fomentó incluso la esterilidad voluntaria (Mt 19,12). Pero hizo todavía más, revelando que el sentido de la fecundidad misma… es la fecundidad espiritual de la fe. Lo hizo cuando, sin negar la belleza de la vocación maternal de su Madre, afirma su grandeza está en su maternidad-fecundidad espiritual fruto de su fe: «¡Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan!»(Lc 11,27). Jesús precisará incluso más en qué sentido es la fe fuente de fecundidad espiritual: «¿Quién es mi madre? ¿quiénes son mis hermanos? El que hiciere la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana y mi madre» (Mt 12,48 p). Dios, engendrando a su Hijo, lo dijo todo, lo hizo todo. Así pues, el creyente que se une a Dios participa en la generación de su Hijo.

Los creyentes, al procurar la fecundidad espiritual, no hacen sino participar en la fecundidad de la Iglesia entera. Su obra es la de la mujer que da a luz, la madre del hijo varón (Ap 12). Tal es en primer lugar el papel del apóstol, vivido y dicho por Pablo en forma privilegiada. Como una madre, engendra de nuevo en el dolor Gal 4,19, alimenta a sus pequeñuelos y se cuida de ellos (1Tes 2,7 1Cor 3,2); como padre único los ha engendrado en Cristo (1Cor 4,15) y los exhorta firmemente (1Tes 2,11). Estas imágenes no son meras metáforas, sino que expresan una auténtica experiencia del apostolado en la Iglesia.

Todo creyente debe también llevar, en la Iglesia, sus frutos, como verdadero sarmiento de la verdadera vid (Jn 15,2.8). Con estas obras es como glorifica la fuente de toda fecundidad: al Padre que está en los cielos (Mt 5,16).

Fuente: Fecundidad

2 comentarios en “Jesús revela el sentido último de la fecundidad humana

  1. La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar integralmente la vocación de la persona humana al amor: el Matrimonio y la Virginidad. Tanto el uno como la otra, en su forma propia, son una concretización de la verdad más profunda del hombre, de su «ser imagen de Dios».
    En consecuencia, la sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se dan uno a otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona, incluso en su dimensión temporal; si la persona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría totalmente.
    Esta totalidad, exigida por el amor conyugal, corresponde también con las exigencias de una fecundidad responsable, la cual, orientada a engendrar una persona humana, supera por su naturaleza el orden puramente biológico y toca una serie de valores personales, para cuyo crecimiento armonioso es necesaria la contribución perdurable y concorde de los padres.
    El único «lugar» que hace posible esta donación total es el matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o elección consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios mismo[23], que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado. La institución matrimonial no es una ingerencia indebida de la sociedad o de la autoridad ni la imposición intrínseca de una forma, sino exigencia interior del pacto de amor conyugal que se confirma públicamente como único y exclusivo, para que sea vivida así la plena fidelidad al designio de Dios Creador. Esta fidelidad, lejos de rebajar la libertad de la persona, la defiende contra el subjetivismo y relativismo, y la hace partícipe de la Sabiduría creadora.
    (Basado en Familiaris Consortio de Juan Pablo II)

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